Somos los Conguitos

“Somos los Conguitos” cantábamos el verano de 1975 en el campamento Juan de Austria. Fue una idea mía que triunfó en aquel grupo de atletismo de una agonizante OJE. Los Conguitos eran mi pequeño lujo infantil, mi preferido junto al Pitagol. Las marcas se abrieron paso en la amplia generación de niños y adolescentes de los 60-70 que ahora pensamos en la jubilación. “¡Anda los Donuts!”, decíamos camino del colegio. Los ‘babyboomers’ españoles habíamos llegado al mundo junto a lavadoras, frigoríficos y Seat 600. El consumo estaba impreso en nosotros como el antojo de aquella sociedad que comenzó a cambiar pariéndonos en serie. 


Las marcas y frases publicitarias de una radio hecha televisión nos acompañaban como una tradición oral común más. “¡Pepe, la Alfa!. Filomatic...¿Es nuevo? No, Rally. Caramelos Sugus, caramelos suuugus...”.


Afortunadamente, junto a aquel nuevo mundo pujante, compartimos el mundo antiguo, el de nuestras madres y abuelas. Conocimos  el papel de estraza, el capitán Trueno y Carpanta, la cuenta de fiar en las tiendas, los mutilados de guerra, el jarabe de ricino...a caballo y al galope entre esos dos mundos crecimos. Las marcas crearon un lenguaje común de símbolos e iconos que usábamos a menudo como reflejo social. Por ejemplo, los tenis Paredes o Kelme vinieron a ser la alternativa modesta a los Adidas que eclosionaron tras Munich 72.  Este mundo icónico se prolongó hasta el pijerío de los años 80 y su verde cocodrilo. Murió por saturación.  


Hoy día los niños no  canturrean alegremente por la calle y el colegio cancioncillas de los anuncios. Hoy día los spots piensan, crean valores de moda y mundos alternativos. Se han vuelto muy serios. 



Aquel sentido lúdico naciente entre dos mundos se ha tornado hoy en la grave seriedad protestante de unos niños que ven culpa y mancha moral por todas partes a su alrededor. Palabras como racismo, machismo o bullying han venido a convertirse en ‘marcas’ para los niños y jóvenes de hoy, las tienen siempre en sus bocas. No es infrecuente encontrar a  un menor que reprende a un profesor por usar una palabra de la que ni siquiera sabe su significado.


Lo advertí hace varios artículos. La globalización cultural anglosajona engendra absurdos de un lado a otro del planeta y la última reacción contra el racismo de Estados Unidos viajaría con mil disfraces a todos los lugares, hasta la España de 1966 y el nacimiento de los riquísimos Conguitos. Afirmar que los Conguitos implican racismo es tanto como decir que los Palotes promocionan la falocracia, los cordiales te hacen más amable o las yemas de Santa Teresa te hacen levitar. 


La enseñanza de la ética hoy vale menos que la Educación Física. Se ha convertido en una intercambio de lemas publicitarios, en una lucha de imágenes y en una competición de postureo. Los llamados ‘compromisos’ morales funcionan hoy como las marcas de mi infancia, ya sea el animalismo, la independencia, el patriotismo, el feminismo o la multisexualidad de género. Solo hay que fijarse en cómo ha cuajado días atrás esta polémica artificial sobre la bandera del arco iris. Si no cuelgas tu bandera multicolor el Día del Orgullo Gay eres un repugnante homófobo, aunque en privado cantes como una loca canciones de ABBA y llores con Barbra Streisand. 


Ya pasaba hace 40 años con las marcas; la dinámica del consumo casi te impedía ser neutral, o eras un tradicionalista de Cola Cao, el añejo chocolate con grumos o eras un moderno al preferir el eficaz Nesquik. Afortunadamente, mi madre nos dio durante un tiempo café de achicoria.


Hoy día, los jóvenes no solo no pueden comprender el pasado sino que lo niegan, lo desprecian, se niegan a reconocer que existió. No admiten que pudiera ser otra cosa que ellos no comprenden en su lenguaje de marcas morales.


Afortunadamente, la sociedad cambia sin remedio, sin necesidad de protocolos ni procesos de ‘concienciación’ dirigidos por expertos sociales. ¿Quién se ríe hoy con los chistes de gangosos de Arévalo? No hizo falta nada para que no nos hagan gracia hoy, fue espontáneo. Si volvemos a disfrutar de las películas de Pajares o de la Ramona de Esteso es por reírnos de nosotros mismos, de nuestra tosca y ruda inocencia. Eso no lo entenderán  nunca estas legiones de puritanos que enarbolan unas banderas u otras, sus modernas marcas.


Somos lo que somos, no nos queda otra. Somo lo que hemos vivido desde antes de que naciéramos, desde donde venimos y hasta donde llegamos.  Somos los conguitos y seguimos estando riquísimos. 


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