Más allá de la vida

Media febrero.  Ayer, catorce, el calendario se vistió de corazones rojos y de flechas anónimas para festejar el día de los enamorados, a caballo entre la indiferencia de muchos y la pasión de otros. Una efeméride que –según cuentan las crónicas- en realidad conmemora el martirio del sacerdote romano Valentín de Terni, quien perdió la vida por apadrinar matrimonios secretos de parejas jóvenes, actuación que le ocasionó el enfrentamiento con el emperador Claudio II. En  esta época se produce el apareamiento de las aves nórdicas, pero  también existe el convencimiento de que el patronazgo del santo italiano es un invento algodonado del mundo comercial, que se plasma en vitrinas y escaparates para acabar autentificado en los estadillos de las tarjetas bancarias. A caballo entre la indiferencia de muchos y la pasión de otros, lo cierto es que con San Valentín o sin él, el amor habita en la vida del ser humano y escribe infinidad de historias donde concurren los más nobles sentimientos de dicha condición.

Una de esas hermosas e íntimas historias reales me llega entre la comprensión, la admiración y la generosidad de los descendientes de los protagonistas del relato, quienes han mantenido viva en su memoria la esencia de tan nobles sentimientos. Tiempo ha que contemplé en una exposición de fotos antiguas la reproducción de un multitudinario sepelio, cuyo cortejo hallábase detenido en torno al féretro, a las puertas de la Basílica de las Mercedes, en Oria. Aquella inquietante imagen despertó gran interés personal, cuando no curiosidad. Cierta relevancia y alta consideración debía atesorar la identidad del honrado u honrada, cuando su último paseo quedó inmortalizado en aquella fotografía del archivo de Carlos Ruíz de la Fuente, que, casualmente, publicó en su último número la Revista Velezana.

 MI indagación fructificó en una bella historia  no exenta de tragedia, de tristeza y de dolor, pero un referente para descubrir que hay otra vida más allá de la que la que se desliza por la piel de los enamorados y que, aun cuando parezca una quimera, el milagro del amor es posible. Como el sentimiento que unió desde la adolescencia a Encarnación García Martínez y a José Sánchez Domínguez. Ella, la mayor de cinco hermanos de una familia muy unida, y él, el tercero de  cuatro hermanos de una familia orialeña cuyo padre fue guardia del Palacio de Almanzora. José se independizó muy joven, apenas con dieciséis años, por lo que regresó a su localidad natal, donde amaestró a dos bueyes para emplearse en tareas de labranza. Fue entonces cuando conoció a Encarna, una joven de rostro impresionante con unos rasgos femeninos de una gran belleza, cuya penetrante mirada de sus profundos y azabachados ojos cautivó irremediablemente al único amor de su vida. Encarna y José no dudaron desde el primer encuentro en abrazar aquella dicha que la vida les brindaba, pese a las sombras que cubrían aquellos difíciles años de la década de los años cincuenta en un entorno rural de un país sumido en una gran depresión, donde aún pervivían las secuelas de la posguerra y donde el trabajo requería  la participación de todos los habitantes del  mismo techo.




Mediado el mes de febrero de 1954, concretamente en la mañana del día diecinueve, Encarna había lavado los bucles de su ondulada y abundante cabellera, que cubrió después con un pañuelo, para encaminarse a  recoger aceituna. Tras regresar a su casa el crepúsculo se tornó negro. La joven, que sufría la menstruación por aquellos días, se sintió mal. Las atenciones de la familia, incluidas las infusiones carminativas de manzanilla que su hermano Andrés (“Nene”) le llevaba para que tomara, no aliviaban sus dolores. Ni la asistencia del médico ni los analgésicos  prescritos mejoraron su estado de salud que se agravó al día siguiente. Muy débil, pero en plena facultades, la dulce hija de “Los Pachilipes” perdió la vida a las seis de la tarde del día veinte, con tan solo veintitrés años de edad, sumiendo en un profundo dolor a toda su familia y sobre todo a su madre, Bárbara. La pérdida de Encarna ahogó la vida de su novio, José, y fue muy sentida por toda la vecindad.



Encarna García Martínez era la yacente del féretro del sepelio retratado el día 21 de febrero. Su entierro fue multitudinario, recorrió todo el pueblo y contó con tres paradas. Su desconsolado novio, José, no se despegó de la caja mortuoria y guardó  en lo más profundo de su corazón el recuerdo de aquel primer amor, así como algunos objetos personales de ella, entre otros una cadena de oro que él le había regalado.  

El tiempo y el destino llevaron a José a rehacer su vida y a formar su propia familia, a la que se entregó enteramente y con quien ha convivido felizmente hasta que la muerte lo llamó el pasado año, después de un largo periodo de enfermedad.

La huella de aquel primer amor ha convivido durante décadas con absoluta naturalidad y comprensión en la familia de José, quien conservaba un tierno retrato de su novia, así como la fotografía del sonado entierro. Los años no borraron del buen corazón de José la memoria de Encarna, a cuya tumba  ha acudido todos los días de los Santos, mientras la salud se lo permitía, para limpiarla, encalarla y hasta para dejarle unas flores. Solía acompañarse de una de sus nietas y cuándo ésta le preguntaba por qué adecentaba dicha sepultura, siempre respondía: “Porque aquí está la novia que tuve yo”. 

 A unos metros de la sepultura de Encarna se halla la de José, con el epitafio “Guardaremos en nuestra memoria tu sonrisa y vivirás siempre en nuestros corazones”. Tal vez, más allá de la vida, los corazones de Encarna y José habiten en tan considerado, limpio, noble, respetuoso y sublime sentimiento: el del amor.


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