Las cloacas

El derecho a la información debe prevalecer en democracia, pero cuidado con lo que se cuenta

Las cloacas asaltaron el poder hace ya unos cuantos años, mucho antes de que llegara Pegasus, que nada tiene que ver con las artimañas de Villarejo y compañía. Se comercia, chantajea y soborna con grabaciones telefónicas, como los agentes alemanes de la Stasi de ‘La vida de los otros’ espiaban a cualquier alma sospechosa.


Recuerdo que en La Habana, alguna vez lo he contado, cuando hablaba de “El loco” (Fidel Castro) con la dueña de la casa donde me alojé, subíamos el volumen del televisor para que los vecinos no escucharan sus críticas al tirano. Cuando a mi vuelta le escribí por correo electrónico al nieto de la dueña para saber cómo estaba (pensaba fugarse en lancha a Miami) me contestó que “la pesca iba regular”. 


Aquí en España la cosa es menos rudimentaria y más sibilina. Nadie está libre de la escucha. Por eso, me enfadé tanto cuando airearon los audios de Rubiales y Piqué, de los que no extrajeron ninguna conclusión más allá de un sospechoso compadreo, que no es ningún delito, por cierto. Y hubo quienes se asombraron de mi indignación en las redes. Me molesta que el periodismo se nutra de las alcantarillas y que se venda un éxito periodístico a lo que no es más que la compra de una mercancía, además averiada. Y todo porque los dos protagonistas caen mal a muchos españoles. 



Cierto es que el derecho a la información debe prevalecer en democracia, pero cuidado con lo que se cuenta. No todo es relevante. Ni siquiera la supuesta traición de Piqué a Sergio Ramos, que contaba el periódico que sacó el arsenal de audios, El Confidencial. Esto no es periodismo serio sino casquería, amarillismo. Luego se quejan de que la gente no lea los diarios y prefiera los ‘Sálvame’ y viceversas de turno. 


Los medios de comunicación son vitales, pero estas prácticas no les ayudan. Siempre tendrán la necesaria protección de no revelar las fuentes. Perfecto, así debe ser. De eso se sirven quienes roban los audios: el material acaba siempre saliendo. Sin embargo, ello no faculta a la prensa para publicarlo todo. Y menos aún cuando procede de una maquinaria zarrapastrosa y ruin perpetrada por agentes de una Stasi a la española. Pero no lo duden: seguirán aflorando miserias sin verdadero interés ni relevancia, conversaciones descontextualizadas que el personal se dedicará a analizar con desparpajo, y que fueron grabadas, como hemos visto en los múltiples ejemplos en el pasado del excomisario de Policía, con el objeto del chantaje y el soborno.





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