Albert Rivera, juguete roto

Podría, de haber actuado sensatamente, ser hoy vicepresidente del Gobierno

Fernando Jáuregui 08:00 • 09 feb. 2022 / actualizado a las 08:59 • 09 feb. 2022

Por favor, que nadie piense que quiero dármelas de profeta. Pero, cuando asistí hace algo más de dos años a la rueda de prensa en la que Albert Rivera, el hombre que creó el partido Ciudadanos y que significó una ‘esperanza blanca’ para muchos en Cataluña y en el resto de España, anunciaba su incorporación a un bufete, tras abandonar ‘su’ partido, tuve la certeza de que aquello iba a durar poco.


Era un acto tan ficticio como algunos de los últimos pasos políticos de Rivera, a quien no pocos, puede que yo mismo entre ellos, acusan de haber malogrado muchas posibilidades de consolidar una mejor política en este país. Ahora, la formación que fundó, Ciudadanos, se asoma al abismo del final, en medio de bandazos a izquierda y derecha, lo que no quiere decir situarse en el centro.


Albert Rivera podría, de haber actuado sensatamente, ser hoy vicepresidente del Gobierno, contar con dos o tres ministros en el Ejecutivo de Pedro Sánchez -y qué buenos hubiesen sido, por ejemplo, Luis Garicano y Edmundo Bal_ y nos habría ahorrado el esperpento de Pablo Iglesias y de esta coalición de los socialistas con Unidas Podemos, que, simplemente, ya no funciona y nos ha hecho perder mucho tiempo y demasiadas ilusiones. Rivera, tras romper sonoramente estos días, en medio de escandalosas acusaciones, por ambas partes, con el bufete que le albergaba y hasta le dio la presidencia, hace saber que no piensa volver a la política. La realidad es que la política le abandonó a él. Y dudo mucho que el PP, o nadie, se arriesgase a incluir en sus filas a un juguete roto, un hombre descentrado que nada tiene que ver con el primer Rivera al que conocí en Barcelona, aquel que se arriesgó a posar desnudo para un poster electoral y a plantar cara al independentismo más corrupto de la época.



Lástima, porque Ciudadanos era un partido interesante. Todavía demostró su decreciente influencia la semana pasada, apoyando la reforma laboral del Gobierno, aunque me temo que más bien lo hizo para vengarse del PP, que anticipó con nocturnidad y alevosía las elecciones en Castilla y León, ni siquiera avisando previamente a su entonces ‘socio’ naranja. Lo siento por Francisco Igea, el candidato de Ciudadanos, persona creo que sensata pero que ha heredado, sin demasiada capacidad crítica, los dislates de Rivera, primero, y de Inés Arrimadas, después, marchándose esta de Cataluña tras haber ganado las elecciones autonómicas y embarcándose en aventuras oportunistas de mal fin como el intento de una moción de censura en Murcia. A todo ello es, desde luego, ajeno Igea, pero él pagará presumiblemente una parte de la factura.


Mucho me temo que la capacidad de maniobra de Ciudadanos, al menos en Castilla y León, se va a quedar en nada tras los resultados del domingo, y será una lástima. El partido ‘naranja’ tiene que refundarse, olvidar a su creador, que no sé ni me importa demasiado en qué aventuras profesionales se embarcará ahora, e incluso buscar un sustituto/a para Inés Arrimadas, que sospecho que ya ha cubierto su trayectoria. Porque lo cierto es que, tras todos los fracasos cosechados, desde la extinción de la UCD y el no despegue del Centro Democrático y Social de Suárez, pasando por la ‘operación reformista’ y ahora lo de Ciudadanos, lo obvio es que el centro político, que es donde las encuestas sitúan a una mayoría de la gente, de ninguna manera puede desaparecer. Y menos entre las fauces desbocadas de dos partidos, PSOE y PP, que quieren ocupar ese espacio, atenazados por populismos de ambos extremos. Esta última, tan forzada, no es la radiografía deseable para un país que necesita bisagras dialogantes, componedores lúcidos, intermediarios entre las posiciones enquistadas.





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