El artista que Almería olvidó
Guerry, el fotógrafo que nos retrató, no tiene ni calle ni placa que lo recuerde

El fotógrafo Luis Guerry en una foto familiar en el estudio donde retrató a los almerienses a lo largo de medio siglo.
Recuerdo la tarde en que me llevaron al estudio de Guerry para hacerme la foto vestido con el traje de la Primera Comunión. En aquel tiempo, si querías inmortalizar de verdad una ceremonia tan importante, no tenías otra elección que pasar por la mirada de aquel artista que te hipnotizaba con los ojos.
Luis Guerry no era un fotógrafo más de los que se ganaban el sueldo con la máquina; Guerry tenía talento. Cuando llegabas al estudio te escrutaba por dentro y por fuera, no dejaba de mirarte, de dar vueltas alrededor de la sala en busca de ese instante de inspiración que él necesitaba y de ese lado bueno que en teoría todos deberíamos tener.
Aquellos ojos inmensos que no dejaban de crear te intimidaban de tal forma que el artista procuraba entretenerte para que lo dejaras hacer su trabajo. En aquellos escarceos, Guerry buscaba ese duende interior que llevábamos incorporado para retratarnos por fuera y por dentro, persiguiendo siempre la obra perfecta. No es de extrañar que las muchachas de su tiempo soñaran con ser retratadas por Luis Guerry.
Ir al estudio de Guerry fue el sueño de muchas jóvenes almerienses de la posguerra, que querían ponerse en manos del artista para ser retratadas con el glamour que hasta entonces sólo habían visto en las grandes estrellas de cine que aparecían en las revistas.
Guerry les proponía un retrato personalizado, adaptado a la expresión de cada mujer para sacar de ella su lado más personal y todo su atractivo. Eran trabajos a medidas en los que el fotógrafo iba recorriendo con su cámara todas las posturas posibles y los gestos hasta captar el instante preciso, el momento de máxima belleza.
Nadie como él sabía jugar con los claro oscuros, con las luces y las sombras que perfectamente combinadas daban un resultado que causó furor en la ciudad y se puso de moda entre las muchachas de la época.
Ir al estudio de Guerry era el sueño de muchas jóvenes cuando dejaban de ser niñas y se vestían por primera vez de mujer. Posar para el artista, y luego ver el retrato expuesto en el escaparate, les concedía la aureola de pequeñas estrellas locales y el privilegio de poder exhibir su mirada más seductora sin temor a ser censuradas por la estrecha moral de la época.
Había en esos trabajos una mezcla de pureza y seducción, de belleza salvaje y austera insinuación, que le daban al retrato el doble atractivo de las cosas prohibidas, de los amores inalcanzables.
Muchachas de la posguerra que soñaban con el retrato de Guerry, que se arreglaban como novias para presentarse delante de aquel artista que era capaz de sacarles el gesto y la mirada que sólo ellas conocían cuando se descubrían en la intimidad del espejo del dormitorio.
Entrar en el estudio era dejar atrás los miedos, las represiones, la moralidad más estricta y las apariencias cotidianas. Allí dentro, en aquel reino de las luces y de las sombras, la belleza se desbocaba detrás de las manos y de los ojos del artista. Guerry provocaba las miradas y los gestos. Las iba creando como un alquimista, gota a gota, hasta que por fin el alma de la retratada se asomaba ante la cámara para quedarse para siempre.
La firma de Guerry entró en todos los hogares después de una larga carrera. En 1981, después de 57 años de profesión, fue distinguido con la Medalla de Plata al Mérito al Trabajo. Dos años después cerró el estudio y se jubiló definitivamente. Murió en 1991, dejando un valioso testimonio social en su obra y la huella de un artista diferente que encandilaba por sus espléndidos retratos.
A pesar de la importancia que tuvo, no hay ninguna calle ni tan siquiera una humilde placa que recuerde la presencia de Luis Guerry Zapatero en Almería.