Las mañanas en la acera del Puerto Rico

Los días se consumían en seis horas en aquella esquina frente a la Plaza del Mercado

Esquina del  puerto rico y acera de la calle García Alix. Los hombres se agolpaban en la puerta dejándose llevar por la rutina.
Esquina del puerto rico y acera de la calle García Alix. Los hombres se agolpaban en la puerta dejándose llevar por la rutina.

Las mañanas llevaban el perfume del anís y del coñac, del tabaco que iba formando una nube en la puerta del bar tejiendo una escena estrictamente masculina. Aquella esquina y aquella acera eran un refugio de hombres desde el amanecer, cuando empezaba el bullicio de la alhóndiga anunciando un nuevo día. 


Las mañanas se bebían de un trago sobre la barra mientras los días se iban consumiendo en apenas seis horas, en aquellas mañanas frenéticas de negocios tempraneros, de precios que se cantaban en voz alta, de tenderos con prisas y carros llenos de verdura con olor a vega. Los días duraban lo que duraba la vida en la Plaza del Mercado.


Allí, como un testigo privilegiado de aquel universo, aparecía como un transatlántico el bar Puerto Rico, con su amplia acera abierta a tres costados, donde se desarrollaba una vida paralela a la vida de la Plaza. En la puerta y en la acera del Puerto Rico siempre había hombres esperando, hablando, mirando. Hace cincuenta años el tiempo caminaba más despacio y en la puerta de los cafés de moda la vida se detenía por unos instantes al calor de una tertulia y de una taza de café.


En la acera del Puerto Rico siempre había hombres esperando con los brazos cruzados. Esperaban a otros amigos o simplemente a que el río de la vida se le cruzara por delante como venía ocurriendo durante décadas con la misma certeza y con la misma parsimonia que las horas iban cayendo en el reloj. Las modas podían ir cambiando, la ciudad podía mudar de alcalde o tener un nuevo concejal, pero lo que nunca cambiaba era aquella rutina mañanera que olía a café, a coñac y anís y a sudor masculino.



Había mujeres que cuando iban camino de la Plaza procuraban no pasar por la acera para no sentirse observadas por las miradas de los hombres. Aquella era una esquina en la que sobraba la testosterona, atenuada a veces por la presencia de los niños que nos parábamos a ver la película que esa noche proyectaban en el cine Moderno. Durante un tiempo, en la fachada del bar Puerto Rico colgaban la pizarra del cine, donde se anunciaba la película con una letra artística que invitaba a soñar. Debajo del título ponían aquello de ‘Tolerada para menores’ si era para todos los públicos. A veces, solo con mirar el título, o con ver las carteleras, los niños sabíamos ya si la película era buena o se trataba de un auténtico coñazo. En aquellos tiempos las buenas eran las de tiros, las de acción, las de aventuras, y las malas eran las de amores, las de llantos y las que nos invitaban a pensar. 


La acera del bar Puerto Rico era una pasarela de la vida. Se puede decir, sin temor a exagerar, que había más ambiente en la puerta que en el interior del establecimiento. Desde  las cuatro de la mañana, la hora en la que abría sus puertas, la vida no cesaba en aquella esquina privilegiada de la Rambla del Obispo Orberá.


Tenía un sitio estratégico, delante de la puerta de la Alhóndiga y del Mercado Central y enfrente del Teatro Apolo. La fachada del ‘Puerto Rico’ se veía desde la Puerta de Purchena, con su enorme toldo para evitar las horas de sol, con su acogedora acera, siempre llena de hombres. Su privilegiada ubicación y su popularidad fueron los argumentos que llevaron a la junta directiva del Atlético de Almería a instalar en un rincón del establecimiento la sede provisional del club en la temporada de 1950.


El bar ya estaba abierto en los años previos a la guerra civil, entonces en manos del empresario Agustín Haro Carmona. En el piso de arriba existió otro negocio que también llevaba el nombre de Puerto Rico, en este caso una célebre pensión que estuvo abierta hasta finales de los años sesenta, donde iban a parar muchos de los viajantes que llegaban a la ciudad.


Después de la guerra el bar siguió perteneciendo a Agustín Haro, que lo tuvo durante unos años hasta que se hartó del negocio y los traspasó. El fundador del bar ‘Puerto Rico’ se debió de cansar de la estrecha vigilancia que la fiscalía estableció sobre los propietarios en aquellos tiempos de restricciones y escasez. El caso es que el amable bar cambió de manos y estuvo regentado durante un tiempo por los hermanos Nicolás y Cristóbal Castillo, los históricos propietarios del restaurante Imperial.  


Por el ‘Puerto Rico’ pasaron también los empresarios Manuel Aranda y Rafael Plaza Guirado, hasta que a mediados de los años cincuenta se lo quedó Manuel Luque García. La familia Luque mantuvo el establecimiento abierto hasta su cierre definitivo, en el año 1988.


Los Luque siguieron con la tradición de abrir a las cuatro de la mañana para los desayunos del Mercado Central y de tener la acera llena de hombres, posibles clientes con los brazos cruzados expertos en el oficio de mirar.  También potenciaron el sistema de tapas instalando una plancha que se hizo célebre en toda la ciudad, y haciendo servicios a domicilio



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