La Voz de Almeria

Tal como éramos

La ilusión del carro de los helados

Cuando aparecía el heladero los niños se alborotaban como si sucediera un milagro

Los célebres carritos de los helados La Cubana estuvieron presentes en las calles de Almería a lo largo de varias generaciones. La fábrica estaba instalada en el barrio de la calle Murcia.

Los célebres carritos de los helados La Cubana estuvieron presentes en las calles de Almería a lo largo de varias generaciones. La fábrica estaba instalada en el barrio de la calle Murcia.

Eduardo de Vicente
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Los veranos se resumían en aquellos carritos ambulantes que iban pregonando el tesoro de los helados por las calles y por las playas. Cada vez que aparecía el heladero, los niños se alborotaban como si estuviera a punto de ocurrir un milagro, porque algo de milagroso había en que un niño llevara dos pesetas en el bolsillo.

Cómo idolatrábamos la figura de aquel obrero con chaqueta blanca que iba pregonando su mercancía por las esquinas. Veíamos al heladero y era como si viéramos al Señor delante nuestra; nos parecía un enviado del cielo que iba dejando a su paso ese perfume evocador que tenían los helados de antes, tan primitivo, tan intenso, que te dejaba un recuerdo imborrable en el alma. Por eso, casi todos tenemos la sensación de que nunca nos comimos un helado tan bueno como aquel que nos puso en la mano la providencia cuando caminábamos por la vida en pantalón corto.

Aquellos vendedores ambulantes llevaban marcado en la piel el hierro de aquellos veranos eternos en los que recorrían la ciudad de una punta a otra sin más protección que el gorro que llevaban en la cabeza. Entonces no existían las cremas protectoras ni habíamos oido hablar de los golpes de calor. Teníamos conciencia de las insolaciones porque nuestras madres nos repetían aquello de “no salgas a la calle tan temprano, no ves que te va a dar algo en la cabeza”. Pero los niños nos saltábamos las recomendaciones y desafiábamos el calor metiéndonos debajo del primer grifo de agua que encontrábamos en la calle.

Los heladeros no tenían más remedio que soportar el calor, que atravesar la arena de la playa sin otra sombra que la que proyectaba el pequeño toldo del carro de madera. Llegaban al mediodía y se recogían por la tarde, con los últimos rayos del sol. Los veíamos cruzar descalzos por la orilla para que el agua del mar les aliviara el cansancio acumulado en las piernas. Cuando se alejaban por el horizonte, tirando a duras penas del carro, parecían caballeros derrotados que venían de una guerra antigua.

La estampa de los heladeros ambulantes se nos quedó grabada para siempre desde aquellas tardes que al salir del colegio nos encontrábamos con el heladero al que le habíamos perdido la pista durante el invierno. Venía de un letargo intenso y salía con tantas ganas de hacer negocio que sus voces se escuchaban desde lejos: “Al rico helado: turrón, nata y tuti-fruti”, gritaba, llamando la atención de los chiquillos que no tardaban en acudir ante su presencia aunque llevaran los bolsillos vacíos.

Era posible disfrutar de los helados sin dinero, solo mirando aquella escena en la que sacaba del vientre helado del carro la mágica bola que con destreza depositaba sobre el cucurucho de galleta. Solo con ver la escena, solo con oler el perfume que dejaba el helado, volvíamos satisfechos a nuestros juegos. La fiesta era completa para el que podía permitirse el lujo de saborearlo.

Entonces no existía la fecha de caducidad ni creo que los heladeros callejeros pasaran estrictos controles sanitarios. Llegaban con sus modestos carritos de madera con dos grandes ruedas laterales, un manillar elemental también de madera para manejarlo y un toldo de tela para que el sol no castigara en exceso el depósito donde iba el género. Los más rudimentarios encerraban en su vientre garrafas donde se mantenía el helado, hasta que fueron sustituidas por tanques con mayor capacidad.

Pedro Fernández Mañas era uno de aquellos trashumantes del helado que repartía la mercancía de La Cubana por Almería. Bajaba desde su casa, en el barrio de Manuel Vicente, allá por las cuestas más lejanas del Quemadero, llenaba los tanques con el helado recién hecho y se iba a su puesto de venta, el barrio de Pescadería. Era una zona llena de humildad, pero donde no faltaba el trabajo, sobre todo cuando había buena pesca y los hombres de la mar desembarcaban con los bolsillos llenos de monedas. Cuando había dinero en las casas los niños bajaban de la Chanca con sus monedas de dos reales en el bolsillo, llevando por bandera la ilusión de aquel tiempo, en el que comerse un helado era todo un acontecimiento. En mi barrio, el verano se adelantaba a abril cuando por Semana Santa abría la heladería de Adolfo y cuando en la Almedina se ponía en marcha toda la maquinaria de ‘La Violeta’ y sus repartidores se tiraban a la calle llevando la mercancía por todos los barrios de la ciudad. José Fernández Rueda, el dueño del negocio, llegó a tener a una docena de operarios vendiendo helados con carrillos, bicicletas y motos, en los que llegaban a todos los rincones de la playa desde Pescadería al Zapillo, y a todas las plazas donde hubiera niños jugando. Para completar el negocio, llevaba la furgoneta de los helados hasta el campamento de Viator donde hacía un buen negocio con los soldados.

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