“Primeras, pie, matute y colao”
El juego de los petos consistía en arrastrarse de rodillas por el suelo para colar una canica dentro de un agujero

Niños del barrio del Quemadero jugando a los petos allá por los años sesenta. Jugaban descalzos para adaptarse mejor a la tierra.
Uno de los pocos juegos antiguos que han sobrevivido con la misma fuerza que tenía es el de la pelota, en sus distintas modalidades. En cualquier parque, en cualquier plaza donde haya niños jugando, siempre habrá una pelota rodando, esa pequeña deidad que siempre ha tenido la potestad de unir a pobres y a ricos. Nunca hubo un juego más democrático que el fútbol. Cuando de niños nos poníamos a ‘montar’ para elegir a los jugadores de los equipos que nos íbamos a enfrentar, no distinguíamos ni la raza, ni la altura, ni el barrio de donde venía, ni su talento intelectual, ni las monedas que llevaba en el bolsillo, ni el trabajo que tenía su padre. Buscábamos como compañeros de equipo a los que trataban mejor la pelota, que era lo único que nos importaba.
Hoy los niños siguen jugando a la pelota, moviéndose a su alrededor, hipnotizados, como si la Tierra girara a sus pies. Detrás de una pelota se revolucionan los niños, las niñas y los mayores. Por muchos años que tengas, cuando pasas por un lugar y se escapa una pelota, algo en tu interior salta como un resorte y te empuja a lanzarte sobre ella para darle una patada. Es una reacción instintiva, que nace en lo más profundo de nuestro cerebro. Otros juegos antiguos no han corrido la misma suerte y han terminado por desaparecer de las calles. Ya no se ven niños jugando a los petos o a las canicas como le llamaban algunos.
El juego consistía en arrastrarse de rodillas por el suelo e ir eliminando las canicas adversarias para finalmente introducir la bola dentro de un hoyo que se escarbaba en la tierra. “Primeras, pie, matute y colao”, eran las palabras mágicas que se utilizaban en aquel entretenimiento que nos cautivaba durante varias semanas, porque los petos era un juego de temporada, de un par de meses como mucho y luego se olvidaban en un cajón hasta al año siguiente.
Había otra serie de juegos que no aparecían en la lista oficial de los juegos habituales, que también se fueron perdiendo a medida que los niños empezaron a alejarse de las calles. Muchos de ellos eran ocurrencias, cosas de niños, que con cualquier objeto y una buena dosis de imaginación improvisaban un número. Hubo un tiempo en que hasta un trozo de espejo roto, aunque fuera minúsculo, podía ser una diversión mayúscula en las manos de un niño. Se colocaba el cristal buscando la ayuda del sol y se proyectaba el resplandor sobre los ojos de la víctima elegida, que terminaba deslumbrado. Una variante del juego del espejo consistía en proyectar la luz del sol sobre una pared para que los niños intentaran atraparla.
Otro juego de fabricación propia era el del tirachinas. Se necesitaba un trozo de rama de árbol y una tira de cámara de bicicleta para poner en valor un arma personal que podía ser peligrosa si la piedra que se lanzaba era de suficiente tamaño. En mi barrio acabamos utilizando un sucedáneo de los tirachinas reglamentarios que consistía en una simple ‘gomilla’ de las que se utilizaban para cerrar los cartones de los huevos. Colocábamos la goma entre los dedos y con el cartón de las cajetillas de tabaco fabricábamos las municiones que después empleábamos contra el enemigo.
Eran muy apreciados entonces los dardos, no los oficiales que venían con el juego de la diana reglamentaria, sino aquellos otros dardos más elementales que vendían en las pequeñas tiendas de barrio por un par de pesetas y que conocíamos por el nombre de ‘hincapuertas’. Con aquellos aguijones los niños profanaban todo tipo de puertas. Mucho más inocente era el juego del aro. Consistía en hacer rodar por las calles la llanta de una bicicleta manejada convenientemente con la ayuda de un trozo de hierro o de un alambre. Allí iban los niños con sus aros viejos, en medio del estruendo que hacía el metal cuando rodaba sobre los adoquines de las calles.
La imaginación era inagotable y a veces, cuando no había ningún juego sofisticado a mano, se podía convertir en un entretenimiento algo tan primitivo como hacer lanzamientos de escupitajos, para ver quién llegaba más lejos a gargajo limpio o quién era el campeón de la calle orinando a mayor distancia.