El miedo que se le tenía al practicante
Le temíamos más al que venía a ponernos las inyecciones que al hombre del saco

Pepe Flores fue uno de los practicantes más célebres de la Almería de los años 50 y 60. Tenía una amplia clientela particular.
Había un miedo imaginario, el que todos los niños sentíamos cuando nos amenazaban con llamar al hombre del saco o al lobo si no nos comíamos el plato de comida en el almuerzo. Cada vez que los nombraban, nuestra cabeza se llenaba de temores y por la noche nos costaba trabajo encontrar la paz entre las sábanas porque veíamos fantasmas por todos lados.
¿Quién no tuvo miedo a la oscuridad, a ese cuarto en penumbra que había en todas las casas y en el que no nos atrevíamos a entrar cuando estábamos solos por si de aquel viejo baúl que nunca se abría salía una mano negra y nos cogía de los pelos? ¿Quién no le temía a aquel portal abandonado que había en tu barrio del que alguien contaba que había visto rondar a un hombre muy alto, vestido de negro, que llevaba caramelos en los bolsillos?.
Estos miedos que formaban parte de nuestra imaginación eran una broma comparados con el temor que sentíamos cuando aparecía en la puerta de tu casa la triste figura del practicante que venía a ponerte una inyección. El pánico no se reducía el instante en el que te pinchaba, quizá ese era el momento más llevadero porque representaba el final. El miedo te agarrotaba desde que lo veías aparecer y ponía en marcha aquel ritual siniestro que presagiaba lo peor.
Empezábamos a temblar cuando abría la cartera de cuero donde traía el juego de herramientas y sacaba aquella caja metálica donde guardaba la jeringa y el temido infiernillo donde desinfectaba la aguja, que para nosotros era la metáfora del infierno. Cuando colocaba la aguja en la jeringa, cuando con los dedos golpeaba suavemente el bote de la medicina antes de extraer su contenido, cuando empapaba el algodón en alcohol y levantaba la herramienta antes de entrar a matar, un sabor amargo de juicio final nos invadía hasta el alma y nos dejaba la boca como un estropajo.
Aquellos practicantes que se colaban en los comedores de nuestras casas fueron el lobo verdadero para varias generaciones de niños. Había madres que cuando los hijos se negaban a tragarse la cucharada de comida echaban mano del practicante para asustarlos: “Nene, o te lo comes todo o llamo a Encarna la de las inyecciones”, decían en tono amenazante las mujeres del barrio del Reducto. Uno no le temía a la fiebre, ni al dolor de garganta, ni a la delgadez extrema en la que siempre nos veían nuestras madres; nuestro fantasma real, el personaje que más miedo nos daba, era sin duda el practicante que de forma silenciosa nos invadía para llenarnos de temores. Como casi nadie tenía entonces teléfono al hombre o a la mujer de las inyecciones había que ir a darles el recado a su propia casa. Para los resfriados que tardaban en curarse había que recurrir a las inyecciones, así como para los niños que no terminaban de dar el estirón y el médico les recetaba varias cajas de vitamina para que crecieran.
Cuando el practicante llegaba, ya tenía preparado el alcohol y el algodón encima de la mesa y la hornilla para que pusiera a hervir la caja metálica que encerraba la jeringa y la terrible aguja. Qué momentos de tensión, de dolor prematuro, cuando veíamos al de las inyecciones romper la cabeza de la ampolla con aquella sierra diminuta cuyo sonido ya nos hacía temblar. Cada instante se hacía eterno: el momento de bajarnos el pantalón, los toques sutiles que nos daban sobre el glúteo con el algodón mojado antes de clavar la aguja, las palabras del ejecutor que trataba de calmarnos deciendo aquella frase, tan repetida como falsa de: “Ya verás como no te va a doler”. Y claro, al que no le dolía era a él, sino a las pobres víctimas que nos quedábamos con la pierna muerta durante media hora y un profundo sabor amargo en mitad de la boca.
Cuando el practicante se iba, su rastro se quedaba durante horas como un maldito perfume que se incorporaba a los olores cotidianos de la casa. El olor del alcohol, de las vitaminas o de la penicilina que acababa de inyectar, se quedaba impregnado en las cortinas, en la falda de la mesa de camilla y sobre todo, en ese rincón de nuestra memoria donde residían los peores recuerdos de nuestra infancia.
En cada barrio, y a veces en cada calle, había un hombre o una mujer que se ganaban un sueldo diario poniendo inyecciones por las casas, algunos de ellos sin tener ningún título que los acreditara. Les temíamos más que al hombre del saco de los cuentos, más que a una vara verde como se decía entonces, y cada vez que los veíamos por la calle nos poníamos a temblar, creyendo que otra vez venían a buscarnos para amargarnos la vida.