La escuela de mecánicos de Cabezuelo
En los años sesenta los talleres llegaron a tener más de un centenar de obreros fijos, de todas las especialidades

Vista del Parque Viejo a comienzos de los años 70. Al fondo se puede ver la fachada con el rótulo de los Talleres de Cabezuelo, en la calle General Luque.
Entrar a trabajar en Cabezuelo era un seguro de vida para aquellos jóvenes que no querían o no podían seguir estudiando. Aquel taller fue durante décadas una auténtica universidad donde los muchachos iban aprendiendo el oficio de la mecánica al lado de expertos obreros, maestros de su oficio.
Al frente estaban los hermanos Juan y José Cabezuelo, que forman parte de la historia industrial de la ciudad. Comenzaron su carrera trabajando en el taller de Pedro Castillo, en la Rambla de Maromeros de La Chanca, que estaba dedicado a la reparación de motores de barcos.
El destino quiso que un día se cruzara en su camino un personaje que fue decisivo en su vida. El armador Domingo Quero, conocido en el sector pesquero con el apodo de ‘el Señor’, apareció una mañana en los talleres con un grave problema, uno de sus barcos más importantes no podía salir a la mar por una extraña avería. En esos días, el maestro reparador estaba ausente por enfermedad y no había nadie especializado para poder afrontar la avería.
Juan Cabezuelo, que era un muchacho de veinte años, se ofreció a acompañar al armador al barco para examinar el motor que se había quedado sin vida. Don Pedro Castillo, su jefe, se limitó a decir: “Bueno, que se acerque el niño”. Y el niño fue y solucionó el problema, devolviéndole el aliento a la máquina.
Desde entonces entabló una relación de amistad con Domingo Quero que resultó decisiva, ya que fue el armador el que le ayudó a montar, en 1934, su propio taller para que Juan arreglara motores por su cuenta. Estaba situado en el último tramo del Parque Viejo, antes de la curva de Pescadería y estuvo abierto hasta que estalló la guerra civil. Juan Cabezuelo tuvo que cerrarlo al ser movilizado. Gracias a su profesión se libró de ir al frente y fue destinado a trabajar en los Talleres de Oliveros en la fabricación de material de guerra para el ejército republicano.
En junio de 1939, unos meses después de que terminara la guerra, pudo poner en marcha otra vez el taller, dedicado a la reparación de motores de aceite pesado y maquinaria en general. Eran tiempos muy duros para abrir el negocio porque tras los tres años de contienda escaseaban los profesionales especializados y era difícil encontrar material. De nuevo se unió con su hermano José para formar una sociedad. Juan Cabezuelo se dedicaba al taller y su hermano mayor a viajar por los pueblos de la provincia de Almería y de Granada para comprar motores de almazaras, que con la habilidad de Juan se transformaban después en motores para los barcos de pesca. Llegó el día en que se agotó la fuente, que no encontraron motores para comprar y tuvieron que diseñar sus propias máquinas. El gran invento de Cabezuelo fue un motor marino de quince caballos que se patentó con el nombre de Cabal. Por aquellos años, la empresa ya había cambiado de domicilio. Dejó el local del Parque y encontró unas instalaciones más amplias unos metros más arriba, en la calle General Luque, haciendo esquina con la Avenida del Mar.
Fueron tiempos de esplendor. Los motores de Cabezuelo llegaron a ser conocidos en toda la costa desde Gerona hasta Huelva, debido a la calidad de los productos que fabricaba. En los años de apogeo, la fábrica llegó a tener más de un centenar de obreros fijos de todas las especialidades: fundidores, mecánicos, torneros, fresadores, caldereros, herreros...
Los talleres fueron decayendo en los años setenta. Las transformaciones de la industria moderna, la invasión de patentes extranjeras de tecnología avanzada y las convulsiones laborales propias de aquellos años fueron minando la empresa. En el verano de 1981 tuvo que cerrar. Su dueño se despidió con una carta que decía: “Cumplidos los 71 años, con dedicación única y exclusiva a mi industria, y falto de la salud y energía necesaria para continuar al frente de la misma, me he visto obligado a solicitar mi jubilación como empresario autónomo. Ha sido muy dolorosa esta determinación ya que fui el fundador de la industria”.