No somos tan malos

Seguramente sin proponérselo, nuestros políticos están empeñados en que éste parezca un país peor de lo que es. Me refiero a la convivencia ciudadana. Si hiciéramos caso a las palabras gruesas que emplean y a los dicterios e insultos a sus rivales políticos, el nuestro sería un país de energúmenos, dispuestos a la bronca a la primera de cambio.

Y no es así.

Hay un refrán español que lo ejemplifica perfectamente: “Perro ladrador, poco mordedor”. Es lo que les sucede a nuestros representantes públicos, que mucha bravuconería de boquilla, pero a la hora de verdad se comportan civilizadamente, casi siempre, y no dan los bochornosos espectáculos de otros parlamentos presuntamente democráticos, en los que sus señorías concluyen sus discusiones a mamporro limpio.



El aserto vale también a la calle donde, salvo excepciones que de sobra conocemos, las manifestaciones políticas no tienen la virulencia de las de otros países, donde la policía suele ser objeto de tiro al blanco y no al revés.

Nuestra fama de violencia es, pues, una fama injustificada.



Bien es verdad que tuvimos un siglo XIX y comienzos del siglo XX más que movidos, con varias guerras civiles a nuestras espaldas, pero es que a nosotros nunca nos han excitado los conflictos internacionales y, en cambio, nos han dado su morbo los domésticos.

Pero hoy día, digo, el personal está bastante amansado y sólo son los políticos quienes procuran crisparlo, ya sea diciéndose de todo o culpando del odio y hasta de las cartas amenazantes a los demás y no sólo a quien las haya enviado. Lo mejor que podríamos hacer los ciudadanos, pues, es pasar de nuestros políticos y seguir manteniendo el tono de concordia que eso sí que es lo que nos caracteriza.


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