Pérez Siquier y el ácido fítico

Consiguió retratar de forma metafórica, como un vaticinio o un augurio, el futuro de Almería

Carlos Pérez Siquier, en una imagen de archivo.
Carlos Pérez Siquier, en una imagen de archivo. La Voz
Pablo Vara 07:00 • 10 oct. 2021

Desde hace un tiempo me está rondando la idea, romántica ya lo sé, de que las obras de arte son como semillas y que cada uno de nosotros es un tiesto lleno de tierra diferente en la que unas semillas prenden y otras no, en función de nuestra sensibilidad y de nuestra experiencia. El exceso o defecto de estas dos variables determinaría la vida de la planta y su desarrollo, así como en la práctica lo hace el exceso o la falta de agua y de luz.


Las semillas pueden permanecer décadas a la espera de que les llegue el momento de germinar. Cada grano actúa como si fuera un mensaje lanzado en una botella al mar, poseyendo una planta potencial en su interior, albergando toda la información genética que le permitirá desarrollarse al brotar. Es el ácido fítico que contiene la semilla el que activa el proceso durmiente una vez que ésta entra en contacto con el agua.


Este símil de las plantas que se me ha ocurrido me parece hermoso aunque esté (bromas aparte) un poco verde todavía. Me gusta la idea de que haya obras de arte que permanecen aletargadas, esperando su momento, ése en el que cobrarán su sentido latente, adquirirán un nuevo significado o dirán algo a alguien ya no sólo a través del espacio sino también a través del tiempo.



Esencial

Hoy, después de zamparme una ensalada estupenda de semillas germinadas, no he tenido cuerpo de siesta así que he decidido coger varios libros de fotografía de la estantería para dar un paseo por sus páginas ya que hacía demasiado calor como para salir a la calle. Al recorrer las lejas me he acordado de Carlos. Su ausencia es una especie de orfandad para los fotógrafos almerienses (y no sólo), pero digo almerienses porque él era como alguien de la familia para nosotros. Sus imágenes me rondan por la cabeza estos días así que he empezado hojeando el imprescindible ‘Pérez Siquier Esencial’, cuyas fotos no dejan de exaltarme y asombrarme. Eso sí, desde que lo tengo hay una que me llama especialmente la atención. No es una fotografía famosa, es más, podría ser hasta anodina para muchísima gente pero a mí me encanta.



En una primera instancia, al enfrentarse con dicha fotografía, el ojo del espectador tiende a vagar por entre una masa desordenada de manchas blancas. Antes de comprender que se trata de “terraos”, el observador deambula por la superficie de la imagen desconcertado. Enfoca; es un barrio de casas tradicionales, encaladas, que se aferra a una colina. Las calles son de tierra, no hay asfalto. El sol es fuerte y por el ángulo de las sombras entendemos que la foto tiene que haber sido tomada en una hora cercana a la hora en que terminan las siestas.


La imagen nos permite recorrer lentamente todos los callejones, saltar por las azoteas, llenarnos de barro los zapatos imaginarios mientras paseamos entrando y saliendo de cada casa con la luz del pensamiento. Encontramos en nuestro paseo a los vecinos del barrio en sus quehaceres diarios o reunidos, enfrascados en sus charlas, bromeando o tal vez hablando de sus aciagas existencias y de cómo esperan que llegue el día en que su suerte cambie. Podemos detenernos en un grupo de personas sentadas en corro en la parte superior. ¿Qué se dirán? ¿saben acaso que a muy pocos metros de allí un niño está paseando por un terrao?


Entonces es cuando empiezo a excitarme, cuando me doy cuenta de que soy un voyeur, de que delante de esta fotografía me siento como cuando de niño escudriñaba cada rincón de los pesebres y me sentía poderoso por ser como un dios antiguo, con el don de la ubicuidad y, algo incluso más importante para alguien de mi calaña, cuya tendencia obsesiva le lleva a querer dominar siempre y en todo momento las situaciones, me parece posible hacerme con el control absoluto e intervenir si se requiere.


El futuro de Almería

Esta ubicuidad de la que es poseedor el espectador echa por tierra la idea de la fotografía como un acto objetivo y de conciencia. Intuyo que Carlos no era consciente en el momento de la toma de que esta fotografía representaba ese paso atrás que dan los artistas para poder ver su obra con más claridad. En este caso, muy probablemente sintió la necesidad de tomar distancia, ver el barrio que tanto había fotografiado y a sus gentes desde afuera, abstraerse.


Y ante mis ojos se revela más que evidente que en esa abstracción dio con algo más grande; consiguió retratar de forma metafórica, como un vaticinio o un augurio, el futuro de Almería.


Uno de repente deja de ver casas y empieza a ver invernaderos y se empieza a recrear saltando con la mirada por los plásticos calientes, bromeando o maldiciendo con los inmigrantes, ayudando a ese niño marroquí que está en equilibrio encima de los alambres a echar el plástico… uno piensa y se asombra con el estupor más franco que pueda existir, se asombra, decía, de que el arte se le escurra de las manos a los artistas, como las semillas. Porque la imagen de la pobreza de la Almería de 1960, ajena a sí misma contiene la imagen de su posterior esplendor económico a pesar de que se conserven, y para esto no hay ácido fítico que valga, las mismas tribulaciones humanas


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