Migas para superar la obra inacabable

Ramón Belmonte Espinosa, dueño del bar Bahía de Palma, ha sobrevivido a la remodelación

Ramón Belmonte llegó al bar Bahía de Palma en el año 2005.
Ramón Belmonte llegó al bar Bahía de Palma en el año 2005. La Voz

Después de diez años soportando en la caja las obras del edificio del Ayuntamiento, después de tantos fines de semana de calles cortadas y de andamios, de trabajos que se paralizaban antes de arrancar, de proyectos que no avanzaban nada más que en los papeles, Ramón Belmonte y su negocio han sobrevivido al temporal. 


La tormenta no ha sido cualquier cosa para un bar que ha vivido toda su vida del pulso que le marcaba la vida de la Plaza Vieja y las dependencias municipales. Se llegó a decir en su día que algunos de los asuntos más importantes que se gestaron en Almería se fueron cocinando en los fuegos del ‘Bahía de Palma’ y que la idea de organizar los Juegos del Mediterráneo quedó plasmada por primera vez en una servilleta durante un rato de tertulia y tapas. Quizá no hay un sitio mejor para hacer política que la barra de un bar como hicieron aquellos gobernantes de la Transición que cuando se les atrancaba un asunto lo resolvían con unas cañas y unas migas. 


Las migas, el trigo y el pescado frito hecho a la antigua usanza han sido los pilares que durante los últimos años han sostenido a la familia de este negocio tradicional. Cuando le cortaron la calle de acceso a la plaza, cuando se quedaron sin un hueco para sacar una humilde mesa a la calle, cuando la calle Mariana se quedó aislada del resto, el prestigio de las tapas de siempre mantuvo en pie el negocio. “En los días más difíciles nosotros hemos tenido el apoyo de una clientela fiel que sabe cómo trabajamos y ha seguido viniendo”, me cuenta el propietario.


Ahora que empieza a ver la luz, ahora que las obras parecen estar encarando la penúltima curva, ahora que la ruta de la tapa amaga con extenderse hacia poniente, el Bahía de Palma vuelve a sonreír y a mostrarse como uno de los lugares de referencia del tapeo clásico de Almería. Su fuerza se basa en la solera del local y sobre todo, en la cocina familiar. Si uno entra al bar y mira hacia dentro, no tarda en descubrir que entre los fogones se cocina a diario el prestigio de una familia. Allí reina Mari Carmen Hermoso, la esposa de Ramón, que conserva en su libreta sentimental todas las recetas que fue aprendiendo de los mayores en el barrio de Pescadería. 


En estos tiempos de saturación hostelera, donde se ha puesto de moda la tapa sofisticada de origen incierto, Ramón Belmonte sigue poniendo el acento en las migas que hace los viernes aunque no llueva, en el trigo de los fines de semana para los que no estén atados por la dieta y en el arroz con pulpo que conserva toda la esencia del que hacía la gente de la mar hace medio siglo. “Tengo unos clientes que son matrimonio, que vienen de Madrid tres veces al año y no piden otra cosa que el arroz con pulpo. Otro matrimonio canario viene a pasar un mes en Almería y pasan a diario por el bar en busca de las papas, los huevos y el jamón”, asegura el dueño del negocio.


Por el bar pasa todos los años la peña de cofrades ilustres de Almería que dirigidos por el célebre ‘Papa’ convoca cada martes santo una reunión a mesa y mantel de la que más de uno sale jurando que entre tapa y tapa le ha parecido ver al mismísimo espíritu santo. Mano de santo es la que tiene la cocinera para freir el pescado como Dios manda. La bacalaílla y el gallo pedro,  con su correspondiente guarnición de berenjenas, son para muchos las tapas estrellas de este bar de toda la vida que empieza a levantar cabeza después del letargo obligado por las obras.


Ramón Belmonte dice estar agradecido al interés que se están tomando los gobernantes por terminar la reforma del Ayuntamiento y ahora sueña con que algún día se decidan a peatonalizar la calle Mariana, la única forma que podría unir la llamada ruta de la tapa de la calle Jovellanos con la Plaza de la Administración Vieja.


La calle Mariana, que no tiene ni aceras, está pidiendo a gritos convertirse en la prolongación de la calle de las Tiendas y recuperar el esplendor comercial que tuvo hace treinta años


Mientras llegan las nuevas reformas, Ramón sigue pegado a la barra día y noche, fiel a una profesión a la que ha dedicado toda su vida. desde que en el año 1974 empezó fregando vasos detrás de la barra de Los Espumosos. Allí dio los primeros pasos antes de ejercer como camarero durante catorce años en el Baviera, donde llegó a convertirse en el rey de la plancha y de la freidora. Después pasó por la Casa Sevilla y fue uno de los que inauguraron la bodega Las Botas de Aguadulce. En su interminable currículum está también el bar La Charca y cinco años en el Hotel la Perla. Montó su propio bar, el ‘B-H’ y en 2005 se hizo socio de Diego García Cazorla y quedó atado para siempre al histórico Bahía de Palma.


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