Diario de una cuarentena (XXXII): Carreteras secundarias

Serie El mundo visto desde casa que De Paz capta sin moverse de la suya.
Serie El mundo visto desde casa que De Paz capta sin moverse de la suya. Carlos de Paz

Nos subimos por las paredes. Desde que nos enteramos de qué va esto de la desescalada, se nos ha abierto un vacío en el estómago. Nos hemos puesto a jugar al teléfono escacharrao con los cuatro datos que hemos cogido al vuelo y la incertidumbre es tan grande que ya no sabemos si Puerta de Purchena seguirá en su sitio cuando volvamos a salir. Nuestro único consuelo era que pronto volveríamos a los bares, pero el sector se ha puesto en pie de guerra porque así no se les costea subir la persiana. Luego está el tema de mi peluquero, que tiene una lista de espera que da la vuelta a la manzana en la que yo no estoy. A la periodista Luz Sánchez-Mellado la suya la ha apuntado de las primeras sin que ella se lo pida. “Me dice que se imaginaba que lo necesitaría. La odio. La quiero”, ha tuiteado. Me queda tanto que aprender...


Tenemos los nervios de punta porque hay cosas que claman al cielo. Una señora contaba antes en la radio que tiene su segunda residencia a quince kilómetros, pero en la provincia de al lado. Vamos, que no puede ir ni a regar las macetas ni a echar de comer al perro, o lo que quede de él. Y no hablemos de los enamorados interprovinciales, condenados a vivir un amor de otra época. Tengo una conocida que suponiendo que la ‘nueva normalidad’ se imponga a finales de junio, se va a tirar tres meses largos sin ver a su chico. Eso si no se salta antes las normas, cual prófuga de la justicia, y escapa por carreteras secundarias. Y más le vale que no, porque me han contado que el otro día en la A-7 un coche cambió de sentido intentando eludir un control con tan mala suerte que vino a estrellarse en la mediana. Nunca una persecución fue tan triste.


Como el preso que deja de dibujar rayitas en la pared de su celda, he perdido la cuenta de los días que llevamos confinados. Sí sé que a ratos me harto de mí, del aplauso de las ocho y hasta de este diario que tanto quiero. Un buen amigo me contaba a mediodía que a él le pasa algo parecido. Si un día no se asoma a la calle a la hora de ‘Resistiré’, los vecinos empiezan a llamar preocupándose por él. Y esa sensación tan bonita de importarle a otra persona por momentos se convierte en un ¿quieres dejarme un poquito tranquilo?


Por suerte, todavía se producen milagros que, aunque en un principio nos asustan por inesperados, acaban por reconciliarnos con la vida. El otro día, a la hora del vermú, estaba una pareja en la terraza de su casa de Aguadulce cuando la chica notó unas garras sobre ella. No sabía lo que era, pero la risa de su marido le hizo intuir que nada malo. Un agaporni había decidido anidar en su espalda.



 

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