Los fichajes no están aportando al equipo lo que éste demandaba
¿Cómo debe jugar este Almería?

Zaragoza-Almería.
No es nada fácil, sino todo lo contrario escribir de fútbol después de la derrota de nuestro equipo. Comentaba un amigo, ajeno al sentimiento rojiblanco, que deberíamos de estar acostumbrados a los malos tragos porque desde hace mucho tiempo éstos se acumulan. Se equivoca, para los que queremos al equipo que representa a Almería desde la más tierna infancia, el sentimiento de decepción y la tristeza que genera cada derrota y cada mala actuación de los nuestros renueva la frustración en nuestro corazones rojiblancos.
Desde que finalizara el esperpéntico partido de La Romareda unas preguntas martillean continuamente mi mente: ¿Qué ha sido de aquel presidente ambicioso e ilusionante que dijo nada más aterrizar en Almería que no iba a parar hasta sentarse en el palco del Camp Nou? ¿Qué de aquel Almería que de la nada llegó a la élite de la mano de Alfonso García? ¿Qué está pasando para haber caído tan bajo en el plano competitivo?
No tengo la respuesta a la mayoría de estas preguntas, sólo algunas razones siempre subjetivas y susceptibles de error, por las que el Almería está de capa caída; con un descenso, un escaparse de milagro de salir de la LFP la campaña anterior y un sonoro fracaso en su segundo equipo que cayó a Tercera.
La razón fundamental de la caída en picado del Imperio Rojiblanco está en carecer de una dirección deportiva acorde con el club. Año tras año se viene fichando mucho, pero mal. Mirar hacia otro lado en lugar de ver la realidad ha hecho que no se busquen soluciones y que cada curso se de un paso atrás. La mejor prueba de ello es que este verano han llegado ocho jugadores nuevos y de ellos sólo fueron titulares tres en Zaragoza, Trujillo, Nano y Fidel. Además dos de ellos, Quintanilla e Isidoro, no cuentan para el técnico. Nos encontramos con un equipo con problemas para sacar la pelota desde atrás, con deficiencias defensivas, sobre todo en el centro y en banda derecha, y con unos delanteros desasistidos de balones que les permitan encarar con ventaja a las defensas rivales. Tampoco desde el banquillo se buscan soluciones. Si no se puede sacar el balón jugado se podría recurrir al juego directo, pero con Quique arriba, el equipo está condenado a morir en el intento.