Donde prosigue la plática sobre el nombre de nuestra lengua

Sobre cuáles eran las razones que justificaban que el término español viniera a convivir con el más antiguo, castellano, platicaban don Quijote, Sancho, el bachiller y el cura cuando llegaron a la sala una sobrina de don Quijote y el ama, ambas con el rostro encendido por la cólera y la rabia. Fue la sobrina la que tomó la palabra y habló de este modo:


—Seguro estoy de que estos hombres no hacen otra cosa que meter a vuestra merced más pájaros en la cabeza de los que ya tiene. Quédese pacífico en esta su casa y que ellos vayan a la suya con sus familias o con quienes puedan estar. ¿No tienen vuestras mercedes otra cosa que hacer que acrecentar los desvaríos de mi tío?


—¡Oh sobrina mía, calla! -respondió don Quijote-. ¿Cómo es posible que te atrevas  a censurar lo que no conoces? Te engañas en lo que dices, además de ofender gravemente sus intenciones. Solo dialogamos acerca de si nuestra hermosa lengua haya de llamarse lengua castellana o lengua española. Ansí que no tengas pena, auque no tan lejos queden las próximas aventuras con que podré favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos. Y ahora marchaos, pues hemos de proseguir con nuestra plática. 

Una vez que el ama y la sobrina abandonaron la sala, don Quijote pidió al cura y al bachiller que prosiguieran, que no era asunto de poca importancia. Y fue el cura quien tomó la palabra para oponerse al bachiller en lo que hace a las razones dadas por este para la aparición del adjetivo española para nuestra lengua en lugar de castellana. 



—Mejor me paresce la posición mantenida por los hablantes en la Indias, quienes siguen utilizando el nombre de castellano o lengua castellana,  pues si bien el castellano medieval se vio influido en su evolución hacia el español por los otros dialectos peninsulares, tales aportaciones no fueron tan significativas como para que cambie su nombre. 


—Con los respetos correspondientes –contestó el bachiller- no puedo compartir en nada su opinión, pues ha de saber que la aportación de esos otros dialectos peninsulares sobre el castellano no fue escasa, ni mucho menos. Sabrá vuesa merced que  el español o lengua común española se constituyó, principalmente, a partir de la asimilación lingüística entre los tres dialectos medievales centrales peninsulares (leonés, castellano y navarro-aragonés) y la influencia de los dialectos extremos (gallego-portugués y catalán), por lo que nuestro idioma es el resultado de la aportación de todos los españoles y, por tanto, debe ser la denominación de español la que se ha de dar a la lengua común española. Es lo que ocurre en otros reinos cuya lengua tiene el nombre de los países, francés, italiano, rumano, etcétera. 


—Cierto es lo que decís, señor bachiller, -respondió el cura-. Los hablantes de cada uno de los países románicos en que se han desarrollado diversas lenguas neolatinas han coincidido en asignar a la lengua más difundida en ellos (regularmente coincide en ser la de mayor prestigio), como designación de la misma, el adjetivo  derivado del nombre propio del país correspondiente: francés o lengua francesa, italiano o lengua italiana, español o lengua española. Pero también es cierto que no existe el británico, sino el inglés, que es solo un país de las islas británicas, donde se habla tal lengua. 


—En efeto, -contestó el bachiller-. Pero no debe olvidar que al igual que el español procede del castellano, la lengua francesa de hoy procede del dialecto conocido como langue d´oil, en tanto que el italiano tuvo su base en el dialecto toscano, prestigiosa variedad usada por los tres poetas más importantes del 1300 (Dante, Boccaccio y Petrarca). 


A todo esto, don Quijote, contento aunque algo desconcertado, ya que nunca había oído hablar de estas cuestiones, no podía domeñar sus ansías de participar en la plática, viniendo a incidir en algo que ya se había sugerido. Dijo ansí:

 —Señores, me pregunto yo si quienes pasaron a las Indias usarán un nombre u otro y cuál tomarán los allí criados.

—Señor, ha de saber vuestra merced –dijo Sansón Carrasco- que nada de este cambio paresce haber llegado a las Indias Y posiblemente nunca ha de llegar, pues allí siempre han de pensar que el español solo es la lengua de España, por lo que preferirán el nombre de lengua castellana y no lengua española.


Sancho, que presto se había cansado al no entender nada, se dirigió a los presentes de esta guisa: 

—Vuestras mercedes me perdonarán, que poco alcancé a comprender de todo cuanto dicen, aunque yo solo quería saber si me he de dirigir a mis insulanos con uno u otro nombre, que todo lo demás me paresce vano.

—Mira, Sancho, -respondió el bachiller- como quiera que en estos tiempos alternan los dos términos, español y castellano, por lo que ninguno es incorrecto, tú podrás emplear el vocablo que quisieres, que será bien dicho. Y así es posible que sea a lo largo de los años. Bien es verdad que cuanto más avancen estos, será menos correcto y frecuente el de castellano, que, en puridad, solo será, como dije a vuestras mercedes, la variedad del español que se hable en Castilla, como el andaluz en Andalucía o el murciano, en Murcia.


Tras esta respuesta, Sancho se dio por satisfecho y todos se apresuraron a beber del zaque y comer un sabrosísimo queso con habas y pan tierno.  

 

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