‘Abrapalabras’

Javier Adolfo Iglesias
00:59 • 11 jun. 2020 / actualizado a las 07:00 • 11 jun. 2020

Hay palabras especiales que añaden un poder mágico al lenguaje y que al pronunciarlas hacen aparecer o desaparecer cosas y fenómenos ante nuestros ojos como haría cualquier mago con chistera. Son las ‘abrapalabras’, que diría Luis Piedrahita. Tres de ellas han flotado en el éter comunicativo durante estos días atrás. 


La primera es “global”. Al pronunciarla un periodista cualquiera acerca sus clientes a un problema ajeno en otro lado remoto del planeta. De esta forma, de repente y mágicamente, Tomelloso de la Sierra se convierte en Birminghan,  Alabama. Los mozos tomellosanos ya no tiran piedras a los jóvenes del pueblo de al lado porque creen que vienen a quitarles las novias durante las fiestas del patrón. Ahora son sencillamente racistas.  


Es cierto que el asesinato de George Floyd indigna sin límites geográficos o culturales, pero no es menos cierto que las causas del racismo y brutalidad policial en Estados Unidos son las suyas, las de la historia vivida de aquel país.  


Cuando se generaliza un fenómeno o conducta cultural y la llamamos ‘global’, la palabra abracadabrante hace que también se hagan globales el problema y sus causas, se produce una deslocalización del sentido.  Los voluntarios que suben a escena a la llamada del mago se sugestionan y ven problemas globales donde no los había. De repente, hoy existe un ‘racismo global’ de igual forma a cuando hace meses los Estados que dan y protegen derechos a las ciudadanas se convirtieron mediante un bailecito en violadores de mujeres.  


La segunda palabra de efectos mágicos no hace aparecer sino desaparecer. La usábamos de jóvenes para justificar lo que ocurría al otro lado del ‘telón de acero’. Lo nuestro no era “una democracia real” al lado de la República Democrática Alemana, muy democrática ella con su democrático muro. Hoy vuelve a usarse de forma recurrente en este país lleno de magos de crucero barato. 



Una tercera ‘abrapalabra’ es “social’, la más potente, la más usada y celebrada, la que ha marcado la transformación de la sociedad española en el siglo XXI. Es como el ‘tachán, tachán’ de Juan Tamariz


Cualquier cosa parece más importante si le añadimos esas seis letras mágicas. Un diálogo es mucho más relevante si es ‘social’; un trabajador es mucho menos prescindible si es ‘social’; la ayuda al agricultor no es tan importante si la comparamos con las ayudas ‘sociales’, la justicia a secas palidece al lado de la mucho mejor ‘justicia social’. Da lo mismo que no existan ‘economía’ ni ‘política’ sin sociedad; si les añadimos la ‘abrapalabra’ serán muchos mejores las dos, y por efecto contagio los políticos que las hagan, como nuestro vicepresidente de Derechos Sociales. 


Lo ‘social’ comenzó a convencernos de su poder mágico en 1988, cuando Felipe González creó el ministerio de Asuntos Sociales. Desde entonces no paró de crecer su poder, de  extenderse colándose de ministerio a ministerio buscando nuevos trucos, palomas y conejos. Jóvenes, niños, mujeres, familias, ancianos...¡todos para adentro de la chistera! 


Pero esta semana “social” perdió su magia cuando Cinta Pascual, la presidenta de la patronal de residencias de ancianos, denunció destrozada que hemos dejado morir a miles de nuestros mayores. Su desgarrador lamento coincidió con  el ‘sálvese quien pueda’ del consejero de Asuntos Sociales de Madrid. Esta denigrante e inmoral pelea política la culminó Pablo Iglesias el pasado martes. Admitió en rueda de prensa que estaba al tanto de la tragedia que se estaba viviendo en las residencias de toda España, pero alegó que no hizo nada porque no era su competencia. Nada más desolador que un mago triste.  Sin embargo, Iglesias había comparecido el 19 de marzo colmado de si para anunciar que se ponía al frente de la coordinación de las residencias.El vicepresidente pronunció entonces más de una veintena de veces la palabra ‘social’, incluido su mágico ‘escudo social’.  No hay nada más triste que un niño que deja de creer en la magia e Iglesias nos dijo lento y bajito a todos nosotros, niños, que no existen los Reyes Magos


Zapatero tuvo un gran logro político y moral creando su ley de dependencia en 2006, pero entonces todos los españoles aceptamos ilusos y confiados que pondríamos a nuestros padres y abuelos bajo la advocación mágica de ‘lo social’ en vez de lo sanitario. Ahora pronunciamos rotos una y otra vez la palabra mágica y no los vemos aparecer vivos de la chistera. Pese a la inmoral pelea de nuestros políticos la culpa no es de Iglesias ni de Ayuso, es nuestra como sociedad por haber creído en las ‘abrapalabras’.


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