El bar de un almeriense emigrado en la I Guerra Mundial que importó la caña con tapa en Marruecos
Es de los pocos lugares del país donde se puede consumir alcohol y comida con acento almeriense

La familia en una fotografía antigua, frente a la fachada del restaurante.
"Si vas a Asilah, tienes que pasarte por Casa Pepe", me soltó Mohammed, mi guía en Tánger, con esa media sonrisa de quien sabe algo que tú aún ignoras. El nombre, lo admito, me hizo arquear una ceja: demasiada España concentrada en dos palabras. Pero tampoco me pareció cosa rara. Al fin y al cabo, en tierra de antiguo protectorado, lo extraño sería no tropezar con algún que otro Pepe.
Asentí por pura cortesía -esa gimnasia social que una practica con desconocidos bienintencionados- y seguimos con el free tour, cada cual a lo suyo. Menos de 24 horas y un viaje en taxi compartido, la manera más autóctona de trasladarse en Marruecos, estaba en Asilah.
Quizá fue el destino, que a veces tiene sentido del humor, el que me plantó delante de aquel sitio. O quizá no y solo fueron mis pasos, guiados por una curiosidad periodística. Pero, de pronto, allí estaba. No fue el nombre lo que hizo que me detuviese en seco, sino su fachada: un letrero que proclamaba sin complejos 'Restaurante Océano. Casa Pepe' y, a un lado, como un guiño cómplice, el Indalo vigilando el umbral.

Rajae, cuñada de Pepe, en la entrada del restaurante, junto a su amuleto de la suerte: el Indalo.
Ahí supe que tenía que entrar. Sin dudarlo. Pregunté por el dueño y, en cuestión de minutos, lo que tenía entre manos no era una simple entrevista, sino una de esas historias que se te agarran a la libreta (o en mi caso a la grabadora) y no la sueltan: hambruna, maletas de cartón, Almería empujando a los suyos hacia la África de principios del siglo XX y un puñado de padulenses con más coraje que certezas cruzando el mar en plena antesala de la Primera Guerra Mundial.
Todo eso sin olvidar de dónde venían, que es lo único que de verdad importa cuando uno se va tan lejos. Y sí, para qué engañarnos: también cayó entre mis manos la única cerveza con alcohol de todo el viaje. Que hay patrias que no están en los mapas, sino en el fondo de un vaso bien tirado.
Desde Padules hasta Marruecos
"En aquellos años faltaban oportunidades. La gente pasaba hambre", me contó Rajae, cuñada de Pepe -hijo del Pepe que bautizó el bar en sus orígenes-. Me la encontré tras el mostrador del restaurante, con fotografías de la primera generación de la familia. Todas en blanco y negro.
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Me repitió el relato que tantas veces había escuchado en sus comidas y cenas familiares. Eran tiempos de carestía. Se estima que entre 1882 y 1936 salieron alrededor de 308.000 almerienses hacia el extranjero. La mayoría hacia las Américas y Argelia. Algunos, como Pepe, terminarían en Marruecos.
Pepe, su mujer y su hija llegaron a Asilah desde Padules en 1914, donde fundaron una cantina junto a su casa, que en aquella época era de piedra y barro. "Se vino a la aventura, no conocía a nadie aquí. En Almería no había trabajo, tenía que hacer algo para remediarlo". Y así, con burros para transportar sus enseres al sur del Mediterráneo y con el sonido de la metralla en el norte, los padulenses encontraron en el Protectorado una segunda oportunidad.

La fachada del restaurante, en sus orígenes.
El negocio fructificó como casa de comidas para los soldados españoles. "La mujer de Pepe era la cocinera. Hacía unas maravillosas frituras de pescado al carbón y huevos fritos con patatas. Encima también servían cerveza y vino. Triunfaron". Me sonrió y aseguró que esa esencia de la gastronomía almeriense se mantuvo desde el inicio: "Se trajeron las tapas de Almería. Pronto éramos conocidos por todo el norte de Marruecos".
Mientras Rajae hablaba, un delicioso olor a pescado frito inundaba poco a poco el entorno. Desde donde ambas estábamos sentadas, yo podía verlo todo. En la cocina, Khadija, la mujer del segundo Pepe, se movía de un lado a otro, manejando todo tipo de ollas, especias y productos frescos del mar marroquí. En el salón comedor, nos rodeaba un sinfín de fotografías que narraban en silencio 112 años de comidas servidas con esmero.
Tres generaciones y un gran vínculo
"Después de Pepe tomó los mandos su hijo. Hoy lo lleva Ismael, el nieto". Mientras me ponía en situación, me señalaba diversas fotografías de los protagonistas de su relato y de los comienzos del establecimiento. En una de ellas se podía ver una caravana de mulas y burros cruzando frente a la fachada de El Océano. En otra, menos maltratada por el tiempo y ya en color, aparecen madre e hijos con un cartel sobre sus cabezas: "Especialidad en mariscos".
"Parte de la familia regresó a Padules; la otra se quedó. Nunca se ha perdido ese vínculo con Almería", me explicó mientras desdoblaba una carta, fechada en enero de este mismo año. Se trataba de una misiva enviada por don Antonio Gutiérrez Romero, alcalde de Padules, quien todos los años, tras la festividad de San Antón, escribe a todos los padulenses que no viven en el pueblo, para desearles felices fiestas y contarles todo lo que ha pasado por allí en el último año.

Iker Casillas junto al segundo Pepe, en su visita al restaurante.
Mirando a mi alrededor, me di cuenta rápido de que el lugar, más allá de convertirse en un punto de encuentro para los almerienses que visitan Marruecos, se había hecho un nombre también entre turistas -y caras conocidas- de todas partes de España. Le pedí a Rajae si me podía enseñar más fotografías. Recorrimos las paredes de aquel evocador rincón de Marruecos. Cuál fue mi sorpresa al encontrar entre ellas a Zapatero, Gabilondo o Casillas, saludando sonrientes desde el interior de un marco.
La comida de toda la vida
Apoyada en la barra, con el rumor del mar colándose por la puerta, seguí escuchando, sin prisa, cómo me aseguraba que en Casa Pepe no hay secretos ni modernidades: tortilla, arroces, patatas, croquetas... lo de siempre. "Aprendimos las recetas de la familia". Una sencilla frase que, pensé, condensaba un siglo entero de manos pasando el testigo sin hacer ruido, de mujeres removiendo sartenes mientras fuera cambiaban banderas, himnos y mapas. El protectorado se fue, Marruecos se hizo dueño de sí mismo y ellos, aun así, se quedaron.

Surtido de pescado, expuesto en una vitrina de Casa Pepe.
En aquella esquina todo permaneció intacto, como si los cambios políticos no pudieran alcanzar los fogones. Recuerdo que pensé, mientras anotaba en las notas del móvil, que hay lugares donde la historia no entra a caballo ni con uniforme, sino que se queda en la puerta, respetando la honradez de una familia que lo dio todo por una segunda oportunidad.