Elegantes tragedias (III): Manzanas de caramelo

Tercera entrega de una serie de siete relatos negros protagonizados por Némesis de Peláez

Vera, 1934


Sus ojos tiran siempre de un hilo que a los demás les pasa desapercibido. Nunca lo ha dicho abiertamente, pero el inspector Ramos sabe apreciar la mirada femenina del mundo. Un gesto de contrariedad, un atusarse el cabello, una palabra de ira contenida que los posibles los culpables dejen un instante ante Némesis de Peláez y será el comienzo de su sentencia. Por eso le ha pedido que viaje hoy con él hasta el pueblo de Vera, un nuevo cadáver ha hecho acto de presencia. Y no uno cualquiera. 


—Es curiosa la vida, ¿verdad, inspector? Nunca deja de sorprendernos. Quién le iba a decir a este señor tan importante, don Cosme Román, que iba a aparecer ahogado en la playa de Mojácar el mismo día que su secretaria y amante, Enriqueta Simón fuese hallada muerta en una caseta del balneario de San Miguel en Almería.


—La señora de la guadaña casi nunca avisa y ese debería de ser el verdadero encanto de la existencia, señora de Peláez. El final nos iguala a todos, pero cuando venimos a aprenderlo ya estamos bajo tierra.



—Qué filósofo lo encuentro esta mañana. Y fíjese que no puedo añadir ni una coma a su reflexión.

Llegan directamente a los juzgados de Vera.


—El cadáver de don Cosme Román llevaba en el agua seguramente algo más de un día cuando apareció ayer de madrugada en la playa. Cuáles fueron las circunstancias de su muerte es algo que tendrán que investigar ustedes. Les adelanto que el hombre que está en la puerta es su asistente. Dice que la última vez que vio a su jefe fue el miércoles 17 de octubre. Que lo llevó a las minas de su propiedad en Sierra Almagrera y que al final del día lo dejo aquí en Vera, en la plaza. Quedaron en que le avisaría si precisaba de sus servicios al día siguiente. Y no supo más de él hasta la madrugada del 19 de octubre. Confirma que después de no tener noticias de su patrón durante todo el día 18, le da un mal pálpito y recorre el litoral esa madrugada con el coche. Lamentablemente lo encuentra en la orilla ya sin vida. Pueden hablar con él, para eso lo he convocado. Su esposa está inconsolable, como imaginarán. Tienen cinco hijos entre 18 y 7 años, dos varones, el mayor y el pequeño y tres mujercitas de 15, 13 y 10 años. También le he dicho a la viuda que irían a visitarla. Su casa está aquí al lado, es la blanca de tres plantas con balaustradas de mármol que hay en la plaza. Concurre como circunstancia adicional que, los negocios de don Cosme no iban todo lo bien que él aparentaba. Uno de los capataces declaró anoche que llevan dos meses sin cobrar y que sorprendió al jefe hablando del posible cierre justo el miércoles. También era un mujeriego, hecho que hemos corroborado con el caso de la muerte de su secretaria de las oficinas de Almería en extrañas circunstancias. Que en paz descansen los dos, si es que pueden. Como ven podría tener enemigos en diferentes frentes. Y eso es todo lo que sé más o menos ordenado en estas declaraciones transcritas. Si quieren echarles un vistazo son todas suyas. Den una vuelta por la zona y hablaremos por la tarde. El cadáver está en la casa del médico para que lo examinen, pero les adelanto que el facultativo ha informado que tiene un fuerte golpe en la cabeza y todas las extremidades fracturadas.


El secretario de don Cosme espera en la puerta del juzgado a que la pareja venida desde Almería le interrogue. Némesis observa sus manos nerviosas y cruza la mirada con la del inspector.


—Ver, oír y callar, esa es mi ley. Y ahora que él ya no está, no sé qué va a ser de mí y de mi familia. Yo antes era mecánico de coches en Sorbas. También se me dan muy bien las cuentas. Hace cinco años al señor Román se le rompió su antiguo auto cerca de mi taller. Entonces conducía él. Me estuvo llevando el coche en diferentes ocasiones e hicimos buenas migas. Hasta el punto de que me ofreció el puesto para ser su asistente personal y su chofer. Llevo con él tres años, los mejores de mi vida...


—Le acompaño en tan terrible pérdida, pero ahora lo único que podemos hacer es justicia. Ya verá como todo va llegando a su punto—, contesta Némesis intentando llevar la conversación a su terreno—. Porque si el señor Román confiaba en usted, usted tendrá que confiar en nosotros, ¿le parece? Bien, platiquemos con detalle del día 17—. En la taberna le sirven el primer chato de vino.



—Doña Ana los atiende enseguidica. Siéntense aquí en el patio, bajo el limonero. ¿Les puedo ofrecer algo fresquito? Vuelvo en un instante.


La señora de Román sale por una puerta vestida de luto riguroso del brazo de su hijo mayor, Cosmecín. Su discurso en errático y mojigato, interrumpido por un muchacho educado en el qué dirán, con aires amanerados. Se nota muy unido a las faldas de su madre y un resquemor notable contra su padre. No sacan nada en claro de la conversación, salvo que el difunto era el dueño y señor de su vida, de su dinero y de su tiempo. Su familia reconoce implícitamente que, lejos de la mesa familiar, para ellos era un perfecto desconocido. Lo que sí certifican es que desayunó en su casa el 17 de octubre por última vez. Nunca pasaba más de 48 horas sin mandar a un recadero informando a su familia de cuándo calculaba volver. Esta vez no pudo ser.


Cuando están a punto de salir de la casona, Némesis vuelve sobre sus pasos al patio, ha olvidado su sombrero panamá. Y allí encuentra a una niña de unos diez años probándoselo. Se llama Celia y es la menor de las hijas de la familia.


Cuando Némesis vuelve con el inspector le susurra:


— Hay que subir a Mojácar. Tenemos un buen hilo: Manzanas de caramelo.




La mujer a la que van a visitar no quiere dejarles entrar en su vivienda.


—Trinidad, tranquilícese. Es obvio que usted conocía al difunto. Su hija Celia afirma que ha visitado esta casa con su padre en más de una tarde y que su hijo Alfonsito es su amigo. De hecho, platicamos hace un rato sobre el día más feliz de su vida y que tiene que ver con ustedes. Al punto que me contaba que, el verano pasado, estuvieron los dos niños bañándose en una alberca, porque su padre y usted los dejaron libres una tarde entera paseando por la vega. Y que entonces, después, por haber sido tan buenos, su padre los llevó a todos a las fiestas de Garrucha y les compró dos manzanas de caramelo a cada uno. Un gran premio añadido que una niña no puede olvidar.


—Mi marido trabajaba en Minas Román, sí. Y don Cosme ha sido muy bueno conmigo. Mi esposo murió hace dos años en un derrumbe, era capataz en Sierra Almagrera. Cuando ocurrió la desgracia, él nos brindo vivir en esta casita de su propiedad por un tiempo, hasta que yo supiese qué hacer con mi vida. Me he enterado de que apareció muerto ayer y me he puesto en movimiento. No quiero que la viuda o el hijo vengan a echarme y encima me pidan la renta. Nos vamos a Murcia. Cogeremos la pasajera de madrugada. Allí quiero empezar a servir. Tengo una prima que puede ayudarme a conseguir alguna casa.


—¿Y por qué tanta prisa, Trinidad? (pregunta el inspector)


—Yo no tengo prisa, señor, pero no quiero vivir la humillación de que me saquen de esta casa con malas artes delante de Alfonsito. Es mejor así, irnos cuanto antes.


—Inspector Ramos, ¿le importaría pegarse una vuelta? Gracias. Trinidad, ahora que estamos las dos solas espero que se sincere conmigo. Verá, resulta que el secretario de don Cosme nos ha confesado que en los dos últimos años dejaba a su patrón cerca de esta casa y que a veces lo recogía a los dos días…


Las dos mujeres susurran sentadas en la entrada oscura de la vivienda en dos sillas de anea. La casa tiene una pequeña habitación de aperos adosada y que antes fue una cuadra. Ramos sale a husmear mientras deja que el suave acento cubano de Némesis haga su trabajo. Empuja la puerta desde afuera.


—¡Una Indian Four en perfecto estado de uso, limpia como una patena y dos cascos colgados en la pared! Vaya, vaya, qué curioso hallazgo. ¿Y dice que esta motocicleta era de su marido? Interesante.

El cielo nocturno de Tabernas abriga sus silencios. El inspector Ramos conduce con el brazo apoyado en la ventanilla mientras fuma. Némesis, ensimismada a su lado en el auto, parece conectada a la luna menguante que les va persiguiendo. Ya regresan a Almería. Se mezclan en su cabeza todas las conversaciones y sentimientos vividos. Y es que la culpa casi siempre resuelve el caso. Primero la del secretario: él no encontró a su patrón muerto, fue un pescador quien lo vio flotando a un cuarto de milla de la orilla. Lo arrastró con un cabo y dejó al cadáver dentro del bote. Entonces salió en bicicleta a avisar al asistente de don Cosme que vive en Garrucha. El mismo pescador al que interrogaron al caer la tarde mientras recogía sus redes, cuando dejaron a Trinidad llorando y acabando su maleta. 


—Yo vi pasar una motocicleta con dos personas el miércoles por la tarde hacia la torre del Pirulico, esa especie de faro antiguo situado cerca de la playa de Mojácar, donde las parejas suelen subir a pelar la pava. Y juro por la Virgen del Carmen que también pude ver bajar a la moto desde la torre, prácticamente de noche y con un solo un pasajero. 


Obviamente no fue don Cosme quien devolvió la Indian Four a su corral. Y la guinda la puso el secretario. Le había dado 500 pesetas para que no contase nada de aquello, la segunda culpa. 


Después de tal confesión volvieron a Mojácar en noche cerrada. Entonces Trinidad sacó a flote la tercera conciencia virada, las tres que colgaban del hombre poderoso. Porque lo cierto es que el señor Román iba a dejar a Trinidad y la llevó de excursión a la torre para darle 3000 pesetas y sus últimos besos. Pero su ego cometió un terrible error. En medio de su discurso de despedida, de las preguntas incisivas de la amante despechada sobre la verdadera causa de su abandono, le habló también de la bella Enriqueta Simón, su secretaria de Almería. El pescador dijo que, en las horas previas a la desgracia, el viento era de poniente, por lo que el cadáver bien pudo venir flotando desde algún sitio al oeste de Mojácar, que pudo caer al agua desde el Pirulico. 


Y lo que no puede sacarse de la cabeza son los gritos de Alfonsito cuando su madre fue esposada. Entonces se le vuelven a humedecer los ojos, la luna menguante se le nubla y es capaz de oler las manzanas de caramelo.


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