La Voz de Almeria

Tal como éramos

Agosto en la vida de los almerienses

Antes de que el calor se hiciera eterno, agosto era el último mes del verano en nuestro almanaque sentimental

El Paseo de Versalles en 1964, con la tapia de la terraza Imperial repleta de buganvillas y de jazmineros.

El Paseo de Versalles en 1964, con la tapia de la terraza Imperial repleta de buganvillas y de jazmineros.Eduardo de Vicente

Eduardo de Vicente
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En el silencio de la madrugada, el sonido de las chicharras de la Alcazaba entraba como un cañón por las ventanas de los dormitorios a esas horas en las que ya empezaba a refrescar. Llegaba agosto y el canto de los machos era un estallido en medio de la noche, su excitación permanente anunciaba que el calor seguía apretando, pero que el verano había entrado ya en su recta final.

Antes de que el calor se hiciera eterno, agosto era para los almerienses el último mes del verano en ese almanaque sentimental que llevábamos incorporado desde la infancia. Terminaba agosto y sentíamos ese vacío que dejaba en el alma el final de las vacaciones y la vuelta a la realidad. Agosto era un mes de contrastes que nos embriagaba al principio anunciando un verano eterno y nos iba engañando noche tras noche hasta que nos obligaba a ir a la terraza de cine con aquella rebeca que habíamos dejado olvidada en el armario la última primavera.

En Almería, agosto era un tiempo de cambio. Llegaba con una luz de día gastado que se quedaba colgando en el ambiente, dándole al mar y a la playa un atmósfera de acuarela que se iba llenando de matices a medida que se acercaba septiembre. Los baños de agosto tenían algo de ceremonia final en la que el paisaje iba mudando de piel día tras día. Cambiaban los colores como cambiaba la temperatura a lo largo del día. La canícula nos producía una sensación de cansancio que desterrábamos inmediatamente cuando nos tirábamos al mar. En cada inmersión sentíamos el poder transformador del agua y cuando sacábamos la cabeza a la superficie sentíamos que algo había cambiado de verdad en nuestro interior, como si acabáramos de asistir al milagro de una resurrección. Aquel mar de agosto era el más amable del año, como si el peso del verano cayera a plomo sobre el mar y apaciguara las tempestades.

Los almerienses teníamos entonces la posibilidad de visitar aquel paraíso cercano que era Cabo de Gata, que en el mes de agosto era una apoteosis de los sentidos. En los años setenta éramos más pobres que ahora, teníamos peores coches, menos comodidades, pero no sabíamos lo que era la masificación y gozábamos del privilegio de tener un manojo de calas en la zona de levante que parecían creadas solo para nosotros. Recuerdo aquellos domingos de agosto en la playa del camino hacia las Salinas, donde la sombrilla más cercana se quedaba a cien metros. En aquellos solitarios atardeceres en Mónsul, en los Genoveses, en San José, con la piel radiante del sol y de la sal, con el cansancio del mar metido hasta en los huesos y un bocadillo de tortilla de patatas entre las manos, muchos descubrimos la mejor definición de la felicidad, de esa pequeñas dosis de alegría que todas juntas nos hacían sentirnos eternos.

La rutina del verano, que alcanzaba su cenit a mitad de agosto, se rompía en mil pedazos cuando llegaba la Feria. Entonces, éramos muchos los niños que teníamos la costumbre de tener una hucha en la que íbamos metiendo la calderilla que nos daban durante el año para cuando llegara la Feria.

En esa última semana de agosto las playas adquirían una tranquilidad de otoño que contrastaba con el bullicio de la ciudad. Había que ir por la mañana a bañarse porque las tardes eran para la Feria que se instalaba en medio de la ciudad para que nadie se quedara fuera de la fiesta.

Después llegaba el último día, el de la procesión de la Patrona, el del toro de fuego, la traca en el Paseo y el baño en la fuente de la Puerta de Purchena, cuando la alegría quedaba amortiguada por la presencia de septiembre. Entonces comprendíamos que ya no había marcha atrás, que el verano se había apagado como aquellas bombillas de colores que durante semanas se quedaban colgadas en el Paseo como el último rescoldo de aquellas noches de fiesta, de aquel verano irrepetible.

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