Receta de la confusión

Luis del Val
00:46 • 21 may. 2021 / actualizado a las 07:00 • 21 may. 2021

La fórmula irreprochable para provocar que los habitantes de un país se hundan en el desasosiego es la que ha llevado a cabo el ministerio de Sanidad -Gobierno de España- con la segunda dosis de la vacuna de Astrazeneca.



En estos momentos, decenas de miles de ciudadanos españoles, mayores de ochenta años, no saben si ponerse la segunda vacuna del mismo laboratorio, ponerse la de Pfizer o ponerse una de calamares, en el bar de la esquina, con una cerveza. Cualquier decisión que tomen, además, será difícil de cumplir, porque tendrán que solicitarlo por escrito, o en la autonomía donde vivan no hay la vacuna que solicitan, o es imposible, o la autoridad incompetente no dispone de las vacunas necesarias para el segundo plazo, con lo cual lo más seguro es ponerse los calamares del bar de la esquina, porque en España tendremos muchas carencias, pero calamares no nos han faltado nunca.



Si la vida es demasiado corta para entender el nacionalismo, no les digo para entender porqué un Gobierno promueve un conflicto donde había una solución, y cuál es el objetivo de asustar a un sector de la población que es el más débil físicamente, el más afectado por la pandemia, y al que, encima, los expertos económicos les recuerdan que el sistema de pensiones está en la ruina a medio plazo, si el país sigue endeudándose, mientras mira con el catalejo lo que sucederá en el 2050, cuando el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, haya cumplido los 78 años, fecha en la que, dada su vocación futurista, seguramente estará organizando la agenda de la España del siglo que viene.



Por si fuera poco, la gran ceremonia de la confusión se ha ido dosificando en plazos, a través de esa incertidumbre de “lo que digan los expertos”, frase que en España levanta todas las susceptibilidades, porque ya estamos acostumbrados a que nos hablen de un comité de expertos que nunca existió.



Intentó entender el objetivo del desbarajuste, y se me ocurren dos alternativas inquietantes: o son malvados, o son tontos contemporáneos con cargo ministerial. Cualquiera que sea, aumenta todavía más la intranquilidad y la desazón.






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