Mi vecino, Morricone y yo

Ennio Morricone.
Ennio Morricone. Europa Press

Este lunes mi vecino Piero me despertó de mi siesta con los primeros acordes del Éxtasis del oro. Decidí volverme sobre el colchón y esconder la cabeza bajo la almohada, como si eso pudiera salvarme del molesto, insistente e impertinente silbido con el que comenzó a acompañar la canción.


El western se apoderó de mi casa y lo llenó todo de marranzanos y harmónicas. Me incorporé y avancé por la habitación con la intención de batirme en duelo con aquel que perturbaba mi sueño. Por suerte, otro vecino, entre improperios, instó a ese spaguetti a bajar la música. Qué maravilloso reflejo de supersimetría y empatía vecinal.




Decidí quedarme despierta y observar el espectáculo desde mi balcón, como si fuera un cine de verano y aquella, una película de las malas. Coloqué mis manos en forma de revolver y disparé. Ninguno me siguió el juego. Seguían enfrascados en su discusión, a pesar de estar muertos.  Mi trielo había fracasado y opté por sumergirme en Twitter, que ayer tenía los ojos puestos en Almería y en su spaguetti western.


Una de las cosas que me resulta más llamativa de la muerte de Ennio Morricone es la cantidad de gente de la que una no sabe que era adepta al western. Aunque no se crean, esto ya me había ocurrido antes. Con la muerte de otros personajes ilustres he descubierto forofos del basket, expertos en vida y milagros de determinados cantautores y entendidos de fútbol. Cuanto más trágica es la muerte, mayor el fervor. Ya se sabe, no hay nada como morirse para hacerse viral.


No sólo mi vecino está repasando en bucle la discografía del compositor italiano –a quien, por otro lado, le agradezco que haya abandonado los discos de Pau Donés-. También tengo amigos que, hasta hace poco, creían que El bueno, el feo y el malo componían la trilogía del dólar y ahora son los más eruditos en spaguetti western. La ignorancia es muy osada.  


Piénsenlo, ¿puede haber ahora mismo algo más almeriense que Morricone? No han pasado ni 24 horas y el compositor ya cuenta con una estrella en el humilde Paseo de la Fama almeriense. Parece que la visita que no quiso hacer en vida, la hará a título póstumo.


Alguien ha escrito en Twitter que “el viento en Almería silba más triste que nunca” y yo me pregunto si esa tristeza no ha estado siempre. Ennio Morricone estaba enamorado del western y Almería se le antojaba como un escenario más. Quizá el más poético, el más bello, el más maravilloso, pero un paisaje más de los tantos que albergaron sus bandas sonoras. Vuelve a sonar el Éxtasis del oro y sonrío, ¿sabían que el cementerio que aparece con los primeros acordes de la canción pertenece a Burgos? Y ahora, discúlpenme. He de batirme en un trielo.


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