El puerto y el parque hacia 1970

Desaparecieron símbolos como las pérgolas y los vagones del tren del muelle

Fue a comienzos de los años 70 cuando el entorno del parque y el puerto empezó a mudar de piel. La imagen recoge esos momentos postreros.
Fue a comienzos de los años 70 cuando el entorno del parque y el puerto empezó a mudar de piel. La imagen recoge esos momentos postreros.
Eduardo de Vicente
01:12 • 28 ene. 2020 / actualizado a las 09:00 • 29 ene. 2020

Las pérgolas del parque fueron, junto a las murallas de la Alcazaba, los símbolos de un tiempo en el que los almerienses salían a pasear los domingos con la ilusión de que alguien les echara una fotografía y eternizara el momento. Las pérgolas forman parte de las viejas latas de carne de membrillo y de los albumes sepias que guardan como tesoros los retratos de juventud de dos generaciones de almerienses.


Las parejas de novios formales confirmaban su relación con una fotografía entre las pérgolas, el escenario perfecto para darle un matiz romántico a la escena. Si la Alcazaba tenía un toque histórico que acababa eclipsando los gestos, las pérgolas, rodeadas de vegetación, tenían la intimidad que necesitaba el momento. Novios vestidos de domingo, grupos de amigas y de muchachos estrenando ropa es un escenario que en el momento en el que se gestó, al poco de terminar la guerra, representaba la modernidad de un tiempo nuevo.


Las pérgolas nacieron con el Parque Nuevo cuando en los primeros años de la posguerra las autoridades retomaron la vieja idea de ampliar el antiguo Parque de Alfonso XIII. En el plan de reconstrucción de Almería, elaborado por la Jefatura Provincial de Falange, figuraba la construcción del Parque Nuevo a lo largo de la calle Aguilar Martell


En marzo de 1942, se publicó un comunicado oficial en el diario Yugo anunciando el inminente comienzo de las obras: “Concedida la autorización de la Dirección General de Puertos y Señales Marítimas, la Jefatura Provincial del Movimiento ha puesto en ejecución su iniciativa de embellecer la parte  sur de la ciudad, en la zona que comprende la desembocadura de la calle Real (ocupada antiguamente por  el edificio de la Comandancia de Marina) hasta el puente de las Almadrabillas”.



En el proyecto inicial estaba previsto colocar un busto de José Antonio Primo de Rivera en la zona de unión del Parque Viejo con el que se iba a construir, pero no llegó a realizarse. A finales de marzo de 1942 ya se estaban plantando los árboles a todo lo largo de la calle de Aguilar Martell, con dos filas de palmeras y otras dos de plátanos orientales y ficus alternados. La ampliación del parque cerca de medio kilómetro, contemplaba la construcción de un pabellón para los conciertos de la Banda de Música, una  zona destinada al recreo de niños y una fuente luminosa en el punto de enlace con el Parque Viejo. Tras varios años de obras, fue en la feria de 1949 cuando los almerienses pudieron disfrutar del Parque Nuevo en todo su esplendor. A pesar de la escasez de luz, presentaba un artístico alumbrado, con  todos los jardines adornados así como las arcadas o pérgolas que culminaban el recinto por la zona de levante. 


Aquella estructura sobrevivió durante dos décadas, hasta que en los años setenta se decidió modernizar todo aquel entorno tomando como pretexto la organización en Almería de la Semana Naval. En esa época el parque estaba unido física y sentimentalmente con el puerto. Los separaba la Carretera Nacional que no tenía el tráfico que sufre ahora y era un camino que se podía cruzar sin grandes esperas. El puerto y el parque, en 1970, conservaban aún algunas de sus viejas señas de identidad. Todavía podíamos encontrarnos con aquel tren de paso fatigado que llevaba el mineral hasta los tinglados y que había dejado descolgados dos vagones frente a la escalinata real que los niños de la época utilizábamos para nuestros juegos. El tren circulaba por un entramado de raíles que teníamos que sufrir todos los que salíamos a pasear en bicicleta cuando las ruedas se nos quedaban enganchadas entre las vías.


Los tiempos del gran negocio de la uva ya quedaban lejos y los barcos que venían a por el esparto solo llegaban de vez en cuando. Era un puerto y era un parque en tránsito, un escenario que mudaba la piel lentamente, como todo lo que sucedía en esta tierra. Todos los años, en agosto, el lugar se transformaba, se llenaba de feria y de voces que pedían el traslado definitivo del recinto a un lugar más lejano que no interrumpiera el tráfico que cada año acorralaba un poco más a la zona portuaria.


Temas relacionados

para ti

en destaque