El director: el peso de la autoridad
La disciplina en el colegio era fundamental y pasaba por el temido despacho del director

Grupo de profesores del colegio San José de la calle de la Reina. Con corbata negra, su director, don Rafael López Lafuente.
Los que pasamos por un colegio de pago allá por los primeros años setenta sabemos muy bien lo que significaba la figura del director. No era simplemente el hombre que manejaba los hilos y ordenaba la vida dentro del centro. El director era, al menos para nuestros ojos, un ser superior, un capitán general que te ponía firme con solo mirarte a los ojos.
Cualquier alumno podía tener un desencuentro con un maestro y provocar que éste te diera unos palmetazos, te tirara de las patillas o te pusiera de rodillas en un rincón de la clase para que cumplieras un castigo ante la mirada del resto. A ese tipo de sentencias estábamos habituados y nos parecían parte de la esencia de aquel sistema educativo de la época tardofranquista que todavía se mantenía con fuerza en la enseñanza privada. El castigo del maestro era el pan de cada día, pero cuando el problema traspasaba los límites de la clase y llegaba al despacho del director, se convertía en un asunto de Estado Mayor. Cuando el maestro te sacaba del brazo por la puerta de la clase para que comparecieras delante del director, un silencio sobrecogedor se apoderaba del aula. El condenado pasaba de ser el pequeño héroe que desafiaba la disciplina del profesor a convertirse en un reo condenado al patíbulo.
Cuando en mi colegio, el San José, te llevaban al despacho de don Rafael, que era el director, ya sabías que no te iba a cantar un villancico ni te iba a regalar una caja de rotuladores por lo bien que lo habías hecho. Yo tuve la suerte de no pasar nunca por aquella habitación que tanto respeto provocaba, pero los que allí estuvieron salieron diciendo que no volverían jamás. Don Rafael, que era un buen maestro, se tomaba muy en serio el tema de la disciplina y era el más rápido del condado sacándose la mano del bolsillo y repartiendo guantazos.
Eran otros tiempos. Llegábamos al colegio sabiendo donde íbamos y asumiendo que el mismo respeto que le debíamos a nuestros padres se lo teníamos que tener a los maestros, que eran la prolongación de la autoridad paterna lejos del hogar. Cuando entraba el maestro a clase no se oía ni una mosca y las lecciones había que aprendérselas de verdad. “A ver niño, dime donde nace el Duero”, y había que aprenderse donde nacía, por donde pasaba y donde moría el Duero, porque si fallabas ya sabías que te exponías al juicio de la vara de madera. En ese instante en que uno estiraba el brazo, abría lentamente la mano, mientras iba cerrando los ojos, en ese instante en que el maestro iniciaba el movimiento del brazo, cogiendo impulso y con cara de mala leche, en esos segundos estaban encerrados todos los tratados de pedagogía de la historia.
Y había colaboración dentro del aula. Aquel era un aprendizaje conjunto, recíproco. Cuando el maestro tenía que ausentarse unos minutos, media clase levantaba la mano diciendo: “¿Apunto?”. Y el apuntador se sentaba en la silla del maestro y por unos minutos se le pegaba la mala leche del profesor y llegaba a pensar que realmente él era la autoridad. Entonces fue cuando escuché por primera vez una frase que es una verdad incuestionable: “Si a un tonto le pones una gorra y le dejas un palo se cree capitán general”. Y el improvisado maestro, que casi siempre era el empollón, el que nunca jugaba al fútbol, el que nunca se olvidaba de hacer la tarea, llenaba la pizarra con los nombres de aquellos que se atrevían a hablar en ausencia del profesor. Y luego, cuando llegaba el pedagogo, no tardaba en impartir justicia con la vara de madera.
Aprendimos a soportar los castigos de nuestro maestro como parte del proceso educativo, pero nunca llegamos a acostumbrarnos a tener delante al director, que entonces representaba el máximo exponente de la autoridad, la disciplina y la seriedad en estado puro.