La Voz de Almeria

Tal como éramos

La cuesta del agua y la ropa tendida

La calle de las Cruces bajo la Alcazaba siempre tenía ropa tendida y la tierra mojada

La calle de las Cruces Bajas cuando tenía el suelo de tierra, que siempre estaba mojado por el agua que echaban las mujeres para calmar el polvo.

La calle de las Cruces Bajas cuando tenía el suelo de tierra, que siempre estaba mojado por el agua que echaban las mujeres para calmar el polvo.

Eduardo de Vicente
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Hay una calle de las Cruces que se abre paso por encima de la calle de Granada y otra que sobrevivie medio escondida bajo los pies de las murallas de la Alcazaba. Para que no hubiera dos calles con el mismo nombre, a la segunda le llamaron la calle de Cruces Bajas aunque ya casi nadie la conozca con esta denominación.

La calle de Cruces Bajas la forman dos cuestas, una que asciende y otra que baja, componiendo un escenario pintoresco que no se parece a ningún otro rincón de la ciudad. Esa doble cuesta sigue teniendo un enorme valor estratégico, ya que une la zona del Reducto y la Joya con la manzana de la Alcazaba y del Ayuntamiento. Antiguamente, cuando nadie tenía coches en estos barrios y la vida se hacía andando, las cuestas de las Cruces eran la principal avenida de unión con el centro de la ciudad, un río de gente que no cesaba durante el día.

Entonces se vivía de otra forma, apenas cruzaba un coche y existía lo que se llamaba la vida vecinal. Pasaras a la hora que pasaras por la calle de las Cruces Bajas siempre había vecinos sentados en la puerta. Por las mañanas era el tiempo de las mujeres que cuando no estaban tendiendo la ropa se dedicaban a barrer la puerta o a baldearla a base de cubos de agua. Lavar era un trabajo duro y constante porque nadie tenía aún el adelanto de la lavadora; las madres tenían que conformarse con las pilas de los patios, donde se dejaban la piel de las manos y las uñas restregando la ropa contra la piedra. Entonces había que lavar a diario y en muchos casos varias veces al día porque las casas estaban llenas de hijos y los niños eran también hijos de la calle, de la tierra y de los churretes.

Las dos cuestas de las Cruces no conocían ni el asfalto ni siquiera el pequeño adelanto de los adoquines. Eran dos calles de tierra pura y dura, doos senderos que generaban tanto polvo que había que estar regándolos a diario para que el molesto enemigo no se metiera dentro de las casas aprovechando que las puertas siempre estaban abiertas. Existía todavía en la ciudad, sobre todo en los barrios alejados por donde casi nunca pasaba el camión de la regadora, la costumbre de baldear a mano. Eran las propias mujeres las que salían a la puerta con un cubo de agua y regaban su trozo de calle, palmo a palmo, con aquella paciencia antigua que ahora nos cuesta trabajo recordar.

La calle de Cruces Bajas lindaba por poniente con la parte trasera de la ermita de San Antón y hacía frontera con la calle del Reducto, que era como la calle real del arrabal que llevaba el mismo nombre. Detrás de la ermita de San Antón, reinaba en solitario un palo de la luz, uno de aquellos mástiles de madera que traspasaban en altura el límite de las azoteas. Cuando colocaron el nuevo cableado que atravesaba las fachadas el palo se quedó aislado durante años, sin más protagonismo que el que le daban los niños cuando se apoyaban en él o cuando lo usaban como poste para jugar al fútbol .

El Reducto mezclaba sus calles y sus gentes por el sur con la Plaza de Pavía y San Antón, por el norte con las cuevas del huerto del Sereno y al oeste con La Chanca. El lugar estaba lleno de vida, de una vida llena de juventud que mostraba sus encantos y sus miserias de puertas a fuera, como esas cuerdas llenas de ropa recién lavada que colgaban sus mujeres en los terraos y en las fachadas.

El Reducto estaba lleno de tiendas, en aquel tiempo, pequeños comercios familiares que eran la despensa del barrio donde la gente tomaba fíao para poder comer. La tienda de Juan Oliver, la de Paco Alías, la de Pepe Alferez, la de Carreño. También tenía su carbonería de guardia, la de Pepe ‘el Cojo’, donde las mujeres que iban a comprarle el carbón tenían derecho también a llenar un cántaro de agua del grifo que tenía en el patio. El cañillo oficial estaba situado en la calle de Arquímedes, a mitad de camino entre la avenida principal del barrio y la Plaza de Pavía. Era muy frecuentada por los niños, que iban allí a refrescarse cuando terminaban de jugar al fútbol.

El barrio también tenía sus pequeñas factorias que le daban vida y perfumaban el barrio. En la calle del Plátano estuvo la fábrica de caramelos de Pepe Álvarez, muy cerca de la fábrica donde hacían el anis Relampaguito y el coñac Ana Mariscal.

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