La Voz de Almeria

Universidad de Almería

La sorprendente vida social de los delfines de Almería: "Se conocen todos y se alegran de encontrarse"

Una investigadora lleva cinco años estudiando a los delfines de Aguadulce en el marco de un proyecto internacional sobre inteligencia comparada

María Castillo, antropóloga, junto a una de las fotografías que sacó de los delfines de Aguadulce.

María Castillo, antropóloga, junto a una de las fotografías que sacó de los delfines de Aguadulce.Elena Ortuño

Elena Ortuño
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En verano, frente a la costa de Aguadulce, el mar nunca está del todo en silencio. Se oyen las motos de agua, las embarcaciones de recreo entrando y saliendo del puerto, el traqueteo de las lanchas que buscan un hueco entre las piscifactorías y, debajo de ese ruido, casi invisibles para quien no sabe mirar, siguen apareciendo ellos.

Los delfines mulares llevan al menos dos décadas visitando este rincón del Mediterráneo almeriense. Vienen a comer, a jugar a relacionarse y hasta a criar. Han convertido las jaulas de las piscifactorías en una especie de plaza del pueblo submarina. Pero algo está cambiando. "La gente me dice que antes veía más y ahora se ven grupos pequeños. Y yo también lo noto. Están evitando más a la gente. Me da esa sensación".

Quien habla es María Castilla, una antropóloga que, por esas extrañas curvas que a veces toma la ciencia, ha terminado dedicando su tesis doctoral a comprender cómo piensan, aprenden y se relacionan estos cetáceos. Su trabajo, desarrollado en el grupo de investigación internacional Comparative Minds y en la Universidad de Girona, no solo intenta responder a una pregunta biológica. También plantea una casi humana: qué ocurre cuando una comunidad animal se enfrenta a un entorno que cambia demasiado rápido.

Más que una despensa

Lo que sucede junto a las piscifactorías de Aguadulce dista mucho de la imagen de unos delfines que aparecen de vez en cuando para buscar comida. "Al principio pensaba que venían solo a alimentarse, pero ahora sabemos que hacen mucho más. Socializan, se reproducen, descansan... es su zona de confort", asegura Castilla.

Un delfín en Aguadulce.

Un delfín en Aguadulce.Cedida a LA VOZ

Después de años observándolos, ha aprendido a distinguirlos por las pequeñas cicatrices y muescas de sus aletas dorsales. Tiene identificados más de ochenta ejemplares y reconoce que algunos ya le resultan familiares incluso antes de sacar la cámara.

Lo que más le sorprendió al empezar a estudiarlos fue su vida social. "Es increíble porque se conocen todos". Explica que los delfines suelen organizarse en grupos flexibles, que se forman y se deshacen constantemente, pero en Aguadulce ocurre algo especial. "Hay días en los que se juntan cuarenta y montan un espectáculo de saltos. Se saludan, se separan, vuelven a encontrarse... Se nota que se ponen contentos de verse".

Para explicarlo, utiliza una comparación muy sencilla: la piscifactoría funciona para ellos como un restaurante de barrio. Un lugar al que todos acaban pasando, donde coinciden individuos de diferentes grupos y donde se tejen relaciones sociales que, según la investigadora, no son habituales en otras poblaciones de delfines mulares. "Lo más fascinantes es que no solo comparten espacio, también conocimiento", asegura con el brillo en la mirada de quien se dedica a aquello que ama. 

La cultura de los delfines de Aguadulce

Uno de los grandes objetivos de su tesis es estudiar la cultura de estos animales, un concepto que en biología se utiliza para describir comportamientos aprendidos y transmitidos de unos individuos a otros. Los delfines de Aguadulce, sostiene, han desarrollado técnicas de caza propias que apenas tienen equivalente en el resto del mundo.

Una de las fotografías echadas por la investigadora.

Una de las fotografías echadas por la investigadora.Cedida a La Voz

Solo hay cuatro lugares donde se ha documentado una relación tan estrecha entre delfines y piscifactorías: Florida, Malta, Cerdeña y esta franja de costa almeriense. Aquí, los cetáceos aprovechan las redes de las jaulas como una herramienta: acorralan a los peces salvajes contra ellas, crean círculos de burbujas para concentrar a las presas y hasta parecen anticiparse al momento en el que los operarios alimentan a los peces de cultivo.

"Los tubos de la piscifactoría empiezan a vibrar antes de que caiga la comida y ellos ya lo detectan. Es en ese momento cuando, de repente, puedes ver a un delfín salir disparado hacia una de las jaulas, como si supiera exactamente lo que va a pasar", cuenta admirada la investigadora, con la voz de quien no se acostumbra aun habiendo pasado el tiempo. La hipótesis es que han aprendido a interpretar esas señales y las transmiten a las nuevas generaciones. "Han desarrollado sus propias técnicas. Esto es cultura; la cultura de los delfines de Almería".

Un futuro amenazado

Pero no todo lo aprendido lleva un tinte tan simpático. Castilla reconoce lo mucho que le preocupa el futuro de estos cetáceos. La misma capacidad que les ha permitido adaptarse durante años podría no ser suficiente frente al aumento del tráfico marítimo y la presión humana. 

Mientras toma datos para su investigación, observa cómo cada verano crecen las empresas de actividades náuticas y las embarcaciones que buscan acercarse a ellos. "En solo un año han aparecido varias empresas nuevas de motos de agua y ahora incluso se anuncian salidas para ver delfines".

Imagen de archivo de una moto de agua.

Imagen de archivo de una moto de agua.Pixabay

De hecho, evita incluso compartir determinadas localizaciones concretas por miedo a contribuir, sin quererlo, a ese fenómeno. "A veces me da cosa hablar del tema para no promocionarlo demasiado". Lo reconoce alguien que vive precisamente de estudiarlos y de dar a conocer su comportamiento, pero que es consciente de la delgada línea que separa la divulgación del reclamo turístico. 

Las señales de estrés todavía deben ser demostradas científicamente, y ella es prudente con las conclusiones: "A lo mejor termino el estudio y veo que están muy habituados y que no les afecta tanto. Eso es lo que tiene la ciencia". Pero la experiencia diaria le deja imágenes difíciles de ignorar. Los ve desaparecer durante minutos cuando una embarcación los persigue, cambiar el rumbo para esquivar motos de agua o acelerar la respiración cuando el tráfico marítimo se intensifica. Y, sobre todo, ve que ya no se acercan como antes.

"En 2020 tengo un vídeo en el que un delfín se acercó a mi barco y estuvo jugando conmigo. Eso ya no lo hacen", lamenta. Ahora observa grupos mucho más pequeños, a menudo de tres individuos, que entran rápidamente en la piscifactoría y desaparecen bajo el agua.

Aún así siguen regresando, y es ahí donde la antropóloga deja pas a la investigadora de la cultura animal. Cree que estos delfines no vuelven únicamente porque sea un lugar fácil para conseguir alimento. Vuelven porque llevan haciéndolo décadas. Porque es  una conducta transmitida de madres a crías, una tradición en el sentido más profundo de la palabra. 

El barco con suelo de cristal tiene capacidad para 83 pasajeros

El barco con suelo de cristal tiene capacidad para 83 pasajerosLA VOZ

"Si esto sigue así, con cada vez más tráfico, más empresas de motos y más contaminación, en algún momento dejarán de venir, reflexiona. Hace una pausa breve antes de completar la idea: "Lo que pasa es que son valientes. No lo han dejado de hacer porque es su tradición. Lo harán hasta que sea insostenible". 

Y quizá esa sea la paradoja más hermosa y triste de esta historia. Mientras el mar de Aguadulce se llena de motores, los delfines continúan acudiendo al mismo lugar donde aprendieron a vivir. Como quien regresa a la casa de la infancia incluso cuando el barrio ya no se parece al que recordaban.

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