La Voz de Almeria

Tal como éramos

El hombre que fabricaba las norias

Pepe Calixto heredó de su padre la habilidad para construir norias de agua

Pepe Calixto (a la izquierda), vestido con gabardina junto a dos amigos en un domingo de invierno.

Pepe Calixto (a la izquierda), vestido con gabardina junto a dos amigos en un domingo de invierno.Eduardo de Vicente

Eduardo de Vicente
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En su época, la infancia duraba poco. Los niños que podían estudiar la prolongaban hasta que terminaban sus estudios, pero aquellos otros, los que tenían que ganarse la vida prematuramente y aprender un oficio, maduraban tan deprisa que con trece o catorce años ya trabajaban como un hombre. Pepe Calixto pudo haber hecho carrera, porque tenía cualidades, pero le tocó vivir un tiempo convulso que sesgó las aspiraciones de miles de jóvenes.

Nació el cinco de agosto de 1923 en el pueblo de Uleila del Campo. Desde que empezó a andar le cambiaron su nombre oficial. Nadie lo conocía como José García, sino con el apodo de Pepe Calixto. Una amiga de la familia, Consuelo ‘la de Juan Moreno’, era la única que le decía Pepito. Su madre contaba que desde los primeros días de venir al mundo ya intuyó que iba a ser un niño travieso, presentimiento que se fue cumpliendo a medida que el niño iba sumando años.

De las travesuras de Pepito se podía haber escrito un libro porque era un manantial de ocurrencias, un torbellino que a veces desbordaba la paciencia de su padre, que cuando se cansaba de tanta diablura agarraba al pequeño y con un collarín de chapa que él mismo fabricó, lo amarraba por la cintura a la puerta de la fragua “para que el niño no se extraviara”, solía decir el padre. Bien sujeto a los hierros, Pepito se tranquilizaba, arropado por los otros amigos del pueblo que solían hacerle compañía en sus horas de cautiverio.

Dicen que era un experto en el arte de coger nidos y que más de una vez lo descubrieron trepando por las fachadas de las casas en busca de alguna morada de gorriones. Una vez, su madre lo pilló cuando subía por una pared a varios metros de altura. Temiendo que al llamarlo el niño pudiera asustarse y precipitarse hasta el suelo, casi susurrando pronunció lentamente su nombre. Cuando Pepito descendió, la mujer le dio una buena recompensa para que no volviera a hacerlo. A pesar de su inclinación natural hacia las travesuras, en la escuela fue siempre un muchacho despierto y de gran inteligencia. De aquellos años solía hablar con un cariño especial cuando recordaba las figuras de don Roque y don Emilio, los dos maestros de su infancia que les inculcaron las ideas liberales que el niño ya recibía en su casa por parte de su padre.

Los maestros le dijeron a sus padres que Pepe Calixto tenía condiciones para estudiar, por lo que consiguieron que hiciera la prueba de ingreso al Instituto de Almería, superándola con buena nota. Pero llegó la guerra civil y sus posibilidades de hacer una carrera se vieron truncadas, como la de tantas hombres y mujeres de su tiempo. Como había que sobrevivir, Pepe, que era ya un muchacho de catorce años, tuvo que ponerse a trabajar en la fragua familiar, un oficio que había ido aprendiendo desde que siendo un niño se pasaba las horas muertas viendo a su padre darle forma al hierro.

La fragua de Pepe Calixto fue un lugar de reunión en los años de la posguerra. Era, además de una fábrica, un centro social donde iban los amigos a echar un rato de conversación y a enterarse de lo que ocurría en el mundo, que entonces no pasaba de las fronteras de la comarca.

La historia de la fragua está llena de tardes de invierno donde al calor del fuego los hombres se contaban sus vidas y aguardaban a que llegara ‘la hora de la media botella’. El Galindo, Rafael Teoro, los Teresas, los Caleras, el pequeño Pérez y tantos otros, acompañaban a Pepe Calixto en las fragua y después celebraban la fiesta en el bar de Antonio ‘Muertes’, una de aquellas bodegas donde los hombres dilapidaban el tiempo libre con media botella de vino para cada uno y un puñado de cacahuetes para compensar.

En la fragua nunca faltaba el trabajo. En invierno la labor principal era el arreglo de los aperos del campo, las vertederas, los arados y las rejas, y en el verano compraba los bidones vacíos con los que se hacía el asfalto de las carreteras, y los reciclaba construyendo recipientes que se los vendía a los arrieros para guisar la comida de los marranos. El hijo de Pepe Calixto, José Antonio García, que compartió con él muchas vivencias, recordaba que su padre, como antes su abuelo, era el único en toda la comarca que sabía fabricar las norias para sacar el agua, y que con su amigo José ‘el del agua’ puso las primeras gomas de agua corriente en el pueblo. Iban por lo alto de los tejados y aliviaron a muchas mujeres que ya no tenían que ir a la fuente a llenar los cántaros.

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