El dedo de la peineta

Dice un chascarrillo popular que cuando el hijo de un manager pregunta ‘papá, ¿qué es un músico?’ este explica indignado, ‘hijo, un músico es … ¡¡¡ ese tipo que se queda con el 80% de las ganancias de tu padre !!!’. Y es que si todos pensamos en monstruos cinematográficos como personajes siniestros, para muchos músicos el terror aparece en sus rostros cuando se les menciona la figura del representante. Profesión injustamente denostada –  conozco a muchos honrados - tras los exitosos biopics sobre Queen y Elton John resurgen como los malos de la película. 


Bromas aparte, la mayoría luchan por los intereses de sus pupilos, pero no es el caso del que manejó las finanzas de Badfinger, la banda con la historia más trágica del rock.Y empezaron con suerte, descubiertos por unos Beatles que eran ya semi-dioses con discográfica propia, aquella Apple Records que tan mal acabó mas tarde. La fortuna pareció sonreír a cuatro jóvenes e inocentes galeses, con Pete Ham y Tom Evans la cabeza que, en un corto periodo de tiempo y aún con su nombre inicial - The Iveys -, grabaron su primer disco.


El cuento de hadas mejoraría cuando el propio McCartney les cedió el fantástico Come and get it, colocándoles en una posición privilegiada en las listas de éxitos, y hasta el propio Harrison decidió producirlos.  ¿Qué podía fallar?


Como en las clásicas tragedias shakesperianas no tardó en aparecer el villano, encarnado en la figura del astuto representante Stan Polley. Olfateó la sangre a distancia, percatándose de que esos chavales iban a ser tan rentables para él como los accionistas de Bankia para Rodrigo Rato. ‘Es el mercado, amigos’, pensaría conforme sus cuentas engordaban mientras que sus chavales – que empezaban a ser denominados ‘los nuevos Beatles’ - seguían compartiendo un cochambroso piso en Londres, sin lavadora ni televisión, a la vez que grababan discos tan interesantes como No dice (1970) o Straigh up (1971) y componían uno de los hits más trascendentales de la historia pop, Without you, que al poco popularizó Nilsson y más tarde Mariah Carey, ya en los noventa.



Su más maquiavélica maniobra llegó cuando, para alejarlos de la influencia ‘beatle’, los cambió de discográfica para, poco después, desaparecer con todo el botín. La primera víctima fue Ham, que acabó colgando de una cuerda en su garaje, acuciado por las deudas y a punto de perder su propia casa. Años después, por idénticos motivos, cundió su ejemplo en Evans.


Es una lástima que cuando aquel sinvergüenza se ofreció a llevar sus carreras no hubiesen hecho uso del dedo que les dio su nombre, mostrándole una buena peineta.


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