La espadita dichosa

Por fortuna, don Felipe estuvo en su sitio una vez más

Alberto Gutiérrez 09:00 • 13 ago. 2022

El rey de España se quedó sentado al paso de la espada de Simón Bolívar durante la toma de posesión del presidente electo Gustavo Petro en Colombia, y los de siempre, es decir independentistas y podemitas, volvieron a hacer gala de su rechazo al monarca. Naturalmente, están en su derecho, pero mientras unos, los primeros, sirven a un electorado que los faculta para desbordar la legalidad española –y que los ha relegado al independentismo de piscina-, los segundos, es decir los socios de Gobierno de la nación, siguen cavando en su propio suelo demoscópico al que los ha abocado su incoherencia e ideología extemporánea. Esta es la suerte que vamos a disfrutar los españoles: a la grey de Podemos le queda sólo unos meses en el convento. Los independentistas, en cambio, seguirán dando la turra, aunque sea en bañador.


Al rey le ocurrió el día de marras que de pronto se le anuló el movimiento mecánico que le permite levantarse, porque su cerebro no emitió ninguna orden a los músculos de los cuartos inferiores de su cuerpo, mientras sus ojos observaban de lejos el acero del popular libertador y sus oídos escuchaban impertérritos a los emocionados bolivarianos festejando la procesión de la tizona. Esta es la explicación científica, biológica. La razón política es que a Felipe VI no le vino en gana levantar sus posaderas del asiento porque ya es mayor para los títeres de las izquierdas latinoamericanas, ansiosas por explotar el victimismo y la falsa leyenda negra de los antiguos españoles en América, o sea los antepasados de estos pájaros.


Por supuesto que nuestro rey, que mantiene intacta su dignidad y ejemplaridad desde el inicio de su reinado, actuó como debe hacerlo un Jefe del Estado de España. Porque a cuento de qué el monarca ha de levantarse ante la espada de Simón Bolívar, expuesta acaso como la reivindicación del controvertido libertador y, pequeño detalle sin importancia… fuera de protocolo. No es un símbolo de Estado como sí lo son la bandera y el himno. De modo que la polémica es gratuita.



Habría que preguntarse si la izquierda bolivariana de nuestra muy querida América –confieso mi inmenso cariño por ella, que conozco bien- quiere construir puentes de entendimiento con España, como también debemos cuestionarnos si los Gustavo Petro de Colombia, López Obrador de México, Castillo de Perú, Maduro de Venezuela, Fernández de Argentina o Boric de Chile quieren fortalecer los lazos o precipitarse por los ásperos senderos de la enemistad intentando provocar al rey español y, en consecuencia, a la que antes llamaban Madre Patria, esto es, España. Andan instalados en la distorsión de la Historia, señalando al viejo imperialismo español como el culpable de sus males actuales.


Y me temo que aquel ‘¿Por qué no te callas?’ de don Juan Carlos a Hugo Chávez todavía escuece entre algunos mandatarios de allá, que quieren vengar sobre el hijo lo que no pudieron decirle al padre. Por fortuna, don Felipe estuvo en su sitio una vez más y, entretanto, el ínclito Pablo Iglesias, el mismo que decía que no hay que rendir pleitesía a nuestros reyes, pide que el monarca se disculpe ante los colombianos. Chico, lo tuyo no es la coherencia. Por eso te mandaron a casa los madrileños.





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