La Voz de Almeria

Tal como éramos

La parada de leche de la calle Marco

Era la calle de las posadas, un lugar estratégico para los lecheros ambulantes

La calle Marco o de las posadas en el verano de 1936. El lechero ambulante, con su hijo y dos vacas, servía la leche recién ordeñada a los clientes.

La calle Marco o de las posadas en el verano de 1936. El lechero ambulante, con su hijo y dos vacas, servía la leche recién ordeñada a los clientes.La Voz

Eduardo de Vicente
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Los vendedores de leche venían desde los lejanos establos de la vega y también de Los Molinos, el barrio donde más vaqueros había por metro cuadrado. La calle Octavio Aguilar, cerca de la iglesia, era el olimpo de los lecheros. Antonio Piedra, ‘el Conejo’, ‘el Manco’, ‘el Madre Mía’, fueron algunos de aquellos hombres a los que toda la ciudad conocía.

Por el barrio de La Catedral estuvo repartiendo, hasta los años ochenta, Manuel Lores, el del Diezmo, un lechero de corta estatura que conducía una Moto Guzzi. En la parte trasera del asiento llevaba tres enormes cacharras por lo que al bueno del lechero no se le veía. Los niños, haciendo gala de nuestra crueldad infantil, le gritábamos a su paso: “una moto andando sola”.

Los lecheros ambulantes formaron parte de la vida de la ciudad. Estaban presentes en nuestras calles a diario, como el panadero, como el vendedor del pescado o como el cartero que nos traía la correspondencia. Cada lechero tenía su clientela fija de muchos años. Era una profesión donde la confianza jugaba un papel crucial porque la adulteración del producto con agua y bicarbonato estaba a la orden del día.

En los años de la posguerra el Ayuntamiento puso en funcionamiento un servicio especial de vigilancia para controlar la calidad de la leche. Estaba formada por dos parejas de municipales que hacían un recorrido a diario por los barrios buscando a los vendedores para pasarles un rudimentario control que detectaba el agua. Si existía fraude, les vaciaban las cacharras tirando la leche en la misma calle y los sancionaban con una multa.

Los niños de los años setenta conocimos a los lecheros que ya venían motorizados, con sus modernas furgonetas y sus cacharras higiénicas. Atrás, perdidos en la memoria, quedaban aquellos vendedores ambulantes que bajaban al centro de la ciudad con las mulas cargadas de leche e incluso con un par de vacas que el lechero ordeñaba en presencia de los clientes.

Una de las paradas históricas de aquellos lecheros antiguos estaba situada a espaldas de la Puerta de Purchena, en la escondida calle Marco, que todo el mundo conocía como la calle de las posadas por el gran número de hospedajes que allí se reunían. Aquel pasaje tenía todas las características de la ciudad antigua, con sus viviendas de planta baja, con su aire sombrío y con una corriente de vida constante, la que le daban las fondas que aparecían a lo largo de sus dos aceras.

Era un buen escenario para este tipo de establecimientos: a un minuto de la Puerta de Purchena, a las espaldas de la calle de Granada, que era el camino principal de entrada al centro de la ciudad, y lo suficientemente escondido en la angostura de la calle para no llamar demasiado la atención. El trajín y el alboroto formaban parte de la vida diaria de la calle, siempre tomada por carros que iban y venían con bultos de pasajeros; siempre dispuesta para los vendedores ambulantes que se apostaban en sus aceras buscando hacer negocio.

En la esquina con la Rambla de Alfareros solían hacer estación los lecheros que solían llegar del barrio de Los Molinos con las parejas de vacas, dispuestas a ordeñarlas, puerta por puerta. Aquel era un oficio familiar, por lo que el lechero solía ir acompañado de algún hijo, en la mayoría de los casos niños en edad escolar, que aprendían a buscarse la vida antes de saber leer y escribir.

Por aquella calle tan peculiar rondaban también los mozos que iban al tren en busca de clientes para las fondas y las amas de cría que anunciaban los beneficios de su pecho en las posadas más conocidas. “Se ofrece ama de cría. Máxima higiene. Razón en la posada de la Estrella”, decía el anuncio de La Crónica Meridional.

De vez en cuando aparecían por la esquina los guardias que iban de pensión en pensión buscando a alguna muchacha que se había fugado de su casa o a una menor de edad que había llegado del pueblo con su novio sin el permiso de los padres. Aquella colmena del hospedaje estaba llena de nombres sugerentes: La Estrella, la Rosa, San Rafael, Los Arcos, Virgen del Pilar, eran algunas de las más conocidas. Entre las más antiguas estaba la posada de la Estrella, que ocupaba el número uno de la calle.

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