Los almerienses que vieron nacer el siglo XX

Francisco Leal de Ibarra, Emilio Pérez Ibáñez, Ana Laynez Taramelli, el Puerto sin el dique de Levante y Agustín de Burgos Cañizares.
Francisco Leal de Ibarra, Emilio Pérez Ibáñez, Ana Laynez Taramelli, el Puerto sin el dique de Levante y Agustín de Burgos Cañizares.
Manuel León
11:45 • 13 nov. 2022

La Almería que vio nacer el siglo XX era una ciudad enteramente blanca, llena de azoteas, como una colmena abierta al cielo, como la vio  Celia Viñas Olivella medio siglo después. Nada cambió en cincuenta años en esa vieja villa de moros y cristianos que fue fabricada en anfiteatro, como Nápoles, tendida como una hetaira a orillas del mar, coronada de históricas torres musulmanas, con los pies de sus muelles sumergidos en las olas, viendo ir y venir multitud de naves a vela o motor con uva o emigrantes y barcas pescadoras saliendo y tornando como gaviotas.


Era la Almería y los almerienses del alborear del siglo cambalache, cuando los señorones de las viviendas del Malecón se asomaban en verano a las terrazas con los gemelos en las manos a divisar las africanas costas y a los muchachos entretenidos en salutíferos baños.


Era una Almería aún sin invernaderos, en la que sus mares formaban a ambos lados de su costa dos ricas salinas, con venas de plomo argentífero corriendo por sus sierras de Gádor y de Gata; era una ciudad con una vega, que en consorcio con su sol, daba caña de azúcar y trigo candeal; y en los valles del Andarax florecían el limonero y el naranjo y sombreadas parraleras con riscos surcados de canales morunos que recogían el agua del lecho del río; y atochares de esparto que rendían beneficio, como el hierro de Alquife que se exportaba por su Puerto.



No había apenas caminos entonces, como anotó Echegaray años atrás, más allá de un ferrocarril recién inaugurado y que había sido codiciosamente trazado por los parajes menos productivos, pero tal era la vitalidad de aquella ciudad que con cables y vagonetas y hasta con carromatos pesados de caballería, iban los productos a buscar ese ferrocarril que había huido de ellos. “Pasma pensar lo que sería esta región privilegiada con auxilio de los poderes públicos, tan pródigos con otras provincias”, dejó escrito el ingeniero Echegaray en uno de sus cuaderno de su estancia en Almería.


Había quedado en la inmortal memoria, al llegar el siglo XX, aquella otra Almería mahometana de los 4.000  telares, la Almería de la seda y las atarazanas, que  daba albergue a 20.000 marinos de la flota califal y cuya rada era visitada por navíos   sirios, egipcios, pisanos y genoveses.



Atrás habían quedado también, al llegar 1900, las agradables veladas en el Liceo, que fue sustituido por el Ateneo y el Círculo Literario y aquellos juegos florales con los que se solazaba la burguesía de la época y que competía con los más seriamente organizados de España.


Alboreaba el nuevo siglo y lo hacía también el primer concepto de turismo en una ciudad que empezaba a descubrir otro encanto poderoso: el de su clima y sus condiciones de estación invernal y de playa veraniega, mirando como ejemplo a Niza. Escribía el abogado Antonio Ledesma, en esas fechas lejanas de hace 120 años, que “los madrileños no lo creerán, pero en las tardes de Pascua y de Reyes, nos paseamos los almerienses frente al mar, en cuerpo gentil, con trajes de entretiempo y las señoras tienen que abrir sus quitasoles para no ser abrasadas por un sol de 32 grados”. 



Aquella Almería de nuestros abuelos y bisabuelos tenía 50.000 habitantes desplegados por su centro y por sus barrios como el de Las Almadrabillas, ese lugar ahora de paseo y que en aquellos lejanos tiempos   estaba sitiado por barracas y aparejos de pescadores. 


Fue cambiando entonces, quedando atrás la Almería decimonónica, abriéndose amplias avenidas frecuentadas por nuevos edificios coloniales y se estaba terminando por fin el dique de Levante y el andén de costa. El  Teatro Variedades funcionaba a pleno rendimiento y la ciudad disponía ya de su flamante Estación de tren y de un nuevo mercado de abastos. Solo había dos clases sociales: ricos y pobres y más de la mitad de los almerienses eran analfabetos. En esos años se adoquinó por primeras vez el Paseo del Príncipe, aunque aún no habían llegado Las Mariposas de Rapallo. Dos pesetas costaba un menú en el restaurante Pavía donde llegó la primera botella de Anís del Mono a la ciudad y el alcalde, Antonio Iribarne, decretó el primer día del nuevo siglo la medida de gracia de liberar a parte de los presos de la cárcel de la calle Real.


Entre los personajes de aquel tiempo remoto destacaban el propio alcalde Iribarne Scheidnager, enfrentado en carne viva con el ingeniero del Puerto, Francisco Cervantes; Agustín de Burgos Cañizares, hijo del contrabandista que asesinaron en la calle del Cubo, fue senador y tío de Carmen de Burgos quien lo acusó que querer sobrepasarse con ella; Emilio Pérez Ibáñez, abogado, propietario de grandes fincas de montes públicos en Níjar, dueño de la mansión que fue después el Casino y ahora sede de la delegación de la Junta. Fue amigo íntimo de Francisco Silvela y la Plaza Circular lleva su nombre; Ana Laynez Taramelli; reina de las fiestas de ese año y soberana de los Juegos Florales del Círculo Literario; Antonio Ledesma, secretario del Ateneo, fundador del Partido Demócrata, un intelectual de primer orden y enemigo de Salmerón. Escribió y escribió hasta morir ciego; Guillermo Verdejo Ramírez, exportador y médico, concejal impulsor del primer alcantarillado, tuvo que enfrentarse a un motín por el precio del pan; Antonio González Garbín, maestro de tres generaciones, catedrático de literatura, prolífico escritor y periodista; José López, presidente de la Sociedad de Amigos del País que organizó, junto a Juan Pastorín, el Certamen Naval de 1900 en el que se redimió a la Marina española que acababa de perder Cuba y al que asistió como invitado el almirante Cervera.  


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