Los churros, el lujo de los domingos
Desayunar churros era una excepción que se dejaba para los días de fiesta y para las primeras comuniones

En las primeras comuniones de los años 60 el ritual pasaba por un suculento desayuno con chocolate y churros después de recibir el cuerpo de Cristo.
El colegio nos alejó del ritual del desayuno. Apurábamos la cama hasta el último instante y después solo nos quedaba el tiempo justo para lavarnos la cara, echarnos colonia en el pelo, tomarnos el vaso de leche y salir corriendo para la escuela. Aquellos desayunos de los días de diario no se llegaban a disfrutar. Eran una obligación para poder empezar el día con algo de energía. Nos tomábamos la leche de forma mecánica porque nuestro pensamiento se nos iba detrás de la obligación y mientras terminábamos el desayuno repasábamos en silencio el calvario que nos esperaba en clase: la tarea que habíamos dejado sin rematar, ese examen que teníamos a media mañana al que no le habíamos dado aún el último repaso y aquellas lecciones interminables que nos daba el maestro para que las aprendiéramos de memoria.
Aquellos desayunos llevaban impregnados el regusto amargo del colegio y casi siempre se resumían en un humilde vaso de leche con una magdalena o con una tostada de mantequilla que perfumaba la casa al amanecer. La modestia innata de la taza de leche se solía enmascarar entonces con un poco de café o con aquel producto, el Eko, que se puso de moda antes de que apareciera en las casas de la clase media la revolución del Cola Cao. El polvo del cacao nos trajo un poco de alegría en aquellas horas austeras de la mañana, antes de enfrentarnos a la cruda realidad.
Recuerdo que era costumbre también llevarse algo de comer a la escuela para recuperar fuerzas en los minutos del recreo. Era el momento de los bocadillos y el momento también de aprender a compartir. Si tu llevabas ese día un bocata de chorizo y tu compañero llevaba uno de mortadela, era habitual llegar a un acuerdo para el intercambio: “tú me das un bocado del tuyo y yo te doy del mío”.
De aquellos desayunos antiguos se podría hacer un tratado de sociología. Los niños de los años 70 fuimos los primeros receptores del consumismo dirigido directamente al público infantil. Nuestros hermanos mayores no habían conocido otro desayuno que la taza de leche con café, el pan con chocolate y la tostada de mantequilla. Los que vinimos después sufrimos el bombardeo de los alimentos industriales que nos contaban que lo más rápido y lo más sabroso eran aquellos bollos con una chocolatina que venían envueltos en un plástico y los célebres productos Phosquito, Cropan y Bimbo que para ganarse el interés de los niños venían acompañados de regalos coleccionables. Llegó un día en que ya no se veían bocadillos en el patio del colegio, sino aquellos bizcochos enrollados en forma de espiral, rellenos de leche y bañados en cacao, que nos picaron las muelas antes de tiempo.
La rutina del desayuno rápido se solía romper los domingos, en aquellas mañanas festivas en las que el tiempo parecía cambiar de ritmo y no había que correr. Nos levantábamos más tarde y afrontábamos la primera comida del día con esa dosis de placer que era imposible encontrar en un día de diario.
El domingo era el día de los churros, la recompensa después de una semana dura de colegio. Los churros se comían por los ojos, por el olfato y por el paladar. Era un placer, recién levantado, reconocer el perfume que los churros recién hechos dejaban en la casa y encontrarte en la cocina con aquel papelón cubierto de aceite que guardaba el tesoro que habíamos estado esperando durante toda la semana.
Los churros eran una bendición del cielo. Por eso, los curas decidieron, allá por los años de la posguerra, que en las primeras comuniones no era suficiente con que los niños se echaran a la boca el cuerpo de Cristo. Para recibir a Dios de verdad era necesario un desayuno divino que pasaba irremediablemente por una taza de chocolate caliente y unas porras de churros recién hechos que confirmaban la existencia de un ser superior.