La cal que protegía a los pobres
Al final del verano las casas recibían una mano de cal antes de que llegaran las tormentas

Dos muchachas del barrio de La Chanca dándole una mano de cal a su casa antes de que llegaran las lluvias de septiembre.
El verano de septiembre era imprevisible. Lo mismo nos regalaba un día de playa inmejorable que de pronto nos traía una tormenta anunciando el fin del mundo. En septiembre todavía quedaban algunas terrazas de cine abiertas, pero solo funcionaban los fines de semana y había que llevarse una rebeca porque de noche ya empezaba a refrescar.
Siempre llovía en septiembre, siempre aparecía una dana por la provincia cuando todavía no conocíamos la existencia de esta palabra. Entonces eran simples borrascas que el hombre del tiempo anunciaba en el Telediario con un paraguas negro y el dibujo de un rayo. Cuando llegaban las primeras lluvias sentíamos de verdad que el verano ya había terminado, que era el momento de sacar la ropa de invierno del armario, aquellos pantalones y aquellos jerseys que siempre olían a viejo.
Antes de que aparecieran las tormentas, tan recordadas y temidas por esta tierra, en los barrios más humildes existía la vieja costumbre de darle una mano de cal a las fachadas y a los terraos de las casas para evitar las goteras inevitables.
Había una cultura de la cal que venía de antiguo, cuando para higienizar las calles y evitar las epidemias las autoridades sanitarias obligaban a llenar de cal las fachadas y las habitaciones de las casas. En las casas donde convivían con un tuberculoso se recomendaba blanquear con frecuencia para evitar el contagio. “La cal cura”, se decía entonces.
La cal fue la pintura de los barrios pobres, una señal de pulcritud que indicaba que la humildad de las familias se llevaba con la máxima dignidad y por pobre que uno fuera podía tener la casa limpia por poco dinero. A veces, se blanqueaba en exceso y por esa obsesión permanente por el blanco se le daba una mano hasta a la placa del nombre de la calle. En agosto de 1939, la alcaldía emitió una nota advirtiendo a la población de que “en la limpieza de las fachadas no hay que borrar ni el nombre de la calle ni el número de la casa”, algo que solía ocurrir con frecuencia.
Almería llegó a tener manzanas enteras de terraos encalados que centelleaban a la luz del sol. Era costumbre echarle una ‘lechá’ al suelo de la azotea para sanearlo y también para evitar las goteras, tan habituales en nuestra ciudad cada vez que llovía. La cal se utilizaba mucho en los pueblos para limpiar los rincones de las chimeneas cuando se hacía de comer en las lumbres.
Ligada a la cultura de la cal estuvo siempre la figura del ‘blanqueaor’, aquel humilde obrero de la brocha que estuvo vigente en nuestras calles hasta los años setenta. Llegaban con la escalera de madera sobre el hombro, un cubo viejo y una escoba. La cal viva se compraba en terrones en la calera que había por el Quemadero, aunque hubo un tiempo en el que los vendedores ambulantes la ofrecían por las calles al grito de: “A la cal blanquísima, niñas”.
Todos conocíamos por nuestra calle a alguno de aquellos ‘blanqueaores’ que se jugaban el tipo en el último peldaño. Los niños los mirábamos con miedo y admiración, preguntándonos cómo podían estar allí subidos tan altos, con el cigarro en una mano y la brocha en la otra, con el cubo apoyado en la escalera y cantando una canción. Solía ocurrir que cuando un vecino se ponía a pintar la fachada o a blanquear su terrao, automáticamente se producía un efecto contagioso y eran muchos los que lo imitaban para que sus casas no desentonaran, para que todo el mundo supiera que la curiosidad no estaba reñida con la pobreza.
A mí me gustaba ver cómo en el patio de mi casa se ponía en marcha el mecanismo para que hirvieran los terrones de cal y se convirtieran en ese espeso líquido blanco que le daba vida a nuestras casas. Por primavera, cuando el sol se instalaba para quedarse, era el momento de darle un toque alegre a las casas con los tonos que entonces estaban de moda. Reinaban los ocres y los azules, los colores marrones como la tierra, los amarillos decadentes que cambiaban de matiz según la altura del sol. Los colores renovaban nuestros paisajes más íntimos y le daban a nuestras calles ese matiz de refugio que tenían en aquel tiempo.
Era habitual entonces que fueran los propios vecinos, los hombres y las mujeres, los que se encargaran de pintar las fachadas. En mi casa se solía hacer siempre en domingo aprovechando el descanso en los trabajos. El día elegido había que madrugar más que cuando íbamos al colegio y antes de que saliera el sol comenzaba la faena. Se blanqueaba el terrao, se pintaba la fachada y se saneaban todas las paredes interiores para que la humedad no siguiera avanzando.