Muere Paul Polansky, el colonizador de Mojácar

Su nombre quedará unido a la leyenda de aquella costa hippie que empezaba a respirar

Paul Polansky, en una de sus últimas visitas a Mojácar.
Paul Polansky, en una de sus últimas visitas a Mojácar.

Acaba de cerrar los ojos en Nis, una villa de Serbia donde dicen que nació Constantino el Grande, otro grande: el gran Paul Polansky que con solo mentarlo, en los ya mayores, se deben agitar efluvios de aquella Mojácar del principio que él contribuyó a modelar a su antojo; se ha ido Paul -sin despedirse de la tierra áspera que lo acogió hace más de 50 años- en un lugar plano y pétreo, tan distinto a la serranía que se dejó aquí. 


Ha dedicado, el risueño Paul, el último ciclo de su vida a escuchar a los desheredados de los Balcanes, a aquellos romaníes que fueron masacrados en Kosovo y que quedaron sin patria y sin hogar, como asesor de Derechos Humanos de Naciones Unidas. A eso,  y a escribir turbia poesía sobre ríos de la antigua Yugoslavia y niños heridos por fuego de mortero. Él -quién lo diría del gran Paul- un tiburón para los negocios, para imaginar casitas blancas y niños rubios correteando, en donde solo había habido pencas de chumbos y rabos de lagartijas. Paul, con su aspecto de Hemingway, llegó a Mojácar en 1964 en una Lambretta, tras unos meses ejerciendo como fotógrafo en Madrid para la cadena hotelera Hilton.


 Había nacido en 1942, en Mason City, una apacible ciudad del estado de Iowa, en una familia de emigrantes alemanes. Venía escocido de su país por la Guerra de Vietnam y su venganza fue hacer el hato y plantarse en España. Al poco tiempo escribió una carta a su hermano Ric, que estaba persiguiendo anacondas en Sudamérica, hablándole de todo lo que se podía hacer en Mojácar como una nueva California. Y allí que se plantó también el segundo Polansky, quien falleció hace justo un año ahora en su cortijo frente a Macenas.



Paul traía solo unos pocos dólares en el bolsillo y a su mujer Luisa. Y durante meses vivieron en una tienda de campaña debajo del mayor algarrobo que había al lado del bar El Puntazo, cocinando con camping gas que compraban en la tienda de Ginés Soto, en Garrucha.  Allí conoció a Paco Morales El Currillo, que se convirtió en su primer empleado y chófer.


Venía con pensamientos grandes, Paul, como su testuz, y empezó a comprar baldíos de alacranes en los Lomos del Cantal, donde edificó uno de los primeros residenciales de la costa mojaquera. Allí mismo se construyó una casa como un palacio, dejando atrás el tiempo de las bombonas de butano y de las latas de sardinas. Desarrolló también las  urbanizaciones de La Gaviota y La Paratá, adquirió el Hotel Tío Eddy para transformarlo en apartamentos, compró muchos metros de monte en Macenas y se alió con Laing a quien terminó vendiendo.



Su mayor obra, sin embargo, fue Cortijo Grande, en Turre, un vergel, una urbanización fuera de serie, con un campo de golf, picadero de caballos, campo de tiro y el primer helipuerto de la provincia donde aterrizaba su propia avioneta para traer clientes a los que les vendía el oro y el moro de ese lugar paradisiaco, entre acequias morunas, naranjales y el vuelo de las perdices. 


Paul era un genio con grandes ideas, pero también un culo inquieto, y cuando se aburrió, vendió y se marchó. Pero su nombre y su talante brioso quedarán para siempre unidos a la leyenda de aquella Mojácar de  los hippies que estaba empezando a respirar, sin la que no se puede explicar la Mojácar de hoy.


 

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