Los almerienses que descubrieron Hawai

No eran ni frailes ni conquistadores, eran simples labriegos que llegaron al Pacífico en 1907

La familia de Juan Alonso y Magdalena Sola, que vivían en Laroya con sus hijos en una imagen tomada en Honolulu en 1913.
La familia de Juan Alonso y Magdalena Sola, que vivían en Laroya con sus hijos en una imagen tomada en Honolulu en 1913.

El gancho fue el que los convenció, una especie de tío Sam disfrazado de agente comercial de una naviera que iba por las aldeas reclutando emigrantes para las maravillosas islas de Hawai. 


Llegaba en un buen carro, con su sombrero hongo y su chaleco ajustado y llenaba la cabeza de pájaros a analfabetos labradores. Les hablaba de un paraíso en el Pacífico donde las mujeres dormían con guirnaldas en el pelo, hasta donde se viajaba por los mares como en una alfombra mágica.


Muchos labriegos almerienses desesperados picaban el anzuelo del gancho porque nada podía ser peor de lo que ya tenían: hambre y miseria, acrecentadas por la crisis española  del fin de siglo y por una nueva centuria que nada prometía.



Con ese sueño isleño, con el deseo de prosperar en una tierra donde parecía que manaba la leche y la  miel, Juan Alonso Guerrero, un aparcero oriundo del barrio de Benitorafe (Tahal) y su esposa Magdalena Sola Rubio, de Sierro y avecindados, con cinco hijos, en la molinera Laroya, metieron en un baúl lo poco que tenían, vendieron media tahúlla de tierra y sacaron billete en barco para Málaga desde donde zarparía el vapor rumbo a tierras hawaianas. Así lo hizo también la familia Campos, del Pilar de Lubrín y la de Rosalino Ramos, de El Marchal como la de Guillermo Carrión,  como la de Francisco Cano Hernández y su mujer Ana Oviedo y otras tantas de Los Filabres, del Almanzora y de la propia capital.


Fueron aproximadamente 150, según el  archivo del Censo de pasajeros, los almerienses que embarcaron en el Heliópolis rumbo a Hawai un sábado 10 de marzo de 1907 en una de las migraciones más exóticas y desconocidas de una provincia genuinamente emigrante. Durante varios días aguardaron estas familias campesinas junto a otras de Granada, de Málaga y Jaén, debajo de los chambaos del Muelle Heredia la llegada del buque que les llevaría a la tierra de promisión. Era un viaje sin retorno, con pasaje y comida gratuita, alentado por EEUU que se había anexionado Hawai unos años antes y que intentaba librarse de  la amenaza amarilla que suponían los braceros chinos y japoneses sustituyéndolos por jornaleros portugueses y españoles en la recolección de la caña de azúcar y de la piña.



En el cartel promocional de la naviera, aparecía Hawai descrito por el célebre viajero Variony como el archipiélago de naturaleza alegre y lozana, donde la luna brilla y se ve la Vía Láctea.


La Asociación de Azucareros de la isla ofrecía un sueldo de veinte duros americanos de oro al mes, las mujeres doce duros y los muchachos quince. Además de casa, una fanega, agua, lumbre, escuela gratuita y a los tres años la nacionalidad americana. Solo se pedía que los agricultores tuvieran buena salud y no padecieran de la vista. Tenían que cruzar el mundo esos campesinos, pero vaya mundo les esperaba casi en las antípodas. El primer contratiempo fue el propio viaje: más de 3.000 emigrantes de todos sitios se hacinaban en las bodegas y hubo un motín a bordo antes de que el capitán arrancara motores. No todos los pasajeros pudieron aguantar esa presión, estabulados como ganado, con apenas letrinas, por comida un puñado de arroz  y unas galletas. Eran gentes acostumbradas a los sonidos de la naturaleza, a la amplitud de los campos y de pronto se veían encerrados en una especie de galera romana. Más de mil  se apearon y al final el Heliópolis zarpó con un pasaje de 2.246 emigrantes a los que prometieron que mejoraría el rancho. Se contrataron cinco cocineros a la española y un intérprete granadino que llegó a perder el juicio por los horrores que tuvo que presenciar a bordo.  


Era una emigración con familias enteras y las pulgas y el sarampión se apoderó del barco entre gritos continuos, llantos y desmayos. Fallecieron 19 personas en la singladura, de ellas 16 niños, y también hubo 12 nacimientos. El viaje duró 48 días pasando por el Cabo de Hornos porque el Canal de Panamá estaba aún en construcción. En Chile hicieron escala para reponer alimentos y llenar los depósitos de agua.


El 26 de abril, más de mes y medio después recalaron en el Puerto de Honolulu esos aventureros. Los metieron en cuarentena en un lazareto y rápidamente se dieron cuenta de que nada era como habían imaginado: las casas eran chozas sin agua  y la comida era cara en el economato de los terratenientes de la caña y tenían que soportar el trato de negreros chinos en jornadas de diez y doce horas diarias.


Para la mayoría de los almerienses, la exótica Hawai se convirtió en un infierno y a la vuelta de unos pocos años se corrió la voz de que en la California retratada por Steinbeck en Las uvas de la ira, se pagaban mejores sueldos y la vida era más llevadera que en las islas. Así fueron reemigrando esos sencillos almerienses a ciudades como San Francisco, Sacramento o Vacaville. El viaje era ya mucho más liviano y por un precio de 30 dólares.


Llegaron a California cuando la leyenda del oro hacía tiempo que había caducado, pero se beneficiaron de una tierra y unos pastos  fértiles. Se emplearon en ranchos recolectando y empacando fruta y, con el tiempo, se beneficiaron del crack del 29 que dejó a muchos americanos arruinados y pudieron comprar tierras y haciendas indianas a buen precio. Crearon un Club Español y durante un tiempo mantuvieron su lengua en reuniones sociales, jugando a la brisca y majando ajos con morteros que habían viajado en el pasaje de 1907. Fueron pasando los años, los hijos ya se manejaban más con el inglés que con el almeriense del Andarax o de Tabernas Y un día los abuelos se encontraron comiendo carne asada en una barbacoa en vez de sus platos de gachas de harina o boquerones en escabeche.


Esta es parte de la historia de aquel centenar y medio de almerienses temerarios que llegaron hasta la mismísima Hawai en tiempos de carros de mulas -hay mucho más investigado pero no cabe en este artículo, quizá en un libro algún día si es que pudiera interesar a alguien- de aquella pequeña diáspora de cortijeros que creyeron que iban a encontrar el oro del Perú en medio del Pacífico y que se dieron de bruces con la tormentosa realidad de una isla que era una selva salvaje patroneada por forajidos de la cañadú. 


No eran estos almerienses remotos ni frailes ni conquistadores, eran simples labriegos de los pueblos más miserables que quisieron- como todos nosotros- un futuro mejor para sus hijos. Y allí sigue su estirpe  más de un siglo después, derramados por el sur de California sus nietos y bisnietos, sus miles de descendientes, tiñendo con sangre almeriense esa tierra a la que llegaron de rebote, porque ellos con lo que soñaban cuando zarparon era con quedarse durmiendo entre  guirnaldas viendo la vía láctea, tal como les había prometido aquel truhán de la naviera que los visitaba con bonitas palabras y sombrero de alto copete.


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