La Voz de Almeria

Economía

El catalán que hablaba poco y hacía mucho

José María Rossell vio hace 50 años cuatro decorados desvencijados y con empeño manufacturó el mayor centro de ocio de la provincia: su efigie ya luce en ese poblado del Lejano Oeste

José María y Daniel Rossell Massachs junto a María del Mar Agüero y la efigie de José María Rossel Recasens inaugurado ayer en el MiniHollywood.

José María y Daniel Rossell Massachs junto a María del Mar Agüero y la efigie de José María Rossel Recasens inaugurado ayer en el MiniHollywood.La Voz

Manuel León
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Cada mañana, hasta que tuvo fuerzas, un Rossell ya retirado de la primera línea de los negocios, se subía al coche en su casa de Aguadulce para poner proa a un sueño: el MiniHolllywood de Tabernas. Y mientras Quique, el chófer, conducía entre esos cerros pelados parecidos a un paisaje lunar, José María iba fantaseando con nuevas ideas, con nuevos proyectos. Para él, ese viejo poblado de vaqueros y comanches era su gran ilusión y así lo demostraba las varias veces que lo acompañé junto a su amigo Luis Fernández Revuelta y Enrique Martínez Leiva para preparar uno de sus museos, el de los empresarios históricos de Almería. Enseñaba el Parque como el que enseña a un hijo: orgulloso de cada rincón, de cada espacio, de las cabañas, del museo de carros, del salón, de las actuaciones de los extras y las chicas del Can Can; de las jirafas y los girasoles, de la colección de reptiles, de la oficina del sheriff y del cementerio con tumbas en la tierra. Contaba que cuando apareció por primera vez por el viejo poblado de Leone y de Clint Eastwood, los pabellones se caían, las maderas estaban desvencijadas. Era como un pueblo en ruinas, como un Aulago. Pero él veía lo que nadie veía, lo que ahora vemos todos, lo que ayer lucía bajo un sol esplendoroso sobre la arena: el parque temático del Oeste más grande de Europa. Y tuvo que ser poco a poco, a pesar de lo mucho que le gustaba correr a José María, lo mucho que se impacientaba con el otro José María, director. “Para cuando la rotonda, José María”, para cuando las gacelas que nos faltan”. Hizo siete museos que salieron de su cabeza de catalán terco, como el de los pasquines de película o el de los caballos. Pero del que más orgulloso se sentía, a pesar de que apenas lo enseñaba, era ese pequeño rincón lleno de anaqueles donde se agrupaba en fila india su colección de botellas de whisky. Rossell era esa clase de personaje impaciente que hablaba poco y hacía mucho. Un catalán que llegó a Garrucha con su hermano con veintipocos años. Que podía haber salido huyendo de una tierra sin agua, sin carreteras, sin pasado turístico. Y sin embargo se quedó, se empeñó en Almería y manufacturó con su talento la primera cadena hotelera de Andalucía; como se empeñó con esa niña bonita que terminó siendo para él MiniHollywood. Si Rossell era la cabeza, las manos eran las de Fernando Contreras, el carpintero que hacía magia para plasmar entre virutas de serrín todo lo que el hotelero gerundense/almeriense imaginaba con fantasía de adolescente.

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