¡Si Franco levantara la cabeza!

Al día siguiente de morir ya empezamos a escuchar la frase de aquellos que le echaban de menos

Dos jóvenes en la calle García Alix, leyendo el periódico que anunciaba la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975.
Dos jóvenes en la calle García Alix, leyendo el periódico que anunciaba la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975.

Aquel día que vimos por la televisión cómo la pesada lápida sellaba la tumba del Valle de los Caídos pensábamos que era para siempre, que allí se enterraba un cuerpo sin vida y buena parte de las heridas que aún quedaban abiertas de la Guerra Civil


Creíamos que allí terminaba la historia del Caudillo, que él y sus ideas nunca más volverían a salir, pero nos equivocamos y ahora, cuarenta y cuatro años después de que fuera enterrado, Franco sale de la sepultura que él mismo mandó construir para hacerse eterno.


Vuelve Franco, si es que alguna vez se fue, ya que al día siguiente de morir, cuando todavía estábamos de luto nacional y los niños gozábamos de unas vacaciones inesperadas, ya empezamos a escuchar las frases de aquellos que lo echaban de menos. Uno de los primeros personajes que sintió una tristeza profunda tras la muerte del entonces Generalísimo fue un vagabundo del barrio de la Almedina, ‘el Juan Abad’, que se pasó varios meses pregonando por las calles la frase: “Sin Franco váis a comer mierda”.  Cuando iba con una botella de vino de más en el cuerpo, nos recordaba a todos los vecinos lo mal que lo íbamos a pasar sin Franco porque sin una mano dura que nos guiara acabaríamos por pisotearnos los unos a los otros.


Los nostálgicos, que eran muchos, no tardaron en sacar a la luz un ramillete de frases  que a lo largo de los años de la Transición estuvieron muy presentes en nuestro devenir diario. Una de las expresiones que más éxito tuvieron, y que todavía hoy se sigue escuchando, era aquella que decía: “Si Franco levantara la cabeza”. Era muy utilizada para resumir lo mal que estaba España, que íbamos de culo, que estábamos dejados de la mano de Dios, que lo nuestro no tenía arreglo, que la democracia nos había hecho peores. Otros, para decir más o menos lo mismo, recurrían a otras frases también muy célebres como “tenía que resucitar”, o aquella que pedía “un Franco con cuarenta años” para ponernos  a todos derechos como velas. 



Nada más morir Franco, los más pesimistas sacaron del baúl su lista con los peores augurios para meternos el miedo en el cuerpo y recordarnos que estábamos abocados a otra guerra si un milagro o un segundo Caudillo no lo remediaba. Parecía que estábamos condenados a no entendernos, pero sobrevivimos.


Sobrevivimos a la muerte de Francisco Franco, en aquella mañana de noviembre en la que nuestras madres nos dieron la noticia con un vaso de leche caliente y sobrevivimos a los vaticinios continuos que auguraban un futuro calamisotoso. Muchos no habíamos dejado de ser niños, pero ya notábamos que la adolescencia la teníamos a la vuelta de la esquina. De la noche a la mañana aquella generación tuvimos que hacer un cursillo intensivo para adaptarnos a una tormenta de revoluciones.


Franco acababa de morir, los militares que veíamos por televisión tenían cara de pocos amigos y los ruidos de sables estaban presentes en todas las conversaciones, pero la revolución cotidiana, la que se respiraba en las calles, la que masticábamos en nuestras casas a la hora del almuerzo y la que compartíamos en las aulas era ya imparable. Teníamos la sensación de que todos los días estábamos inventado el mundo, de que no nos acostaríamos cada noche sin haber vivido una nueva aventura. Teníamos la impresión de que la vida empezaba en esos instantes, en aquellos primeros escarceos de la Transición donde todo estaba por hacer, como en una segunda génesis donde abundaban los pequeños dioses con melena, pantalón vaquero y un puñado de sueños en los bolsillos.


No teníamos información de nada, aprendíamos y nos equivocábamos sobre la marcha, cuando en nuestras casas, en los colegios y en la televisión recibíamos unas consignas que nada tenían que ver con lo que después nos encontrábamos en la calle. En las aulas nos despertábamos todas las mañanas con la cara de Franco y su mensaje de despedida, pero después, en la calle, en el bar del barrio, en el salón de los futbolines, teníamos la sensación de que  aquella historia nos quedaba lejos, como si nunca hubiera existido.



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