Del ‘Cara al Sol’ a los ojos de Rafaela
Los festejos tradicionales del 18 de Julio durante la dictadura cambiaron tras morir Franco

Estos dos carteles aparecieron pegados en las paredes del Paseo en el mes de julio de 1976 y en los anuncios del periódico.
Nos habíamos acostumbrado a aquel día de fiesta nacional en el que los trabajadores recibían una paga extra y las familias completas peregrinaban masivamente a la playa para disfrutar del regalo que les hacía el régimen.
El 18 de Julio estaba marcado en rojo en los almanaques que colgábamos en las paredes del comedor y sobre todo, en ese otro calendario festivo que todos llevábamos incorporado en nuestro disco duro sentimental. No había un día más lúdico que el 18 de Julio de los años sesenta y setenta, cuando la fiesta se había liberado en parte de las cadenas más severas del Franquismo y casi nadie se acordaba ya de lo que representaba esa fecha en la historia de España. El 18 de Julio era el día de la paga, el día en que Almería se quedaba tan vacía a las dos de la tarde como si una epidemia se hubiera llevado la vida por delante. Cerraban todos los negocios y el universo se concentraba bajo las sombrillas de la playa, alrededor de los castillos de arena, los balones de Nivea y las sandías que se enterraban en la orilla.
Los que tenían coche se iban a Aguadulce y al Cabo de Gata, y los que no tenían ganas de tostarse al sol y pasar calor llenos de arena, cogían la ruta de la montaña de Laujar, donde siempre era posible encontrar una sombra junto al río.
El 18 de Julio era también el día del suplemento especial del periódico, en el que aparecían todas las buenas obras que por gracia del Caudillo se habían acometido durante ese año en la capital y en la provincia. La foto de Franco, siempre más joven de lo que era, presidía aquellas portadas llenas de gloria en las que se destacaba con letras mayores todos los milagros del régimen.
La última vez que vimos la foto de Franco en la portada de La Voz de Almería un 18 de Julio fue en 1975. Al año siguiente, ocho meses después de su muerte, la figura del Caudillo había quedado reducida a una huella entre las páginas interiores del diario y las noticias importantes eran que la ciudad estaba patas arriba por las obras, que los pescadores amenazaban con una huelga y que un vecino de Aguadulce había visto un platillo volante rondando de madrugada por el cielo, junto a la playa.
El 18 de Julio de 1976 nadie se acordó del ausente ni del comienzo de la guerra, ni de los caídos por Dios y por España. Aquel año pasamos del ‘Cara al sol’ a la exuberancia del cuerpo de Rafaela Carrá, que se exhibía en los carteles que habían pegado en las paredes del Paseo y en las páginas centrales del periódico, donde se anunciaba, a bombo y platillo, su actuación, esas misma noche, en los jardines de la Piscina Sindical, hoy convertida en el gimnasio Ego. Por si no teníamos bastante con una diosa, en Aguadulce actuaba, a la misa hora, otra de las grandes, Lola Flores, que en 1976 estaba en la cumbre de la popularidad.
Se trataba de dos grandes actuaciones, de dos artistas de talla mundial, que nuestras autoridades locales habían programado para cubrir el hueco que la muerte reciente del dictador había dejado en una fecha tan importante.
Aquel cartel gigante que pegaron en el Paseo, donde Rafaela Carrá mostraba sus hombros desnudos y dejaba intuir su cuerpo mientras que con la mano izquierda trataba de contener su melena indomable, fue para muchos de nosotros el primer indicio serio de que los tiempos estaban cambiando. Lo vimos en la expresión de aquella mujer. De pie, delante del cartel, teníamos la sensación de que ella nos seguía con los ojos, que nos hablaba con la mirada, que nos estaba invitando a su fiesta. Quizá no estábamos preparados para un cambio tan brutal. Veníamos del retrato de Franco que cada 18 de Julio abría el periódico y de golpe, sin que nos hubieran explicado nada, nos encontramos con una diosa rubia mostrando sus piernas y sus pies bajo unas medias que en nuestra imaginación eran la encarnación del pecado. Nos pasamos una semana dando vueltas al Paseo para ver cómo nos miraba la artista. Una noche, los amigos de la calle decidimos que como la fecha del espectáculo ya era historia, había llegado la hora de rescatar el cartel y hacerlo nuestro. Nunca he olvidado aquella noche calurosa de finales de julio, ni el sentimiento de derrota que nos embargó cuando al llegar a la pared del edificio donde había reinado la figura de la diosa ya solo quedaba un desconchado con la ‘R’ de Rafaela.