El invento de Vivas Pérez

“Voy a tomarme un Vivaspérez que me voy de hilo”

El imprescindible invento de Vivas Pérez.
El imprescindible invento de Vivas Pérez.

Escrito está en las memorias de Ramón y Cajal: “Voy a tomarme un Vivaspérez que me voy de hilo”. El nobel español de Medicina se levantó una madrugada con una infección intestinal, que casi le cuesta la vida, si no llega a ser por el maravilloso invento de un almeriense, unas sales anti diarreicas que dieron la vuelta al mundo a principios del siglo pasado.


Juan José Vivas Pérez (1852-1924), farmacéutico y filántropo, fue el prócer almeriense que inventó el célebre Salicilatos de Bismuto y Cerio que tanta vida salvó en tiempos de María Cristina y Alfonso XIII y que fue utilizado por el Ministerio de la Marina para combatirlas las enfermedades tropicales. De su talento también nacieron otros medicamentos populares como el Jarabe de Quebracho para el asma o el Elixir de hierro. Empezó siendo, sin embargo,  Juan José Vivas, un modesto farmacéutico con despacho junto a la calle Real (luego en el Paseo, junto a Almacenes El Águila) que se afanaba en la rebotica hasta encontrar fórmulas magistrales contra la colitis o las mordeduras de perro y que cambiaron el mundo del medicamento de la época.  Allí se discutía también entre patricios locales, como en un ateneo, sobre todo lo divino y humano que ocurría en esa ciudad de tarantos, con las páginas de los periódicos de la época extendidas sobre el mostrador de mármol.


Vivas Pérez nació en la calle Wamba (En la actualidad Fructuoso Pérez), estudió Bachillerato en el Instituto de Almería y se licenció en Farmacia por la Universidad de Granada en 1873. Era hijo de José Vivas Visiego, un comerciante de pieles bien posicionado. Juan José se casó con Ana Bustos Orozco, con la que tuvo ocho hijos y en la rebotica de su farmacia se gestó la creación del Colegio de Farmacéuticos en 1898, siendo su primer presidente hasta 1920. Creó también en la trastienda un laboratorio de investigación y elaboración de medicamentos donde ungió sus célebres remedios.


Se traía Vivas Pérez el bismuto de Córdoba y lo trituraba en su justa medida con morteros de hierro. Después lo disolvía en ácido nítrico hasta dar con el anti diarreico más famoso de su época y otros medicamentos como la pomada anti herpes de Voikphon, cuyos reclamos frecuentaban las secciones de anuncios de los periódicos del momento.


 Los salicilatos pasaron a distribuirse a finales del XIX en las colonias españolas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas y a otros países como Perú, Brasil o México. Basta decir que los buques de la Armada inglesa lo llevaban en su botiquín como medicamento de urgencia. 


Vivas Pérez, con el típico bigote retorcido como lo vemos en sus retratos, editó desde 1908, junto al abogado Rafael Calatrava Ros, el diario católico La Independencia,  que, con la ayuda como director de su sobrino, Fructuoso Pérez, sobrevivió hasta el comienzo de la Guerra Civil en la que éste fue asesinado. Tenía la administración y redacción en la actual calle de Eduardo Pérez. En 1922, el farmacéutico actúa como mecenas para el establecimiento en Almería de los Hermanos de la Salle, en una finca de su propiedad  llamada “El Cortijo Grande”. También propicia la fundación de la Escuela de Formación Agraria.


Persona muy vinculada al catolicismo y conservadurismo local, en lo político fue destacado maurista antes de la República. Su hijo, Juan José Vivas-Pérez Bustos fue uno de los miembros del primer comité directivo del partido conservador Acción Nacional -organización católica de derechas- junto a otros elementos conservadores de la ciudad que abandonan Acción Popular en 1934 para ingresar en la Comunión Tradicionalista.


Con los rentos que le proporcionaba la patente del anti diarreico,  Vivas Pérez realizó innumerables obras sociales y de caridad como el sostenimiento del Reformatorio, las escuelas del Ave María en El Quemadero y Las Chocillas y el comedor benéfico del Colegio de La Milagrosa.


 Tras la muerte del farmacéutico almeriense en 1924, le sucedió en la farmacia su hijo Juan José Vivas-Pérez Bustos, asesinado durante la Guerra Civil a la edad de 35 años por odios políticos, tras permanecer encerrado en el barco Capitán Segarra y ser asaltada e incendiada su farmacia. Su viuda se hizo cargo de la botica, con la ayuda de Juan Bueno como regente, hasta que languideció y se cerró en 1981. La familia perdió también el derecho de la patente de sus medicamentos. 


La huella del popular boticario almeriense continúa en su bisnieta, María José Abad Vivas-Pérez que recuperó el apellido familiar para la farmacia que regenta en la calle Murcia y en el laboratorio de análisis clínicos del Paseo, junto a la plaza de Juan Cassinello. Los tiempos han cambiado: ahora una diarrea no es lo que era. Pero el espíritu añejo de esta botica moderna se percibe en los retratos que adornan sus paredes, el bigote en aspa del bisabuelo, los anaqueles y los paisajes urbanos de una Almería en blanco y negro. Resguardados por vitrinas aparecen también los viejos microscopios del antepasado. E bisabuelo fue un genio adelantado a su época, que supo además fundar el método de la propaganda a gran escala: los papelillos con las sales de Vivas-Pérez aparecían en los periódicos, en los carteles callejeros y hasta en los teatros de la época. También llevan la sangre del gran Vivas-Pérez dos farmacéuticos más: Ricardo Gil Vivas-Pérez y María del Mar Verdejo Lucas, hija del farmacéutico, investigador y exalcalde Guillermo Verdejo Vivas, nietro, a su vez, del artífice de los Salicilatos.


Si usted pasa por la calle Murcia, deténgase en el umbral de la farmacia y mire a su derecha, verá reflejada la historia del medicamento en Almería, a través del ingenio de un filántropo de grandes mostachos, que representó el paradigma de lo que hoy conocemos como excelencia empresarial.

 

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