La Voz de Almeria

Tal como éramos

Los detalles que nos hacían felices

La alegría era hija de las cosas simples y no hacía falta ir a buscarla en un ordenador

Niños bebiendo agua en la fuente de Berja a finales de los años 60.

Niños bebiendo agua en la fuente de Berja a finales de los años 60.

Eduardo de Vicente
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La felicidad pertenece al pasado porque necesitamos la perspectiva del tiempo para comprenderla. La felicidad no es más que un manojo de momentos alegres que nos suceden a lo largo de nuestra vida y que cuando se recuerdan, después de muchos años, nos dejan una sonrisa en los labios y un rastro amargo en el corazón.

La alegría formaba parte de nuestro equipaje en la infancia. La llevábamos metida en los bolsillos para compartirla sin límite en medio de la calle. La alegría era la esencia del juego por eso nuestra alma envejece a medida que nos olvidamos de jugar. Nos hacemos mayores cuando sustituimos los juegos por las ambiciones y las alegrías por las preocupaciones. Es entonces cuando más necesitamos volver atrás, cuando recuperar la infancia se convierte en una cuestión de supervivencia. Los que somos muy aficionados al fútbol tenemos el privilegio de volver a ser niños cada fin de semana porque el fútbol es la única pasión que se conserva intacta, que te seduce con la misma fuerza que cuando eras niño y te hacer sentir las mismas emociones que cuando tenías diez años.

De niños no hablábamos nunca de felicidad. Era una palabra que se nos quedaba grande, casi como cuando nombrábamos a Dios. Preferíamos decir aquello de “me lo he pasado bien”, que era la frase que mejor resumía un momento alegre. Entonces, la alegría era hija de las cosas simples. La encontrábamos en cualquier detalle, en la realidad que tocábamos y respirábamos y en la fantasía que como un torrente se precipitaba por nuestra imaginación. No necesitábamos la pantalla de un ordenador ni de una realidad virtual para ser felices, bastaba con que nos abrieran la puerta de la casa y echáramos a correr por la calle abajo para sentirnos plenamente alegres.

Una tarde en la calle con los amigos de tu barrio reunía todos esos momentos alegres que nos hacían sentirnos felices de verdad. Qué sensación de euforia te invadía cuando después de hacer la tarea y de comerte la merienda tu madre te decía: “puedes irte un rato a jugar”. Aquella emoción de sentirte libre y de reencontrarte con tus amigos te producía una plenitud que ya nunca más volverías a sentir con tanta pureza.

No íbamos en busca de la felicidad porque tampoco conocíamos su existencia. Solo pretendíamos estar alegres, disfrutar de cada minuto y de todo el tiempo que nos concedían. Por eso éramos tan desdichados en el colegio, porque teníamos la sensación de que los mayores nos estaban robando un tiempo que nos pertenecía, el tiempo de la alegría.

Cualquiera que se ponga a recordar momentos felices de la infancia no tarda en descubrir que la alegría era un río constante. Las cosas más simples nos hacían felices de verdad. Algo que ahora parece tan cotidiano y tan insignificante como que tus padres te dieran una humilde moneda para te compraras un helado era algo tan extraordinario, era un acontecimiento de tanta magnitud que muchos llevamos grabado en la memoria aún aquel cucurucho de turrón que compartimos por primera vez con los amigos, sentados en un tranco en medio de la calle, rodeados de hormigas.

La felicidad en estado puro se resumía en aquel día en que por primera vez conseguiste guardar el equilibro encima de la bicicleta mientras que por detrás tu hermano mayor o tu padre te gritaba: “sigue pedaleando”. La felicidad te alteraba todos los cajones interiores aquella mañana de junio en la que con tu pantalón corto recién estrenado y tus sandalias reglamentarias ibas a la escuela a que te dieran el último boletín del curso, con la firma del tutor sellando el aprobado.

La felicidad se despertaba contigo entre las sábanas todas las mañanas de los sábados, cuando a mitad de camino entre el sueño y la realidad, tomabas conciencia de que ese día no tenías que madrugar para ir al colegio. La felicidad que te hacía estallar el corazón cuando jugabas con las niñas de tu calle y acabas metido en un portal rogando el milagro de un beso. La felicidad de aquella mañana en la que conseguiste aquel cromo que te faltaba para completar el album de estampas; la felicidad desbocada de ese instante en el que marcabas un gol con el equipo de tu calle y tocabas el reino de los cielos.

Aquella felicidad que sentías cuando te compraban tu primer reloj y te cambiaban la vida porque hasta ese momento no tenías conciencia del paso del tiempo.

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