La madrina de los gatos callejeros

Para la gente es Lola, la de los gatos, la mujer que lleva media vida llevando comida por los solares abandonados y salvando vidas in extremis. Cuando aparece por la esquina los gatos s

Lola  vive sola desde que murió su madre, pero se consuela sabiendo que siempre hay un gato que la espera.
Lola vive sola desde que murió su madre, pero se consuela sabiendo que siempre hay un gato que la espera.
Eduardo D. Vicente
13:56 • 21 feb. 2016

Al anochecer, cuando ya sólo quedan sombras por la calle, se le ve caminar de regreso a casa con el cuerpo cansado y las bolsas vacías. Es Lola, la mujer  errante que le da de comer a los gatos a cambio de un instante de cariño. Cuando los animales intuyen su presencia, aunque todavía no haya encarado la calle, se alborotan y salen a buscarla con ganas de fiesta. Los gatos, a diferencia de los perros, tienen el corazón en el estómago y el alma entre las patas: si tienen hambre cualquiera que le lleve una raspa de pescado puede ser su amo por un instante; si están en celo, no conocen otro camino que el de la madrugada y el deseo. Lola, que los entienden, sabe bien que la quieren porque ella les lleva comida y les salva la vida de vez en cuando.




A veces, en el trayecto de vuelta,  se le escucha conversar como si fuera acompañada. Habla con su soledad, su fiel compañera desde que su madre murió, o tal vez desde que siendo niña tuvo que ingresar en el Hogar de la calle Pedro Jover, donde entró cuando sólo tenía seis años. Lola, la mujer que hoy le da de comer a los gatos de Almería, fue una niña que no supo lo que era el calor de una familia. No conoció a su padre y no pudo crecer al lado de su madre, que sin recursos económicos para poder mantener a sus dos hijas  tuvo que sobrevivir echando horas por las casas. 




Lola Salmerón llegó al Hogar en 1953, cuando todavía la sombra de la posguerra pesaba sobre la mayoría de las familias humildes de la ciudad, y cuando tener la oportunidad de comer tres veces al día era un privilegio para muchos.




Entrar en el Hogar no era fácil entonces, ya que la demanda era grande como consecuencia de la pobreza que existía. Lola encontró allí su casa, conoció a las primeras amigas de verdad, las únicas que ha tenido en su vida, y se educó con las monjas de la Caridad, las que le enseñaron a leer y a escribir, las que le inculcaron que las niñas y los niños no podían educarse juntos y que ellas, antes de estudiar, tenían que hacerse “mujeres de  su casa” pensando en el día de mañana. 




Las mismas monjas que tras el desayuno las obligaban a fregar bien las habitaciones y hacer las camas antes de que dieran las nueve y llegara la hora de irse a clase; las que repartían la disciplina a base de pellizcos, las que todos los días elegían en cada refectorio a un niño y a una niña para que mientras sus compañeros almorzaban, les leyeran pasajes de Santa Teresa de Jesús, que venían muy bien para digerir los alimentos. 




Las benditas hermanas de la Caridad, que velaban tanto por las almas de las niñas como por sus cuerpos, por lo que todos los sábados por la tarde las obligaban a bañarse, eso sí, sin desnudarse del todo, que el acoso del diablo era tan intenso en aquellos tiempos que la tentación podía surgir entre las mismas niñas. 




A pesar de todo, Lola tuvo suerte y al poco tiempo de entrar en el Hogar los desayunos se enriquecieron con la mantequilla a granel y la leche en polvo que mandaban los americanos. Qué felicidad sentían después de llenar el estómago, la misma alegría que cuando los domingos las llevaban de excursión y la buena de Lola se pasaba las horas repartiendo caricias a los perros y a los gatos callejeros que se  encontraba por el camino.




Lola Salmerón Cano, que llevaba los mismos apellidos  que su madre, llegó al Hogar Provincial cuando era una niña y allí estuvo hasta que se hizo una mujer. Catorce años en el centro le permitieron conocer el Hogar viejo de Pedro Jover y los tiempos modernos, que llegaron cuando en 1963 construyeron el nuevo Hogar Virgen del Pilar, debajo del sanatorio de la Bola Azul. Ella vivió desde dentro todos los cambios, la época del hambre cuando desayunaba a base de pan de cebada, la llegada de la ayuda de los americanos que les trajo la leche en polvo y el traslado al nuevo edificio donde la disciplina se  fue suavizando, donde conocieron por primera vez lo que eran una ducha y donde aquellas niñas del 47 se hicieron mujeres.


Lola entró en el Hogar cuando era una niña de seis años y salió hecha una mujer de veinte. Pasó allí su infancia y su adolescencia, aquella fue su casa y allí encontró las amigas que después no llegó a tener fuera.  Cuando dejó el Hogar tuvo que enfrentarse a la realidad del desarraigo familiar y a la soledad de una joven que se tuvo que poner a trabajar de casa en casa, que no tuvo tiempo de fiestas, que jamás entró en una discoteca ni conoció la complicidad de una pandilla de amigas con las que compartir el tiempo libre. Su vida, lejos del Hogar, fue su casa, cuidar a su madre y ganarse un sueldo escaso para sobrevivir echando horas en las casas. 


Cuando la soledad apretaba los dientes con más fuerza, Lola fue proyectando toda la ternura que llevaba dentro hacia los animales, que según ella “son mejores que las personas”. No tardó en convertirse en la madrina de los gatos de la ciudad, navegando de un solar a otro en busca del cariño de los gatos callejeros, el único que le quedó después de la muerte de su madre.


Como suele ocurrir con este tipo de personajes que por su conducta se salen de las normas y se ven obligados a transitar por caminos secundarios, tan alejados de la sociedad de su tiempo, la buena de Lola acabó convirtiéndose en una presa fácil de los golfos del barrio que aprovechándose de su desamparo la utilizaban para reirse de ella, para  insultarla, para molestarla de noche golpeando la puerta de su casa. 


La paga Lola Salmerón camina durante el día por las calles de la ciudad, con su cargamento de bolsas donde lleva la comida de los gatos, con sus botellas de plástico para aliviarles la sed, sabiendo que son muchos los animales que la están esperando y a los que no puede fallarles. Los gatos son sus amigos, sus compañeros, la razón de su existencia, en los que se deja parte  de la exigua paga de jubilación que recibe cada mes.


Va desde su casa, en la calle Céspedes, hasta la vieja estación de autobuses, recorriendo todos los solares y las casas abandonadas donde se refugian los gatos callejeros. Cuando intuyen su presencia, los gatos se alteran, dejan todas sus ocupaciones  y salen de sus escondrijos a esperarla. Cuando la ven llegar brincan felices entre sus piernas y se frotan con sus faldas sabiendo que viene cargada de comida. La sinceridad de Lola, su cariño inagotable hacia los animales, se mezclan en esos instantes de exaltación del hambre con los instintos de los gatos, que más que la ternura de la mujer lo que buscan es el papelón de sardinas o el paquete de pienso que lleva dentro del bolso.  
 



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