La historia del Engañamuertes, aquel roquetero que resucitó

“El padre cura huyó despavorido al ver abrirse el féretro de Luis”

La iglesia de Roquetas donde se iba a celebrar la misa de difuntos del niño (Foto: Col. Domingo Fernández Mateos)
La iglesia de Roquetas donde se iba a celebrar la misa de difuntos del niño (Foto: Col. Domingo Fernández Mateos) La Voz

Hay un cuento de Allan Poe de 1844 titulado ‘El entierro prematuro’ en el que el autor narra el caso de la esposa de un congresista de Baltimore que muere y es depositada en la cripta familiar. A los tres años, el marido abre el panteón para depositarla en un nuevo sarcófago y al empujar el portón le cae encima el esqueleto de su mujer con la mortaja puesta y el ataúd al lado destapado.


El miedo a ser enterrado vivo estuvo muy presente en la sociedad occidental a lo largo del siglo XIX y por eso el escritor norteamericano se detuvo en ese lance para narrar la ficción de esos casos que sobresaltaban de cuando en cuando en la prensa local.


Un episodio también de muerto en vida, pero con final feliz, se dio en el municipio de Roquetas de Mar bastantes años después de la historia de Poe. Con la diferencia de que no fue un relato de ficción, sino un hecho real como la vida misma, avalado por investigadores locales como María Dolores Ruiz Expósito, Antonio Ruiz López y por todos los testimonios orales coincidentes, recogidos y transmitidos de generación en generación.


Esta fue la historia de Luis Jiménez Montoya, un muchacho de 19 años hijo del armador de un laúd de Roquetas, una clase de barco primitivo que navegaba remo y vela. Una tarde del ‘Año del Señor’ de 1886, Luis salió con unos amigos a comer frutas al campo y se atracaron de ciruelas de un huerto, hasta el punto de que Luis pilló una indigestión de tal calibre, con fiebre y diarreas, que a las pocas horas expiró (o eso pareció).



No era una época, y menos en un pueblo humilde como el de Roquetas de hace más de 130 años, para que los médicos pudieran certificar las muertes con precisión numismática, descartando uno por uno posibles fenómenos de catalepsia. Se comprobó que Luis, el hijo del pescador de boliches, tenía el rostro contraído, los labios pálidos, los ojos sin brillo y que las pulsaciones habían cesado, y los familiares iniciaron con toda la pena del mundo los preparativos del entierro sin más dilación. Para qué esperar más en esos tiempos en los que no había un Instituto Anatómico Forense en cada puerta, ni tantas posibilidades de hacer autopsias, ni cámaras donde mantener fríos los cadáveres.


Luisillo fue velado en la casa familiar durante esa noche -el origen etimológico del velatorio no era llorar al muerto sino ‘vigilar o comprobar’ que realmente había fallecido- y para el día siguiente se organizó el entierro.


Tuvo que ser un espectáculo de dolor ver cómo esos padres humildes iban a enterrar a ese hijo que no había frisado aún la veintena, que tenía aún toda la vida por delante en ese municipio marinero que había pertenecido al concejo de Felix hasta un siglo antes. Nadie podría predecir que, con los años, el barrio pescador de Las Roquetas se convertiría, tras la capital, en la ciudad más populosa de la provincia de Almería. Muy pocos años antes del insólito episodio del hijo del bolichero, el alcalde, Luis Martín, había iniciado la urbanización del municipio ocupando en la obra a los vagos y desertores de quintas.


Llegado, por tanto, el momento de poner el epílogo al triste desenlace que originó aquella panzada de ciruelas, el sacerdote, como era costumbre, acudió a la casa del difunto, acompañado de un monaguillo con un cirio en la mano. Hizo la señal de la cruz sobre la caja de ánimas, derramó agua bendita y cuatro vecinos del pueblo se echaron el ataúd sobre el hombro, mientras los padres y demás familiares derramaban lágrimas de dolor por una muerte tan prematura. Cuando el polvoriento cortejo fúnebre pasaba por el lugar conocido como El Ventorrillo, a la altura de la Santa Cruz que dos décadas antes habían clavado sobre un pedestal unos frailes redentoristas, el párroco mando parar para leer un responso. 


Fue entonces cuando algo dentro del féretro ¡¡se movió!! Era Luis, que estaba despertando - ¿o resucitando? - de su sueño cataléptico y que volvía a la vida encerrado en una caja de pino. Se asustó por ese constreñimiento y con el puño dio un golpe a la tapadera del ataúd que voló por los aires, al tiempo que los voluntariosos vecinos que lo trasladaban con sus brazos como luctuosos aurigas, soltaron la caja aterrados por la aparición inverosímil y corrieron despavoridos, como el resto del séquito, incluido el padre cura y el acólito que tiró la vela, el misal y todos los abalorios.


Cuando pasaron los primeros momentos de horror y desconcierto, algunos vecinos más osados volvieron al lugar y se encontraron con el joven Luis tirado en el camino, maltrecho, implorando una mano que lo levantara del suelo. El golpe le causó una pequeña cojera que le dejaría marcado toda su vida. 


Tras el inaudito suceso, que conmocionó durante un tiempo a los roqueteros, a Luis Jiménez empezaron a llamarle el Engañamuertes. Pero no quedó ahí su alianza con la parca: años después, un día que Luis estaba durmiendo la siesta en un almacén, se derrumbó una pared con la fortuna de que ningún trozo cayó sobre el colchón de perfolla en el que estaba acostado. Resultó ileso, el Engañamuerte roquetero, sin ninguna herida, mientras veía como el cataclismo había inundado de escombros todo el cuarto. Por segunda vez había salvado la vida. 


Luis Jiménez Montoya, el protagonista de esta historia real, falleció de verdad de la buena en 1940, con 73 años, el mismo día en que llegaba al pueblo la nueva imagen de la Virgen del Rosario donada por el doctor Marín y su hija Eladia, que sustituía a la que fue quemada en la Guerra. Sus hijos y nietos, entre ellos el entrañable Antonio Jiménez Alcaraz, siguieron y siguen llevando el apodo de su antepasado, ‘el Engañamuerte’.

 

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