Los Reyes que existían de verdad

Los Reyes no eran los padres como nos decían los niños mayores, sino los magos de Oriente

Eduardo de Vicente
09:00 • 05 ene. 2023

Siempre había un listo en tu calle que se encargaba de recordarte que los Reyes no existían, jurando que él había descubierto a su padre y a su madre colocando los juguetes mientras se hacía el dormido. Siempre te cruzabas en el patio del colegio con los más grandes que no se cansaban de pregonar lo ingenuos que éramos creyendo que de verdad aquella pelota que acabábamos de estrenar o la caja de rotuladores Carioca habían venido en camellos desde Oriente. 



Pero éramos muchos los que teníamos la certeza de que Gaspar, Melchor y Baltasar existían de verdad, porque formaban parte de nuestra fecunda imaginación y porque bastaba con imaginar o con desear algo con fuerza, para que fuera tan verdadero como el bocadillo que cada tarde nos comíamos en la merienda. 



Los Reyes Magos eran la ilusión que nos ataba con fuerza a la infancia, que nos permitía seguir siendo niños cuando ya empezábamos a encarar la fatídica recta de la adolescencia. Una ilusión que se desataba cuando llegaba el cinco de enero y presentíamos que los Reyes estaban a punto de desembarcar. Veíamos a los mayores pasar por nuestras calles cargados de juguetes, pero no queríamos entender que ellos eran los magos de verdad y preferíamos refugiarnos en nuestro sueño infantil aunque ya hubiéramos pasado esa barrera de los diez años que entonces era la frontera de la primera inocencia.






Había niños que eran auténticos privilegiados a los que los Reyes Magos visitaban dos veces en menos de veinticuatro horas: los hijos de los funcionarios del Instituto Nacional de Previsión; los hijos de algunos concejales del Ayuntamiento, y los hijos de los maestros de la Escuela de Formación, que en la tarde del cinco de enero, cuando los demás acudíamos al Paseo a verlos pasar, tenían la suerte de rozarlos, de darles un beso y decirles a sus majestades que habían sido muy buenos y se merecían los regalos.



Eran los días de las ilusiones sin diferencias sociales, de la inocencia a granel, de los nervios desbocados y los madrugones de estraperlo. En esencia, el día de Reyes y su víspera conservan la magia que tuvo siempre, aunque hayan cambiado los escenarios y algunas costumbres. Hoy, los magos llegan cargados de regalos más individualistas, pensados para el consumo interior, en la soledad de un dormitorio. 



Ya no abundan las familias numerosas en las que un humilde balón era compartido por varios hermanos y han quedado atrás los tiempos en los que los juguetes callejeros eran habituales, cuando los niños competían a ver quién llevaba la mejor bicicleta o el patín más moderno, pero en esencia, los Reyes siguen repartiendo ilusiones parecidas por mucho que hayan cambiado los tiempos. 



Esa sensación de incertidumbre, de nervios a flor de piel, de alegría en estado salvaje, mezclada con la impotencia de sentir que faltan horas para jugar, con la angustia de palpar tan cerca el comienzo de las clases, es la misma que sentíamos hace cuarenta años cuando no manejábamos tanta información. La felicidad en estado puro pasa a la misma hora  que siempre y por los mismos corazones, deja la misma mueca en el alma de los niños y las mismas caras de satisfacción y de sueño en los padres. 


Quizá, una de las grandes diferencias entre ayer y hoy sea la implicación de los niños con los juguetes. Hoy, los regalos son más el pan nuestro de cada día, se ha creado una cultura del regalo que no conocieron otras generaciones. Hoy, la relación es más corta porque tienden a reemplazarse por otros; antes de que el último se haga viejo, el niño ya tiene otro regalo en sus manos que le hace olvidar el anterior. Antes, un juguete nos tenía que durar al menos un año, hasta que volvieran de nuevo los Reyes y se creaba un vínculo sentimental que nos unía para toda nuestra infancia. En mi casa hubo juegos que sobrevivieron a la infancia de todos los hermanos y se quedaron colgados del tiempo como un recuerdo imborrable.


Los juguetes llegaban para quedarse, se heredaban pasando de un hermano a otro y se integraban en las familias como si fueran parte de su historia.


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