Almerienses que luchan contra el Covid dan la cara, por Pedro M. de la Cruz

Fieramente humanos luchan cuerpo a cuerpo con la muerte. La mejor definición de los sanitarios

“Luchando cuerpo a cuerpo con la muerte, al borde del abismo, estoy clamando a Dios. Y su silencio, retumbando, ahoga mi voz en el vacío inerte”. El viernes, cuando acabó la webinar que este periódico organizó con sanitarios almerienses, regresé a los versos que con los que Blas de Otero abrió su ‘Ángel Fieramente Humano’ en 1950. 


Fieramente humanos luchando cuerpo a cuerpo con la muerte. Esa es la definición que mejor recoge la actitud de los sanitarios durante este tiempo de pandemia que asola el mundo. Manuel Felices, jefe de cirugía endocrina del Hospital NÁl de Suecia, Francisco Giménez, Pediatra y Director del Instituto Balmis de vacunas, Elena González, médico especialista en Medicina Familiar en el centro de salud de La Cañada, Julia González, médico y directora de la residencia de mayores de Illar, María Luisa Molina, enfermera del hospital Torrecárdenas, y Antonio Montes, médico Internista al que la llegada del virus le cogió en el hospital de Poniente y hace unas semanas está en la capital analizaron, desde sus conocimientos científicos y desde su experiencia personal, los cien días que han cambiado al mundo y que, ya, nunca volverá a ser como antes. La historia habrá que escribirla a partir de ahora diferenciándola entre AC. y DC., antes del Covid y después del Covid.


De las experiencias vividas- y sufridas- por estos seis almerienses excepcionales, como la de tantos miles que continúan en el frente de batalla contra el virus, podría sacarse un caudal de opiniones, todas bien interesantes. Yo sólo me voy a detener en algunas que facilitan la visión de una crisis estructural en la que lo sanitario, lo económico y lo social dibujan un futuro de extremada complejidad.


Sin libro de  instrucciones



La primera realidad compartida es que nadie estaba preparado para afrontar la situación sobrevenida. Nadie. En ninguna parte del mundo. Para un enemigo tan desconocido no había libro de instrucciones. Quien diga lo contrario, miente. La forma de enfrentarse al virus ha sido tan distinta que un país tan avanzado como Suecia lo está combatiendo de una forma cercana a lo estrafalario. Manuel Felices lo definió con una rotundidad que espanta: la estrategia sueca contra el virus fue y es la ausencia de estrategia. En un país, con los mismos habitantes que Andalucía y el doble de extensión que España y donde la distancia social es una constante, se han producido ya más de 5.400 muertes (datos oficiales, la realidad puede ser otra)) y cada día aumentan en mil los casos positivos.


Los españoles que militan en el derrotismo histórico y en el pesimismo dialéctico pueden encontrar en la comparación de datos un excelente medicamento contra el complejo de inferioridad que tanto les satisface en su estrategia del ´cuanto peor, mejor´.


La segunda reflexión la señalaba con tino Francisco Giménez, uno de los mayores expertos en vacunas del país, al alertar contra la epidemia de bulos que solo confunden llegando al esperpento de que los movimientos antivacunas, tan peligrosos y tan cretinos como Bosé y su alegre muchachada de irresponsables estúpidos, puedan aumentar su eco en las redes sociales provocando que patologías ya erradicadas puedan volver con alarmante intensidad. 


La imbecilidad de los grupos antivacunas ha llegado al desvarío de hacer campaña contra una vacuna ¡que todavía no existe! Las más de 120 plataformas que investigan en todo el mundo acabaran encontrando una, o varias, pero no antes de un año y será preciso que su distribución entre la población mundial sea equitativa. El pediatra también señaló un dato de importancia no menor: el virus no ha afectado en la provincia con gravedad a ningún niño y el riesgo de trasmisión madre- recién nacido es mínimo, prácticamente inexistente.


El tercer espacio compartido por todos es la consideración de que el “la Batalla del Andarax” se va ganando porque Almería se apresuró a tomar decisiones mediante la organización de grupos de trabajo y la coordinación permanente, sobre todo en las residencias de mayores.


Elena González y Julia González trabajaron sin descanso- los grupos de Whatsapp estaban abiertos las 24 horas del día, las llamadas eran contínuas, daba igual el día o la noche, no había tiempo que perder y cualquier momento era adecuado para hacer cualquier consulta. Las dos han trabajado en las residencias de santa Teresa Jornet, en La Cañada, y en la de Illar, Julia es, además de médico, directora de esta última, y las dos podrían hacer una tesis de cómo el amor a los mas desprotegidos- la diana perfecta en la que se habían convertido los mayores, en palabras de Elena- puede vencer en los tiempos de mayor colera del virus con decenas de positivos en los dos centros.


Temor

El miedo. El temor ante una situación desconocida y desconcertante fue otro factor que apareció en sus vidas. Pero duró poco. A Elena nunca lo visitó cuando estaba de turno, “en casa, cuando estás con tu entorno familiar, sí tienes preocupación”. A julia el miedo, el pánico, sí le sorprendió el día que detectaron el primer contagio. No teníamos formación- reconoce-, pero había que moverse, había que tomar decisiones y poco a poco fuimos dominando la situación, sabíamos que no podíamos perder los nervios y no los perdimos.


Como nunca los perdieron Antonio Montes y Maria Luisa Molina, que, como todos los demás, se vieron sometidos a un proceso exprés de aprendizaje, otra experiencia compartida. Desde ponerse las mascarillas, a quitarse los guantes, vestirse con los epis, no tocarse la cara, en fin, todas y cada una de las medidas preventivas las repitieron una y otra vez para corregir errores, para adaptarse a la nueva e inesperada situación. Montes bromea ahora y dice que a él se le quitó el miedo cuando entró a formar parte del equipo del Covid en el hospital de Poniente. Había que estar ahí y tuvimos que aprender, dice con sutil satisfacción.


Porque el aprendizaje ha sido -y es y será- uno de los aspectos positivos de esta navegación en medio de la tormenta perfecta luchando contra el Covid. En la vida unas veces se gana y otras se aprende y estos meses han sido un proceso acelerado de aprendizaje para todos. Para el personal sanitario, pero también para la ciudadanía. 


Una ciudadanía que, según María Luisa, enfermera de Torrecárdenas que no se quiso olvidar de su compañera Remedios, del servicio de limpieza, les ha mimado. A los 3.800 profesionales que trabajan en el hospital de referencia de la provincia y a las decenas de miles de sanitarios y sociosanitarios que se han dejado la piel cada hora, cada minuto, cada segundo en cualquier rincón de la provincia durante estos cien días históricos.


Pero su trabajo, que continúa porque el virus sigue ahí y hay que continuar luchando, debe encontrar la reciprocidad, necesaria por imprescindible, en la asunción por parte de los ciudadanos de nuestra responsabilidad en el mantenimiento escrupuloso de los protocolos establecidos. Esta es una batalla que se gana entre todos o se acaba perdiendo. 


Los sanitarios están luchando en medio de océano embravecido, pero sabiendo que ningún mar en calma hizo experto a un marinero. Ahora lo que tenemos que hacer los ciudadanos es cuidarlos a ellos, cuidar a quienes nos cuidan, asumiendo cada uno las normas de comportamiento social establecidas.


Si ellos están en la primera línea de la batalla, los demás no podemos fallarles. Porque ellos no nos van a fallar nunca. Nunca. Y siempre hay que pagar con la misma moneda. Sobre todo cuando se lucha cuerpo a cuerpo, como en el verso de Blas de Otero, contra la muerte y por la vida


 

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