El revoltijo de la Feria del puerto
Las atracciones y las casetas se mezclaban con las barracas de los feriantes que tendían su ropa en las palmeras del Parque

La Feria, cuando en los años 80 regresó a su lugar natural, entre el Parque y el muelle, mirando las aguas del puerto.
La Feria del puerto y del Parque era el caos con farolillos y bombillas de colores. Todo se mezclaba como por arte de magia en un recinto que tenía el encanto de llevar impregnada la esencia de la ciudad, pero que no reunía condiciones para un acontecimiento tan multitudinario.
La Feria era un revoltijo donde las atracciones, las barracas, los feriantes, los puestos ambulantes y las casetas se mezclaban en un desorden natural que formaba también parte del alma de la fiesta. Aquel barullo constante era un espectáculo para los sentidos. De pronto, te metías detrás de la noria y te encontrabas con la familia del propietario de la atracción que descansaba en colchones tirados en el suelo. La pregunta que todos nos hacíamos era cómo podían dormir en medio de aquel ruido infernal.
La banda sonora de la Feria era el ruido, el resultado de todos aquellos ecos que se iban mezclando en el aire: el altavoz de la tómbola que anunciaba muñecas que parecían de verdad; las frases repetitivas del hombre de las hamburguesas que se te quedaban dos días metidas en el cerebro; las sirenas de los coches de choque que sonaban lo mismo por muchos años que pasaran, y la música que de madrugada salía detrás de la tapia de la Caseta Popular, donde actuaban los artistas importantes.
Todo aquel amasijo de luces, voces y ruido se humanizaba por la presencia majestuosa del puerto, que hacía la Feria mucho más soportable. Cuando te cansabas de tanto alboroto solo tenías que caminar unos metros y perderte por los confines del espigón de levante o sentarte en la escalinata real a mirar la luna reflejada en el mar. Las viejas escalinatas fueron el refugio de las parejas que necesitaban abrazarse a oscuras y alejarse del mundanal ruido.
El mar era nuestro aliado y nuestro telón de fondo. Pocas ciudades podían presumir de tener el mar tan metido en nuestro paisaje como lo teníamos nosotros en los días de Feria. Cuando te subías a la noria y llegabas al punto más alto, tenías la sensación de que el aliento del mar te estaba rozando, como si una niebla invisible salida de lo más profundo del océano te llenara cada poro de tu piel.
Era la Feria que utilizaba el puerto como un gran escenario donde todo el mundo tenía su sitio. Allí se celebraban las travesías a nado, las pruebas de las cucañas, cuando los adolescentes se jugaban el tipo por un billete de veinte duros, y hasta los partidos de baloncesto. Una feria sencilla, llena de inocencia, donde aún no se había perdido aquella pureza de fiesta de pueblo que te iba envolviendo en su nube de algodón.
El puerto era ese lugar común por el que todos acabábamos pasando a lo largo de la noche. Entonces teníamos la certeza de que todos estábamos en la Feria y que tarde o temprano nos cruzaríamos con la niña que nos gustaba o tal vez con algún familiar que nos cazara haciendo alguna golfería o dándole una calada a un cigarro. La Feria era tan pequeña, tan recogida, tan de andar por casa, que todos nos encontrábamos aunque fuera sin querer.
Todo aquel mundo de ruido y de luces que nacía de noche entre el Parque y el puerto se transformaba completamente cuando salía el sol. La sensación de caos que proyectaba el recinto se multiplicaba por dos si pasabas por allí cuando era de día y los feriantes estaban descansando. Aquello era un amasijo de hierros y en medio una pequeña aldea habitada por aquellas familias itinerantes que se buscaban la vida de pueblo en pueblo.
Sin ruidos, sin gente, sin la noche, la Feria parecía un fantasma. A los niños, cuando pasábamos por allí de camino hacia la playa de las Almadrabillas, nos gustaba ver aquel improvisado poblado donde siempre había mujeres tendiendo la ropa con cuerdas que enganchaban de las furgonetas y niños medio desnudos que llevaban marcado en la piel el aroma de todas las ferias de España. Mientras los cacharros descansaban, los feriantes se afeitaban al aire libre delante de un espejo tan agotado como ellos, antes de emprender una nueva aventura.