El cura que te bendecía el negocio
Una tienda no se inauguraba hasta que no llegaba el agua bendita y la mano de Dios

Bendición e inauguración de la tienda de electrodomésticos Ordonte, en la Rambla Obispo Orberá. 1969.
Podía faltar un foco por instalar, podía estar a medias el cartel luminoso de la fachada, pero lo que no podía fallar jamás era la presencia del cura cada vez que se inauguraba un negocio. “Ya estamos todos”, se decía cuando aparecía el sacerdote amigo de la familia con el hisopo en la mano, repartiendo agua bendita a diestro y siniestro.
La superstición, que siempre ha sido la base de la religión, empujaba a los propietarios de los comercios a ponerse en manos del cura antes de que el negocio abriera sus puertas. Había que echarle el agua bendita a las paredes, a las estanterías, a los mostradores y sobre todo a la caja registradora, para que la aventura empezara con buen pie, para que los primeros que pisaran el establecimiento fueran el Señor y todos los santos del cielo.
Hoy ha perdido fuerza el ritual y son cada vez menos los empresarios que se ponen en manos de un sacerdote antes de abrir sus negocios, pero la costumbre no ha desaparecido del todo. Todavía vemos a los equipos de fútbol que se plantan en los templos para llevarles flores a sus santos. Aquí somos muy aficionados a los capotazos de la Virgen del Mar, como si la Patrona no tuviera otra cosa más importante que estar pendiente de lo que ocurre en la cancha.
El agua bendita de los curas nos mojaba más que el agua de la lluvia y su acción purificadora era necesaria por el bien del negocio y de los clientes. Hasta el club nocturno Chapina, célebre sala de fiestas de luces rojas, se puso en manos de un cura el día que abrió sus puertas.
Aquellos curas antiguos que bendecían las tiendas nos parecían de verdad los secretarios de Jesucristo. Eran todopoderosos, lo mismo te buscaban un trabajo que iluminaban un noviazgo en una relación que no terminaba de cuajar. Quién no conoce en Almería el caso de alguien que sin tener estudios consiguió una buena colocación gracias a la mediación de un sacerdote bien situado. La recomendación de un cura era gloria bendita, mano de santo, y te podía abrir cualquier puerta.
También dominaban los asuntos del corazón. No solo se limitaban a dar buenos consejos para que las parejas tomaran el camino más recto hacia el matrimonio y la familia, sino que también, en algunas ocasiones, llegaron a ser los auténticos artífices de noviazgos y matrimonios. Como a los curas no les gustaban ni los solteros ni las solteras, no dudaban en intervenir para unir a dos almas solitarias que sin saberlo, andaban buscándose.
Las sotanas nos salían hasta en la sopa. Teníamos un cura de guardia que de vez en cuando se dejaba caer por el colegio para comprobar que nuestras lecciones de catecismo iban bien encaminadas, y que el crucifijo y la imagen de la Purísima seguían colgados de la pared. Había curas en los institutos y hasta en los equipos de fútbol. En el cuartel de los soldados tenían su capellán, lo mismo que en el campamento de Viator, y los centros de beneficencia, como el Hospital y el manicomio, no solo contaban con un cura permanentemente, sino que además tenían su propia iglesia. En la capilla del manicomio hacían la primera comunión y se casaban los vecinos del barrio de Los Molinos, que estaban tan ligados al cura de la parroquia como si fueran familia.
Los curas ocupaban todos los destinos imaginables. Lo mismo te encontrabas uno en la última fila de butacas del cine, comprobando que la película tenía el tono moral recomendable, que en el tele club del barrio donde los fines de semana proyectaban películas y se organizaban bailes juveniles. En los años sesenta los curas se lanzaron a la conquista de la juventud, temiendo que el futuro se les fuera de las manos, y participaban activamente a la hora de organizar las actividades de ocio. Si los jóvenes querían bailar, porque así lo pedían los nuevos tiempos, mejor ante la mirada de un sacerdote que bajo el manto pecaminoso de la oscuridad.