Los niños ya no se visten de romanos
La procesión de la Borriquita llevaba una amplia centuria de niños vestidos de romanos

Centuria de romanos que solía acompañar al paso de Jesús en su entrada en Jerusalén cada Domingo de Ramos.
En los viejos baúles de madera de las buhardillas del tiempo reposan aquellos trajes de romano que los niños de antes guardaban como una reliquia cuando se puso de moda escenificar las procesiones de Semana Santa.
Fuimos la generación de los trajes de romano, de las espadas de madera que nos hacían los carpinteros de los barrios cuando al salir a las calle jugábamos a imitar a Espartaco y a Ben Hur, aquellos héroes de las películas que nos llegaban en aluvión todos los años anunciando la primavera y la pasión de Jesús.
Los dos grandes entretenimientos de los almerienses cuando llegaba la semana grande eran las procesiones y el cine, aunque pobre de aquel al que no le gustaran las películas históricas de romanos. “El triunfo de los gladiadores”, “El halcón de Castilla”, “Los jueces de la Biblia”, “El evangelio según San Mateo” eran algunos de los títulos que colgaban en las carteleras de las principales salas de cine de la ciudad, que se veían obligadas por la autoridad a tener que cerrar los días principales, jueves y viernes santo, días de silencio, dolor y espiritualidad.
Los niños vivíamos el luto de la pasión de Cristo de otra forma. Nos poníamos el traje de romano y nos convertíamos en centuriones con la cara llena de churretes y el bocadillo de sobrada en la mano. Había niños que por Semana Santa elegían el lado bueno y salían de acolitillos o de penitentes en las procesiones, y había otros que preferían vestirse de romanos sin tener conciencia todavía de que se habían puesto el traje del malo de la película.
Fuimos la generación de las películas de romanos y de los álbumes de cromos históricos, aquellos que formaron parte de los momentos más felices de nuestros días de escuela. Entre aquellos tesoros que tanto nos marcaron estaba el álbum de Maga ‘Vida y costumbre de los vikingos’ y aquel otro de ‘El Antiguo testamento’, donde soñábamos con los vikingos y los romanos que aparecían perfectamente ilustrados junto a las historias divinas.
Quizá por eso muchos niños de entonces soñaban con poder tener un traje de romano como el que sacaban los centuriones que acompañaban el paso de la Borriquita el Domingo de Ramos y a la Virgen de la Merced en la procesión del Prendimiento. Eran tres niños vestidos de legionarios, perfectamente uniformados, con sus escudos, sus espadas, sus corazas, sus cascos relucientes y con espléndidas capas rojas que realzaban sus figuras.
La presencia de los romanos en las procesiones de Semana Santa fue una iniciativa que puso de moda la cofradía de Estudiantes en los años de la posguerra para darle más color al desfile. En los primeros años, aquella centuria de Estudiantes había tenido cierto prestigio y salía a la calle con uniformidad y con el aire marcial que le daban los soldados que traían del Campamento de Viator para que salieran de romanos a cambio de una semana de permiso. Cuando los quintos dejaron de hacer de figurantes la centuria desapareció, quedando los trajes abandonados en un baúl de la hermandad.
En 1966, los niños que se pasaban la vida en la Catedral se encontraron, escondidas en la buhardilla del claustro, las vestimentas de la centuria de romano y las pusieron de nuevo en valor. Para la Semana Santa de 1967, la centuria de romanos ya tenía preparada la nueva equipación, que fue estrenada ese mismo Miércoles Santo acompañando a los pasos titulares de la hermandad de Estudiantes. Aquel resurgir fue flor de un día, un espejismo. Eran años complicados para la religión y para las procesiones y los niños prefirieron vestirse de futbolistas y celebrar las vacaciones de Semana Santa con una balón en los pies.