Como pollos sin cabeza

Si había fotoperiodistas presentes en los incendios, en los saqueos y en la destrucción del mobiliario urbano, también podía haber habido policías, Mossos, para impedir todo eso. Tal vez no en la primera noche de disturbios, por pillarles de sorpresa, pero sí en la segunda, en la tercera, en la cuarta, en la quinta y en la sexta. Lamentablemente, los Mossos anduvieron todas esas noches como pollos sin cabeza.


La cabeza que habría tenido que dirigir su acción, y diseñado la táctica eficaz para neutralizar a los vándalos, a los pirómanos y a los saqueadores con el mínimo de violencia contra las personas, de daños a la ciudad y de riesgo para los manifestantes pacíficos, los transeúntes y los propios agentes policiales, esa cabeza, digo, estaba en otro sitio, en las componendas de ERC y Junts con la CUP para sacar adelante otro gobierno independentista, y como una cabeza no puede estar en dos sitios a la vez, salvo la de Dios, que es ubícua, allá que iban los Mossos sin plan alguno, jugándose el pellejo frente a los asesinitos que les querían achicharrar dentro de sus furgonetas, desplazándose sin rumbo entre las señales de tráfico derribadas y las llamas, disparando sin tino los estúpidos proyectiles de “foam” y temiendo no poder volver, al término del aquelarre, enteros a casa. Un centenar, por cierto, no volvieron enteros.


Ya se ha dicho todo lo que se podía decir sobre los disturbios habidos en Barcelona al socaire del ingreso en prisión del sujeto que con tanta contumacia lo había perseguido. Por decir, hasta se ha dicho que semejante cosa se relaciona con la libertad de expresión, si bien esa extravagante apreciación se ha ido modulando hasta quedar en la conveniencia de suprimir del Código la pena de cárcel para casos similares, algo mucho más puesto en razón.



Ya se ha dicho, en fin, de todo, salvo Pablo Iglesias y su Podemos, que no han dicho ni pío contra toda esa violencia desatada, y se ha hablado del 40% de paro juvenil, de la rabia de una generación perdida entre la crisis económica, la frustración indepe y las restricciones de la Covid, de la tradición follonera de la ciudad y de la nutrida colonia de delincuencia común que, ahora que no hay turistas, se apunta a un bombardeo, y más si es contra el escaparate de un tienda de lujo.


Ya se ha dicho de todo sobre el particular, pero sobre la inmolación de los Mossos y el desatentado cumplimiento de sus deberes por hallarse sin cabeza, tal vez no se ha hablado lo suficiente. La ciudad de Barcelona, sus habitantes, no merecen ese caos producto de un desgobierno acéfalo. Y todo, por lo visto, para que no se mosquee la CUP.




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