Tus primeros domingos de ramos
Era la mañana más feliz de Semana Santa: estrenabas ropa y empezaban las vacaciones

Niños vestidos de hebreros con sus palmas delante del trono de Jesús entrando en Jerusalén. Domingo de Ramos de 1966.
Los domingos de ramos de antes se repartían en dos escenarios principalmente: la calle y las pastelerías. El Domingo de Ramos te estallaba entre las sábanas cuando las campanas de la iglesia que había cerca de tu casa anunciaban la inminente entrada de Jesús en Jerusalén. Esa mañana, nada más despertarte, asistías a ese prodigio de abrir los ojos sin el peso del colegio sobre tu cabeza y en ese mismo momento tomabas conciencia por primera vez de la existencia de Dios.
Llevo incorporada en lo más profundo de mi memoria la luz irrepetible de los domingos de ramos de mi infancia, cuando el sol se colaba por la ranura de la puerta pregonando la vida, invitándome a salir a la calle a disfrutar de la semana que tenía por delante.
Aquellos domingos tenían mucho de vida recién inaugurada. En nuestro reloj sentimental el Domingo de Ramos marcaba el comienzo de la primavera y las niñas del barrio se quitaban la ropa de invierno y nos enseñaban sus brazos y sus hombros llenos de una blancura inmaculada. Dentro de las casas, el perfume de aquellos domingos era el olor de los churros que envueltos en un cartucho de papel de estraza se colaban en los comedores como un invitado de lujo que sólo llegaba en los días de fiesta. A los niños, recién lavados, nos esperaba la ropa nueva que nuestras madres colocaban en una silla frente a la cama como si fuera nuestro uniforme de gala. Y mientras nos iban vistiendo nos recordaban la frase que tanto escuchamos a lo largo de nuestra infancia: “A ver como vienes después”. Y en tan pocas palabras iba encerrado un manual de recomendaciones que nos decía que ese día no podíamos rozar la pelota, ni pisar los charcos, ni sentarnos en los trancos ni en las aceras, que aquellos pantalones tan blancos, con sus bolsillos tan puros, no estaban hechos para guardar las barras de regaliz ni los trozos de caramelo, ni nuestro desgastado juego de canicas. Domingo de Ramos de calcetines blancos y zapatos Gorila que fueron el emblema de varias generaciones de niños. La diferencia fundamental entre aquellos domingos de ramos antiguos y los de ahora eran los niños, esa eclosión infantil que tomaba las calles y llenas las plazas, los paseos y los parques. Almería era una enjambre de niños, fruto de la fertilidad de aquella época cuando estaba de moda las familias numerosas. Cuando íbamos al Paso a ver la Borriquita nos cruzábamos con todos los compañeros del colegio y con todos los amigos del barrio.Era un día de paseos y un rumor de familias y de vendedores ambulantes inundaba las calles principales de la ciudad. Los alumnos del colegio de La Salle y la banda de los Flechas Navales formaban en aquella procesión infantil que casi siempre cerraba una banda de soldados que llegaban desde el campamento de Viator.
Aquellos domingos de ramos tenían también sus sabores inconfundibles y olían al aroma de los hornos de las pastelerías. Era costumbre entonces que después de dar la vuelta oficial por el puerto, el Parque y el Paseo, las familias hicieran un alto en una confitería para festejar de la mejor forma la llegada del Mesías.
Fue entonces cuando entendimos que la pasión de aquellas fechas tenía mucho que ver con el perfume que nos regalaban los confiteros, con los postres caseros de nuestras madres, con el olor de los polos y con el rastro a colonia fresca que dejaban en el aire las muchachas recién lavadas.
Cuando Semana Santa caía en abril, los domingos de ramos eran también un ensayo del verano que ya se aproximaba, y que nos traía sus primeras noticias no solo en la ropa blanca de los niños, también en las heladerías que esa tarde inauguraban la temporada oficial.