La Voz de Almeria

Tal como éramos

La calle de las meadas solemnes

La calle Padre Luque tenía un callejón sombrío que era utilizado como urinario público

La prolongación de la calle Padre Luque hacia la calle Real era un callejón propicio para que los transeúntes lo utilizaran como urinario.

La prolongación de la calle Padre Luque hacia la calle Real era un callejón propicio para que los transeúntes lo utilizaran como urinario.

Eduardo de Vicente
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No he vuelto a ver nunca meadas tan largas como las del callejón del Padre Luque. Una meada de cerveza en aquel estrecho se convertía en un riachuelo que dividía la calle en dos. No recuerdo haber pasado jamás por aquella calle sin haber tenido que esquivar una de aquellas meadas que se precipitaban cuesta abajo buscando la desembocadura de la calle Real.

Los fines de semana las meadas eran tan numerosas que se hacía complicado atravesar la calle sin mojarse los zapatos. Entonces el pavimento era de adoquines, lo que facilitaba que los orines se quedaran estancados entre los surcos, complicando la vida de los vecinos y de los transeúntes.

En los años de la Transición, cuando empezó a ponerse de moda salir de noche, el callejón fue el urinario público de la ‘marcha’ del centro y un lugar poco recomendable para atravesarlo de noche. Su estrechez, su condición de rincón escondido y mal iluminado, lo convirtió en un escenario propicio para los asaltantes que te salían al paso con una navaja en la mano para quitarte el reloj y lo poco que llevaras en los bolsillos.

La calle del Padre Luque era en realidad dos calles, dos mundos completamente distintos. Al callejón de las meadas se oponía la parte principal de la calle, donde estaban los buzones de Correos. Allí estuvo ubicada la famosa escuela graduada de la Sagrada Familia antes de que se la llevaran a la Avenida de Santa Isabel, y allí tenían los frailes la capilla del Santísimo, un oratorio que abrieron al público en 1974 enfrente de la fachada lateral del edificio de Correos para que los creyentes que pasaran por la calle pudieran detenerse a encontrarse con Dios durante unos minutos. Era una capilla de paso, para transeúntes con poco tiempo para afrontar una misa. Ocupaba el edificio propiedad de la Iglesia donde los curas solían celebrar exposiciones de labores que organizaba la comunidad cristiana de viudas. Todo el que pasaba por delante se paraba unos segundos y se persignaba en señal de respeto.

Se puede decir sin miedo a exagerar que la calle tuvo dos capillas. Además de la oficial que era la de los frailes, el lugar contaba con otra que estaba enfrente, en el bar Las Vegas, que fue un templo para aquella generación de jóvenes de los años setenta que convirtieron su salón en un lugar de referencia.

Si en la capilla de los Jesuitas se escuchaban los sonidos del silencio que comunicaban directamente con el Altísimo, en la capilla del bar Las Vegas se escuchaban las canciones de moda que por un duro se podían disfrutar en la máquina de discos del establecimiento. Allí llegaban las novedades que se escuchaban en los programas de radio, lo mejor del mercado, lo que la juventud quería bailar.

Las Vegas era un lugar de encuentro en un tiempo donde todavía no habían aparecido los pubes y las caminatas por el Parque y el Paseo empezaban a quedarse antiguas. La gente se citaba allí para pasar la tarde, aprovechando que era un rincón de confianza con un ambiente familiar y campechano. Los grupos de amigos se reunían al salir del instituto, juntaban cinco duros y se pedían un litro y ocho tapas, y así, entre cerveza, canciones y tabaco, hacían sus pequeñas revoluciones de andar por casa, tan frecuentes en aquellos años del Franquismo tardío.

Era la época de las trencas, los pantalones de campana, los polos Fred Perry, los vaqueros Lois, y también el tiempo de los besos en público. Hasta los años setenta las parejas sólo se besaban en la oscuridad de un cine o en la intimidad aparente del Parque, hasta que con los primeros aires de libertad pudieron conquistar territorios que parecían imposibles como los reservados de un bar.

La calle Padre Luque era una de las principales del centro en aquel tiempo por la presencia de los buzones permanentes del edificio central de Correos. Allí íbamos a echar las cartas por aquellas ranuras plateadas donde se depositaba la correspondencia dependiendo si el destino era para el extranjero, para España o para la capital y la provincia. Entonces era un lugar muy transitado porque la correspondencia escrita formaba parte de nuestras vidas como ahora Internet. Las cartas de los novios, las cartas para el hijo que estaba haciendo el servicio militar o estudiando fuera, las cartas a los familiares que vivían lejos, se depositaban en aquellos buzones de la casa de Correos que nos parecían más seguros y rápidos que los buzones callejeros.

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